¿La Joaquina o la Tomasa?

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     Mis dos primeros “amores” de infancia. Entre ambas, morena una, rubia la otra, tuve que elegir constantemente. Entre la una y la otra fueron alternando mis preferencias, sin que mi temporal inclinación por Joaquina despertase jamás los celos de Tomasa, ni mi vuelta a Tomasa significase, ni mucho menos, el olvido de Joaquina.

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     Joaquina y Tomasa, las dos reglas de madera de D. Manuel el maestro. No utilizaba D. Manuel la típica vara de almendro u olivo, habitual instrumento pedagógico entre los maestros de la época. Pero sus dos inseparables compañeras debían de ser de la mejor madera, porque a mí me acompañaron durante toda la escolaridad y en la escuela siguieron, cuando yo me despedí de ella, cumpliendo su ardua tarea docente y educativa.

     “Paquillo, ven”, decía D. Manuel. Y, mientras Paquillo se levantaba lentamente de su pupitre y se encaminaba hacia la tarima intentando ya proteger su mano con la manga del jersey, el maestro colocaba en la esquina de la mesa sus dos reglas y preguntaba: “¿a quién quieres más, a la Joaquina o a la Tomasa?” Y necesariamente había que elegir porque, de lo contrario, recibirías la caricia de la una y de la otra como premio a tu indecisión.

     En alguna ocasión lo he dicho, no fui yo demasiado castigado en mi época escolar, teniendo en cuenta la idea pedagógica dominante por entonces de que “la letra con sangre entra”: los habituales mimos de mis dos referidos “amores”, algunos cogotazos que se le escaparon a D. Manuel cuando mi búsqueda del Ebro por tierras andaluzas colmó su paciencia, y el varazo que me costó aprender la letra Q durante una de mis temporales estancias en Agrón. Total, una nimiedad.

     Pero es verdad que nuestras vivencias infantiles tendemos a reproducirlas en nuestra época adulta. Y sólo tras la experiencia con aciertos y errores, tras profundas reflexiones y con una decidida voluntad de llegar al más recto proceder, sólo entonces comenzamos a vislumbrar el camino a seguir, que, a pesar de todo, hay que rectificar constantemente.

     Viene esto a cuento de que, recién terminada mi carrera, con todas las ganas de comerme el mundo, tuve ocasión de hacer mi rodaje docente con una sustitución en la Alpujarra granadina, justo antes de comenzar los exámenes de las oposiciones. Y, apenas se me presentó la ocasión, solté mi primer cogotazo, que no debió de ser muy contundente, pues el crío casi se lo tomó a cachondeo. Pero volvió a presentarse otra ocasión, esta vez un poco más seria, con un niño verdaderamente agresivo y, tras un intento fallido de solución pacífica, no se me ocurrió otra solución que la bofetada.

     Nunca he podido olvidar la carita de aquel niño alpujarreño que, con dos lágrimas resbalando por sus mejillas, me miraba asustado. Hubiese querido abrazarlo y pedirle perdón, pero entonces no fui capaz; preferí mantenerme en mis trece y amenazar al crío con castigos más severos si él no cambiaba de proceder. Siempre he lamentado que, para cambiar yo el mío, fuese aquel niño quien pagase mi inexperiencia. Después de casi cuarenta años de docencia y siete de jubilación, nunca he podido olvidar aquel incidente y a veces pienso que un reencuentro con aquel chiquillo, que hoy debe de ser un hombre de cincuenta y tantos años, sería algo verdaderamente emocionante.

     Como emocionante fue mi reencuentro con D. Manuel (q. e. p. d.), al que volví a ver unos treinta años después de mi época escolar y al que saludé pensando que no me reconocería. Pero cuán grande fue mi sorpresa al comprobar que, no sólo me reconocía, sino que estaba informado de que me había dedicado al magisterio y sabía que era director (lo era por entonces) en un colegio de Alhama.

     A pesar de estos recuerdos (desenfadados y nada rencorosos, por supuesto) de la escuela de mi niñez, de sus represivos métodos, de sus destartaladas instalaciones, de sus casi inexistentes recursos… a pesar de todo, mis recuerdos escolares son gratos. Y mi sentimiento hacia aquellos maestros (D. José, D. Manuel, D. Elías y todos los maestros de la época, en general), aquellas personas que sin medios y sin recibir una justa recompensa por su labor lograron sacar adelante clases de cincuenta y sesenta alumnos de los más variados niveles, mi sentimiento hacia ellos no puede ser otro que una sincera admiración, un profundo respeto y mi más cariñoso recuerdo.

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