La cabra, la cabra…

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     Es hora de dormir y mi hermano y yo subimos a nuestro “dormitorio”, a las cámaras.

     En la principal, la cámara grande, una cama algo destartalada con varales pintados de azul y somier de muelles ocupa el centro de la estancia. Justo encima de ella, una bombilla protegida por una tulipa cuelga de una de las tirantes del techo. El interruptor, de pera, cuelga del varal superior; muy cómodo, si te despiertas y tienes que encender la luz, pero con el pequeño inconveniente de que hay que subir las escaleras a oscuras y llegar a trompicones hasta la cama. Yo recuerdo que siempre temía que alguien me cogiera la mano mientras buscaba a tientas aquel artilugio.

     He de confesar que este lujo de la luz eléctrica en las dependencias superiores de la casa no siempre lo tuvimos. Recuerdo los tiempos cuando en mi casa (me imagino que como en las demás) no había contador; y una sola bombilla, estratégicamente colocada, daba luz al comedor, a la cocina, al dormitorio y a la cuadra. Eso sí, no había que preocuparse de encenderla ni apagarla, pues, al anochecer y al amanecer, Tacones el barbero lo hacía desde un interruptor general situado en la puerta del molino de Ortiz.

     Durante la mayor parte del año mi hermano disfrutaba de aquella cama para él solo; con su colchón de lana, su colchón de farfollas y sus tres mantas, aquellas mantas de antaño que tanto pesaban y abrigaban tan poco. Pero durante las vacaciones, muy a su pesar, tenía que compartirla conmigo. No recuerdo cuándo exactamente, pero sí, llegó el momento en que cada uno pudimos disponer de nuestra propia cama, gemelas las dos, con la única diferencia de que la mía estaba pintada de purpurina blanca.

     Aquella noche, fue en unas vacaciones de Navidad, hacía mucho viento y la luz se había ido hacía rato. Con el candil en la mano, mi hermano y yo subimos pronto a acostarnos. Por la ventana de la cámara, dos hojas de madera sin cristales que encajaban muy mal, entraba un viento fino y helado que proporcionaba a nuestro dormitorio un ambiente poco acogedor. Pero era lo que había y poco se echaban de menos otras comodidades que, por otra parte, eran poco conocidas. Así que, acurrucados bajo las pesadas mantas y entre risas, soplamos el candil que colgaba de un clavo y pronto estuvimos dormidos como troncos.

     No sé cuánto tiempo podíamos llevar durmiendo (ninguno teníamos reloj), cuando una rara sensación de frío en el rostro me despertó de un sueño en el que yo intentaba beber del pipo pero el agua me mojaba la cara sin lograr entrar en la boca. Y, efectivamente, pude comprobar que mi cara estaba toda mojada, pero no de agua del pipo sino de una gotera que atinó a caer justamente sobre mí.

     Tuve que despertar a mi hermano, que no se extrañó en absoluto, pues, según me comentó mientras desplazábamos la cama, no era la primera noche que tenía que hacer mudanza y seguir después durmiendo con el sonsonete de la gotera cayendo dentro de algún cacharro.  También yo me dormí sin dificultad, bendita edad, arrullado por aquella monótona melodía del agua que ya no empapaba mi cara.

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     Pero la noche aún nos reservaba una sorpresa mayor, una sorpresa que nos sobrecogió, nos amedrentó y nos paralizó, abrazados el uno al otro, sin atrevernos a decir nada ni a mover un solo músculo. En la pequeña puerta del pajar, en la cámara de las trojes, se oían golpes secos, golpes de alguien que llamaba insistentemente. Como movidos por el mismo resorte, los dos saltamos de la cama y volamos escaleras abajo, a oscuras, y, apenas estuvimos en el comedor, los dos gritamos: “papá, papá, que están pegando en la puerta del pajar”. No se sobresaltó mi padre, que salió de su cuarto en calzoncillos y con un candil en la mano. Parsimoniosamente subió las escaleras seguido por sus dos hijos y, con la misma parsimonia y una sonrisa dibujada en sus labios, abrió la portezuela. Ante nosotros apareció, con su mirada indiferente, la autora de aquellas insistentes llamadas que turbaron nuestro sueño infantil y provocaron nuestra desesperada llamada de auxilio: la cabra. No sabíamos que mi padre la había encerrado allí aquella noche para protegerla de las inclemencias del tiempo que habría sufrido en el cobertizo del corral.

     - Ala, a dormir otra vez –dijo mi padre mientras bajaba la escalera con su candil en la mano. Y allí quedamos los dos, sin saber qué decir, hasta que por fin soltamos ambos la carcajada y, bajito, bajo las mantas, comenzamos a cantar: “la cabra, la cabra…”


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