Esta es la historia de una persona admirable, compleja, emocional y llena de alegría

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    Con motivo del 3 de diciembre, Día Internacional de los Discapacitados.

     Mario nació un 8 de diciembre, tras un parto largo y como el bebé no nacía, obligó a los médicos como se utilizaba entonces, a utilizar fórceps para sacarle. Mario tenía el cordón umbilical enredado alrededor del cuello y había sido privado de oxígeno, lo que le causó daño cerebral irreparable, parálisis cerebral atetoide.

    La diversidad humana, es admirable.
    por Alina Strong

     Mario tendrá toda su vida, limitaciones psicomotoras y de coordinación, dificultad para comer por sí mismo, para hablar o caminar sin ayuda y depende de otros para su aseo personal y sus necesidades básicas.

     Las personas al conocerlo por primera vez, le hablaban a sus padres como si Mario no estuviera presente; y preguntaban, ¿alguna vez se curará? Esto a él, le enfurece, ya que Mario nunca se ha considerado discapacitado, sino diferente, como aquél que tiene el pelo rizado y no puede peinarse lacio. Como aquel que es bajito y no puede crecer a ser alto. Como aquella persona con ojos color marrón, que no puede cambiarlos de color al gusto.

     Mario es el menor de seis hijos, cuatro hermanos y una hermana, hijos de profesores de escuela, gente trabajadora y “normal”. Mario creció en un hogar en donde el fútbol, el deporte y el ruido eran comunes. En contra de todos los pronósticos, Mario, ayudado por su primera cuñada Lupita, aprendió a leer. Su padre, Ezequiel, le fabricó conforme fue creciendo, andadores, sillas de ruedas y otros artefactos en su taller de herrería, para ayudar a Mario a desarrollar todo su potencial; y así Mario, se integró en la manera de lo posible a la vida “cotidiana”.

     Cuando cumplió 15 años, le pidió a su padre que le enseñada a conducir y así, Mario, llevaba los pedales y su padre el volante en una adaptación especial al auto familiar y el padre sólo intervenía, en caso de emergencia.

     Mario corría con su andador, bailaba en las fiestas, siempre sonreía y la presencia de Mario siempre fue una gran alegría para todos sus sobrinos y familiares, que crecieron conviviendo con una persona con lo que la sociedad llama discapacidad, sin embargo, su capacidad de amar, su entrega esmerada a las cosas que sí puede hacer, no le restan valor en sociedad, sino que a quienes le conocieron, nos llenó de inspiración, cariño, respeto y nos dio la oportunidad de convivir con una persona, especial, diferente, quién conocía sus limitaciones y vivía con respeto y a veces hasta audacia, enfrentando los retos de aprender cosas nuevas, de ir a lugares que la sociedad pensó no eran posibles porque es la sociedad quien pone los límites, las barreras sociales y arquitectónicas, los prejuicios y la discriminación.

     Gracias a Mario, y a muchas otras personas quienes viven con lo que la sociedad llama discapacidad, he aprendido que el amor incondicional entre humanos existe, que aquellos que tenemos la fortuna de convivir con personas de capacidad diversa intelectual, psicomotora, física, visible o invisible, hemos sido afortunados de conocerles y convivir con ellos.

    Mario fue mi tío más querido y este año, habría cumplido 70 años.



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