La feria

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      “¡Ya faltan diez días pa la feria!” “¡Ya faltan cinco días!” “¡¡Dos días faltan ya pa la feria!!” Y así íbamos contando desde no sé cuánto tiempo antes y tirando de los días que faltaban como el que tira de sus últimos días de condena.

     Y, por fin, la feria: 18, 19 y 20 de septiembre. Siempre en la misma fecha; siempre después de las duras faenas del verano. Y sin pisar la de un pueblo a la del pueblo vecino; para poder acudir a una, y a otra, y a otra… no para gastar mucho, que mucho no hay para gastar; pero sí para encontrar en una o en otra la ocasión de vender el último muleto de la yegua, hacerte con la yunta que necesitas o comprar los marranos para la próxima matanza.

     Hace unos días llegaron los mayordomos a mi casa. Mi padre les echó una cuartilla de trigo. Hay quien les da más, hay quien les da menos, hay quien les da dinero…. Y hay quien no puede ni lo uno ni lo otro. Pero siempre se consigue organizar una buena feria. O, al menos, eso me parecía a mí.

     Las primeras en llegar han sido las “volaeras” grandes. Y la noticia corre como reguero de pólvora. Y la plaza se llena de curiosos chiquillos que observan embelesados cómo aquellos hierros y tableros van tomando forma hasta que, ya al atardecer, los feriantes prueban su artilugio y grandes y pequeños observan atónitos cómo aquellas sillas van tomando velocidad y altura hasta llegar cerca del balcón del ayuntamiento. Porque las “volaeras” grandes, por supuesto, ocupan el centro de la plaza. Las “volaeras” chicas ocupan poco espacio; se han instalado en el rincón que hace la muralla por la parte del barranco. Y, un poco más arriba, la noria. Los “merceores” están delante de la fachada de Pepe Ramírez, junto a lo que fue el antiguo cuartel de la Guardia Civil. También Ascensión la del Moro tiene ya instalado su puesto de turrón, y Jeromo y su mujer el hornillón para los churros. Hay, además, en la misma cuestecilla de la plaza otro puesto de turrón y una tómbola. En la era de abajo los mayordomos se afanan en dar los últimos retoques a la verbena, toda verde y fresca, con olor a colas de caballo y a álamos del río.

     En casa estamos desayunando: café con leche y churros; pero café bueno, que ayer compró mi madre para la feria la mitad del cuarto en casa de Anita Moles; el resto del año, la categoría de café la ostenta la cebada que mi padre tuesta en Alhama a finales de verano. Por la calle El Sol empiezan a oírse, cada vez más cerca, las notas de un pasodoble: la banda de música ha llegado. Y, seguida de una numerosa comitiva de gente menuda, van recorriendo las calles del pueblo hasta desembocar nuevamente en la plaza donde ofrecen su primer concierto de este año.
     
     Y, tras el concierto, el reparto de músicos. Durante los tres días de feria se alojarán en las casas de algunos de los vecinos, en las que disfrutarán de cama y comida gratuitas. Uno de los mayordomos va tomando nota. Y el señor alcalde, para dar ejemplo, se ofrece el primero: “el del pito gordo, pa mí.” Y, tras unos instantes de silencio en los que nadie aún se ha decidido a secundar el generoso gesto del primer edil, éste añade: “y el de los platillos de cobre, también pa mí.”

     El reparto se completa y la feria queda ahora en una especie de punto muerto hasta la tarde. Poco a poco la gente va llegando, con su ropilla nueva, y aquellos sencillos artilugios comienzan a funcionar: todo manual, todo, menos las “volareas” grandes, claro, cualquiera las mueve con una manivela como las chicas. Muchas veces los feriantes tienen colaboración voluntaria de niños y jóvenes, que empujan caballitos o tiran de la noria para poder después pasearse de balde.

     Ha llegado Alejandro con su carrito del helado y ya me gasto yo mis primeros dos reales. Después me montaré en la noria con algunos amigos y a ver si me queda algo para un pedazo de turrón. Cuando salgan mis padres, a ver si puedo pillar algo más. En la verbena, ya a puestas de sol, suenan las primeras melodías. La misma banda de música es la encargada de amenizarla. Y poco a poco se irá animando, hasta la hora de cenar, cuando la plaza se quedará casi vacía. Después, otro buen rato, hasta la una o las dos de la madrugada. A esas horas los músicos se irán a descansar porque a la mañana siguiente, temprano, tendrán que volver a recorrer las calles con su diana floreada.
     
     El segundo día, el mejor. Desde bien temprano las explanadas de la orilla del río y las cercanas alamedas se irán poblando de bestias, de cabras, de marranos… Y los marchantes, gitanos en su mayoría, se acercarán, tantearán, ofrecerán y pedirán… hasta la tarde, cuando irán cerrando tratos y, mientras beben un vaso de vino en el Ferubi, comentarán que este año la feria ha estado floja. Ajenos a estos tratos, los mozuelos tienen sus bicicletas a punto para la corrida de cintas que se celebra a las cinco de la tarde. Una cuerda con veinte canutos de caña atraviesa ya la carretera a una altura prudencial y las cintas de seda con preciosos bordados esperan a ser alcanzadas por los apuestos mozos que recibirán como premio el que la propia bordadora sea quien se la coloque.

     Cae la tarde y la gente va llegando a la plaza acicalada con sus mejores galas, pues hoy es el día de estrenar el traje o el vestido que hace unos días se compraron en Alhama o que Angustias la del Retiro les ha confeccionado con la tela que compraron del Semanero.

     El castillo de fuegos artificiales, ya en el tercer día, con su traca final y su trueno gordo, pondrá fin a las fiestas. Será a las doce en punto de la noche. A las doce… menos aquel famoso año en que los jameños, aprovechando la hora de la cena, le prendieron fuego por su cuenta y huyeron carretera arriba antes de que los vecinos del pueblo pudiesen reaccionar.

     La feria termina y cada cual vuelve a su rutina: al campo, a lavar al río… Y los niños, tras las largas vacaciones estivales, otra vez a la escuela. Pero hoy hay que irse con tiempo de echar una buena rebusca por donde estuvieron instalados los merceores, que siempre alguna moneda se encuentra entre las piedras. Monedas que escaparon del bolsillo de algún incauto en sus grandes mecidas y que, seguramente, le hicieron irse a la cama antes de lo previsto.


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