Los guardas de los melones; "Hay que saltar la acequia"

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     Falleció no hay mucho en el pueblo Fidel Gómez, Fidelín. Fidel era de mi edad, uno de los quintos del 68. Para la esperanza de vida que hoy disfrutamos, su partida ha sido prematura, además de inesperada.

     En el velatorio, allá en el tanatorio de Alhama, coincidí con un antiguo amigo de la infancia, un par de años mayor que yo, al que no veía desde hace no sé cuánto tiempo, a pesar de que aquí conserva su casa y, según me dijo, viene de vez en cuando.

    Salvador se llama, Salva. Salva fue uno de mis buenos amigos de la infancia, compañero de escolaridad y, además, familiar no muy lejano. Me pasaba yo muchas veces por su casa, camino de la escuela, y, juntos, bajábamos la calle El Sol hasta la plaza. Mientras lo esperaba, de pie entre puertas, me gustaba contemplar aquel reloj de pared que presidía su comedor y que atraía poderosamente mi atención. Cómo me gustaría tener uno así, pensaba yo.

     Charlamos largo rato Salva y yo. La escuela, los juegos, los amigos y compañeros de aquellos lejanos tiempos… ¡Qué pocos quedan por aquí! Algunos nos visitan en verano; otros, ni eso.

     Y entre los recuerdos comunes surgió aquel verano, ¿qué año sería?; debió de ser entre el 55 y el 57. El verano en que juntos fuimos los guardas de los melones. Se sembraban muchos melonares por aquellos tiempos en Santa Cruz y merecida fama tenían, parece ser; tanto como para que aquel predicador forastero que en alguna ocasión nos visitó, nos dijese desde el púlpito, nunca sabremos si para felicitarnos o para tomarnos el pelo, que el nuestro era un pueblo de muchos y buenos melones.

     Pues con semilla escogida y un buen estercolado, sembró mi padre aquel 3 de mayo, como manda la tradición, un buen cantero en Los Lagares. Y lo sembró a medias con el padre de mi amigo, con Salvador Benito. Y se criaron buenos, buenos de verdad. Pero aún antes de que empezasen a madurar había que guardarlos, vigilarlos día y noche, protegerlos de los amigos de lo ajeno. Y es que había mucha hambre en aquellos tiempos. Y muchas personas buscaban por el campo lo que podían, algo con lo que poder ellos mismos comer, y paliar, aunque fuese con melón, el hambre de sus hijos.

     En todos los melonares se construían chozas, la choza del guarda; chozas que a veces estaban habitadas y a veces no, pero que intentaban disuadir al posible merodeador de acercarse demasiado. Construyeron, pues, Salvador y mi padre su correspondiente choza y a Salva y a mí se nos encomendó la vigilancia diurna. De noche, a veces, se quedaba uno de los mayores. Otras, la mayoría, la esperanza de que una choza vacía hiciese pensar en la presencia de un celoso guardián que desde dentro vigilaba el melonar, quedaba como única garantía de conservar la cosecha.

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     Pasábamos la mayor parte del tiempo los dos chiquillos alrededor de la cercana acequia; la acequia de entonces, con abundante agua, con carrizales, con ranas y culebras de agua, y hasta con algún barbo y algún cangrejo de vez en cuando; esa acequia que nuestros hijos apenas han conocido y que nuestros nietos ya no pueden disfrutar. Y era nuestro entretenimiento favorito (perdón, eran otros tiempos) disparar con el tiragomas a las culebras. Por supuesto que la mayoría se escapaban sin que atinásemos a darles ni una vez. Pero alguna que otra también fue alcanzada por nuestros proyectiles y colocada muerta en la carretera, esperando reírnos un rato con el chasco que pudiese llevar algún incauto caminante.

     Ha pasado mucho tiempo y, no sé por qué, en este filosofar propio de edades un tanto maduras, imagino nuestro vivir como un caminar junto a la acequia. Un caminar, aguas abajo, entre la acequia y la carretera. Los carrizos, tan espesos, nos impiden la visión de lo que hay al otro lado; pero sabemos que aquel lado es el mejor, es la vega, es la vida. Y todos, en algún momento, tenemos que dar el salto, tenemos que saltar la acequia. Impone un poco, por aquello de no ver lo que hay en la otra orilla. Pero no hay nada que temer, es sólo el final de nuestro caminar, el destino definitivo donde ya nos esperan quienes saltaron antes que nosotros. Y… estoy convencido de que algunos de ellos, bastantes quizá, estarán dispuestos a echarnos una mano en la travesía del espeso carrizal.

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