Y llegó el progreso (y III) -Fin de la sección-

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     Andaba yo hace unos días, muy de mañana, por allá abajo, por la carretera, cerca de la parada del autobús (de la Alsina). Y, por circunstancias que no vienen al caso, tuve que estar por allí un rato considerable.


     Andaba yo de acá para allá cuando por el puente vi asomar el coche de mi hija, que paró un momento a saludarme; venía desde Granada, como cada día, para comenzar su jornada laboral en Alhama a las ocho de la mañana. Ya mucho antes (yo aún dormía) había llegado su hermano Raúl para trabajar en Santa Cruz, a las seis. Y vi pasar en sus respectivos coches muchas caras conocidas que, desde la capital o pueblos del cinturón granadino, venían a trabajar aquí por nuestra zona, para volver otra vez, tras su jornada laboral, a sus lugares de origen. Pasaron los de los bancos, algunos representantes, y maestros, muchos maestros y profesores del Instituto. También vi bastantes, aunque menos, que hacían el viaje en sentido contrario. Gente que vive por aquí y va a trabajar a Granada; o, simplemente, que van de médicos, de compras, o qué sé yo.

     Mucho rato anduve por allí, ahora sentado en la muralla, ahora charlando con quienes iban llegando para incorporarse a las improvisadas tertulias de “la Moncloa” o “la pará la Alsina”; me entretuve paseando y pensando, sobre todo, pensando. Y pensaba en mis cerca de cuarenta años de actividad laboral en que de mi casa al trabajo tardaba menos de un minuto. Y pensaba en los años de mi niñez en los que el paso de un coche particular por la carretera era un acontecimiento extraordinario. Y recordaba aquella tarde en que D. Manuel nos dibujó el mapa de España en la calzada para su pedagógico juego de geografía, sin que en toda la tarde vehículo alguno viniese a interrumpir nuestra lúdica clase. Y recordé el viaje a Granada en el coche de Pérez.

     ¡Cómo ha cambiado la vida! ¡Cuánto hemos “progresado” en cuestión de medio siglo! Ha cambiado la enseñanza, ha evolucionado, y de qué manera, el trabajo del campo. Y han evolucionado, y han cambiado, casi siempre a mejor, nuestros usos y costumbres, nuestro diario vivir. ¿Quién se acuerda ya de aquellos baños semanales (o más de tarde en tarde) en el barreño de hojalata junto a la lumbre? ¿O de aquellas frías noches de invierno, de viento y goteras, durmiendo en las cámaras o intentando disfrutar de las veraniegas siestas con un calor insoportable? Nadie exterioriza ya el dolor por los que se fueron con riguroso e inacabable luto negro ni teme el castigo divino (ni la reprimenda sacerdotal) por haber bailado en la feria.

     En nuestras casas, hoy, con sólo abrir el grifo tenemos a nuestra disposición toda el agua caliente y fría que necesitamos (y la que no necesitamos y despilfarramos). Hemos desalojado de ellas a los animales con sus molestos olores, con lo cual hemos podido transformar cuadras y pajares en salones y dormitorios. Frigoríficos, lavadoras, televisores y ordenadores nos facilitan tanto la vida, nos tienen tan informados, nos tienen tan comunicados… ¿o quizá no? Recuerdo mis semanales cartas a la familia cuando me fui a estudiar a Granada; y recuerdo que una vez tuve que llamar por teléfono a mi padre y, entre que Carmen, la telefonista, se enteró y mandó aviso a mi casa; que mi padre acudió a la central de teléfonos y pudo llamarme; en fin, más de una hora de espera y el pago de dos conferencias. Hoy en día, mediante mensajes, WhatsApp y demás avances de las nuevas tecnologías, mis hijos, como los hijos de todos ustedes, como cualquier familiar ausente, están siempre comunicados entre sí, y sus padres tenemos la tranquilidad de saber continuamente de ellos.

     Tenemos muchas más comodidades, qué duda cabe. Y estamos mucho mejor comunicados, claro que estamos. Ventajas del progreso. Y, a pesar de vivir algo desperdigados, podemos reunirnos con cierta frecuencia sin demasiada dificultad; también en eso hemos progresado. Yo disfruto con poderlos reunir de vez en cuando, a ellos, a sus parejas (no se dice novio, ni marido, ni mujer) y todos alrededor de la mesa charlando, charlando… con quien sea. Aferrado cada uno a su móvil, teclean con envidiable habilidad y, de vez en cuando, sonríen. En una ocasión (hecho verídico) observaba yo a dos jóvenes, tan entusiasmados ellos, tan ensimismados cada uno en lo suyo, uno junto al otro; y, al preguntarle a uno de ellos de qué se reía, me contestó: “de lo que dice este” (¡”este”!... que estaba a su lado y que no había abierto la boca).

     La celebración de la última comunión a la que fui invitado poco se parece a la de mi comunión. Ni las bodas que hoy se celebran se parecen mucho a la de aquella joven a la que mi madre confeccionó su vestido de novia. Han mejorado, y mucho, nuestras condiciones de vida; gracias a Dios. No obstante, a veces me pregunto: ¿somos por ello más felices?

    A MODO DE DESPEDIDA 

     Con la satisfacción de quien concluyó felizmente un atractivo proyecto; con esa serena tristeza de quien tiene que decir adiós a esos amigos con quienes compartió días tan felices; con esa extraña mezcla de sentimientos encontrados, el artículo de hoy pone fin a esta sección, a través de la cual hemos contemplado serenamente nuestro pasado más cercano quienes fuimos protagonistas de él, y serenamente, sin traumas ni resentimientos, lo hemos mostrado a quienes, por su juventud, no tuvieron la oportunidad de vivirlo personalmente.

     Cuando, no sin cierto temor, acepté la invitación de mi amigo Juan Cabezas a colaborar en este medio, jamás imaginé cuánto iba a recibir a cambio del pequeño esfuerzo que se me pedía. Formar equipo con él, con Andrés García Maldonado, con Antonio Arenas, con Antonio Gordo… era un reto para el que temía no estar preparado. De ellos, de quienes aportan esporádicas pero acertadísimas colaboraciones, de quienes se han ido incorporando después, de todos he podido aprender mucho a lo largo de este año. He aprendido y he disfrutado; y espero seguir haciéndolo. Espero seguir conociendo más a fondo la historia de nuestra Alhama, gracias a Andrés; pero, sobre todo (él lo sabe) espero seguir disfrutando de esas cartas llenas de amor y amistad que él dirige a personas muy cercanas a nosotros y que, amablemente nos permite leer. Y quiero seguir conociendo la historia de Jayena porque la historia más cercana me apasiona, vosotros lo sabéis; y esa no la encontré en los libros de texto. Así que, por favor, amigo Jesús, sigue escribiendo. Tus escritos, Mariló, han traído a este medio la nota más tierna, más humana y más refrescante. Gracias a ti recorro cada semana los caminos que atraviesan nuestras sierras, contemplo esos cortijos abandonados, antaño llenos de vida; y puedo conocer a esas sencillas personas que los habitaron y a los que, recorriendo esos caminos, encontraron su medio de vida y, en alguna ocasión, la muerte. Amigo Antonio Gordo, ¿cómo puedes escribir tanto y tan bien? Te admiro, tú lo sabes. Tu natural bondad y la amistad que me brindas me han permitido en ocasiones manifestarte mis discrepancias con el contenido de tus artículos; pero tu estilo… para quitarse el sombrero. Y a todos, absolutamente a todos los que formáis este gran equipo, esta gran familia, enhorabuena por vuestra labor y gracias, muchas gracias.

     Y, cómo no, mi más profunda gratitud y mi cariño para cuantos habéis tenido la paciencia y la amabilidad de seguir cada semana mis escritos. Vuestros comentarios, vuestras palabras de ánimo, vuestras felicitaciones, tanto en persona como escritas, todo ello, qué duda cabe, paga con creces el esfuerzo (por otra parte, agradable) que esta tarea requiere. Mi especial reconocimiento para usted, amigo Pepe Espejo, que cada semana encontró un comentario amable y unas palabras para dedicarme. Gracias.

     A partir de ahora comenzaré a repasar uno por uno estos artículos. Los corregiré, los clasificaré y agruparé. Y algún día espero que todos juntos formen un pequeño libro que, como ya hice con otros escritos, regalaré a mis hijos (no tengo mucho más que dejarles). Posteriormente espero poder ofrecerlo también a quien, por amistad, por simpatía o por cualquier extraña circunstancia, crea que merece ocupar un hueco en su particular biblioteca. Para mí será un grandísimo honor.

    Luis Hinojosa Delgado

    Santa Cruz del Comercio (Granada), octubre 2015.


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