El fantasma de las eras

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      Casi no hemos acabado de cenar y mi hermano y yo ya estamos en la puerta, sentados al fresco. Allí están ya mi vecina Dolores y su hija; pronto se incorporan a la reunión Pepico y María y también mis padres.

     Otro corro de gente hay en la puerta de Manuela, otro en la de Fernandito… y lo mismo ocurre en otras tantas puertas desde mi casa hasta las escalerillas de la carretera. Aún no sabemos lo que es la televisión y, mucho menos, los ordenadores o los videojuegos. Así pues, la mejor manera de sobrellevar los calores del verano es compartir con los vecinos una agradable velada, disfrutando el fresco de la noche y teniendo a mano el pipo para echar de vez en cuando un buen trago de agua.

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     Dolores, con su potente voz y su inagotable repertorio de historias “verdaderas” es el alma de nuestra reunión. Por ella supimos de tiempos pasados, verdaderamente difíciles, cuando su madre lavaba de noche la ropilla de los niños para poder ponérsela limpia al día siguiente. Por ella supimos de aquella epidemia de cólera en el pueblo, “cuando la gente moría como chinches y los enterraban en cuantico cerraban el ojo”. “Pobretica aquella mujer que ni siquiera estaba muerta del to y por el camino pidió agua y le dijeron: ahí más arriba te daremos; y la enterraron.” Y la de aquella otra viejecica que se quedó dormida en la iglesia y, cuando despertó, ya de noche, y se encontró sola, no se le ocurrió mejor idea para pedir auxilio que subirse a la torre y repicar las campanas: “zarancantán, zarancantán, zarancantán…”

     Mariano ha llegado con su manta al hombro, se ha parado un momento con nosotros y ha seguido: se va a la era a dormir; tiene una parva de trigo que no le ha dado tiempo a envasar y esta noche tiene que hacer guardia. Pero también han pasado mis primos Antonio y Diego, ha pasado Salva, y Calles… y estos no tienen nada que guardar. Se van a dormir a las eras del Carril porque el calor en las cámaras es insoportable; y también porque el ambientillo allí, durmiendo sobre la parva en estas calurosas noches veraniegas es agradable. Y las eras del Carril se llenan de gente, y las de Pitres, y las de Las Colmenas…

     Hubo un verano, tendría yo doce o catorce años, en que era rara la noche que dormía en mi casa. Apenas cenaba, me echaba al hombro mi manta y mi almohada y allá me iba en busca de mi primo Manolo, que aquel verano aparceaba con mi padre, para juntos dirigirnos hacia su era, la tercera de Pitres, en la que nunca faltaban compañeros de velada. Y, como lo ideal para extender las mantas es la parva ya casi molida, la era en la que hubiese una se convertía en el “hotel” con mayor ocupación.

     Era Álvaro Ordóñez, Alvarillo, uno de los más fieles contertulios y huésped asiduo de este veraniego establecimiento. Y en una calurosa noche del mes de julio, cuando ya nos disponíamos a dormir, un inoportuno grupo de chiquillos correteaba jugando por aquellos alrededores, impidiendo con su algarabía el descanso de los que al día siguiente tenían que madrugar. Cansado Álvaro de dar vueltas sin poder conciliar el sueño, se echó una manta sobre sus hombros y colocó adecuadamente otra sobre una horca de palo que sujetó sobre su cabeza. Dando un rodeo, sorprendió al confiado grupo, que, al ver aquello que lentamente se dirigía hacia ellos, huyeron despavoridos gritando: “una pastanma, una pastanma.”

     Han pasado muchos años, muchos. Y el ambiente veraniego de las eras, de las calles, del pueblo, ha cambiado tanto que, para quien no lo vivió, estas historias quizá sólo provoquen una sonrisa entre burlona y escéptica o el comentario, que a veces me sueltan mis hijos de que “vuestra juventud es que fue en blanco y negro.”

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     Por las eras de Pitres (ni por otras) ya no vagan los fantasmas. ¿Para qué? Ya no hay niños correteando por ellas en las noches de verano; ahora están en casa entretenidos con el último videojuego de su consola o su ordenador. Tampoco hay mayores, no tienen nada que guardar en ellas; ni el calor de las cámaras les agobia, porque ya las transformaron en cómodos dormitorios cambiando las vigas y tirantes por un techo raso y poniendo solería de gres. En realidad, ni tan siquiera hay eras; no, no hay, porque esas antiguas explanadas donde ahora se levantan destartaladas naves de bloques de cemento y tejados de uralita, eso… eso ya no son eras.


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