La boda

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     Conservo yo, como la mayoría de ustedes, las fotografías de mi boda, fotografías ya en color en aquellos años, guardadas en un album algo estropeado por el paso del tiempo y por los repasos de mis hijos y mi nieto. Y también conservo, obsequio de un antiguo compañero, otra colección de fotografías, también en color aunque de menor tamaño, recuerdo de aquel inolvidable día. Y hay entre estas un par de ellas donde sólo se ven las mesas del salón ya preparadas con algunas cervezas y botellas de vino.

     Nada que ver aquella celebración, “el refresco”, con las grandiosas celebraciones actuales en el Pato Loco o El Ventorro. Nada que ver tampoco aquellos “presentes” de doscientas pesetas con lo que hoy nos cuesta ser invitados al enlace matrimonial de un pariente o amigo. Pero hacía yo antes alusión a las fotografías de las mesas del salón de Miguel Gómez porque no era habitual tal comodidad en las bodas de aquella época.

     Tendría yo unos ocho años cuando asistí con mi familia a una boda que, no sé por qué, ha quedado de una forma especial grabada en mi memoria. Mi madre, con aquella singular habilidad que tenía para la costura, le había confeccionado muchas veces a esta familia prendas de vestir. Y también en esta ocasión vino a mi casa la madre de la novia: “Asunción, ¿tú le harías el vestido a mi niña para su boda?” No recuerdo, como es lógico, los pormenores de la conversación que ambas mantuvieron; pero lo cierto es que aquella novia lució en su boda un bonito vestido azul marino que mi madre cosió para ella.

     Fue una boda sencilla, una boda de pobres, con pocos invitados, entre los cuales estábamos todos los miembros de mi familia. Muy poca gente en la ceremonia religiosa, que se celebró a las diez de la mañana, y alguna más en el “refresco” que se dio en el bar “Las Tres Emes” (MMM), que algunos lectores recordarán en la esquina de la calle Caridad con Carlos Prast. Y tras unos vasillos de vino y alguna copa de aguardiente que tomaron los mayores y algunos dulces caseros que todos degustamos, los invitados fueron pasando por la mesa de los novios, que recibieron agradecidos los presentes de sus familiares y amigos; cinco duros (quince céntimos de euro) recuerdo que les dieron mis padres (tal vez lo que mi madre había cobrado por la confección del vestido de la novia).

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     Pero desde que Juan Pérez, “Pina”, abriese su salón de cine y, posteriormente, Miguel Gómez el suyo, fueron estos locales los habituales lugrares de celebración de estos banquetes nupciales. Salvo la mesa de los novios, no había otras mesas para los invitados. Estos se sentaban sobre tableros de madera, seguramente cedidos por alguna carpintería, que se apoyaban sobre cajas, sobre sillas, o sobre cualquier otro soporte de consistencia. Colocados así los asistentes en filas, unos frente a otros, comenzaba el reparto. Lo solían hacer parejas de novios, casados jóvenes, o cualquier otra pareja ocasional. El hombre, delante, llevaba una bandeja con algunos vasos de los que todos bebían y que él iba rellenando continuamente. Detrás, la mujer llevaba en otra bandeja bocadillos de salchichón, chorizo o mortadela que en ocasiones tenía que defender de los atques de la voraz chiquillería (nunca solían faltar los que se autoinvitaban). La última ronda solía ser de aguardiente y dulces. Y la crítica más o menos favorable del público dependía de que hubiera habido más o menos “ruedas” de reparto.

     Algunas veces, al pasar por La Chana, me he acercado a saludar a Josefa Ruiz, Josefita. Allí, mientras su marido (q.e.p.d.) veía o escuchaba cualquier emisión deportiva, la veía entretenida con su croché o con sus escritos, “las libretas de servidora”, con cuya lectura tanto hemos podido disfrutar. Y siempre que nos vemos recordamos su boda; y el priviligio que tuve, me dice, de viajar con los novios cuando iniciaban su luna de miel. Y es verdad: en el coche que llevaría a los novios hasta Granada, mi madre y yo viajamos con ellos hasta Agrón donde pasaríamos unos días con la familia.

     El día fue completo e inolvidable. A las diez de la mañana, dos camiones esperaban en la plaza a los invitados de Santa Cruz: uno para las mujeres y otro para los hombres. Por mi corta edad, viajé yo en el de las mujeres junto a mi madre con una pequeña maleta de madera (que aún conservo), la cual le sirvió para hacer el camino sentada llevándome a mí en su regazo. Luce un sol espléndido en esta clara mañana del mes de marzo, pero la reciente nevada no permite al termómetro superar los diez grados. Tras cientos de curvas y miles de baches estamos cerca de Fornes y una cuadrilla de escardadores que trabaja cerca de la carrtera nos recibe con una lluvia de bolas de nieve que los viajeros intentan esquivar agachándose en el cajón del camión que nos transporta.

     La parada es en la fábrica de harinas S. Fernando, donde reside la familia de la novia. Se recomponen y acicalan como pueden las mujeres después del ajetreado viaje, y los novios con su séquito se dirigen hacia la iglesia parroquial del pueblo. Y, tras la ceremonia, el convite. En el mismo molino. Tapas, bocadillos, cerveza, vino… y un arroz para chuparse los dedos. A los postres, dulces y licores. Nada que ver con el par de bodas a las que yo recordaba haber asistido con anterioridad. Convite que, seguramente, fue tema de conversación en las cuadrillas de escardadores o aceituneros en los días siguientes; boda que jóvenes casaderas comentarían con suspiros de ilusión inalcanzable, mientras bordaban en grupo, inclinadas sobre el bastidor de madera que sujeta la “goyesca”. Una boda para el recuerdo. Pero… de estos cocos, pocos.

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