Las botas nuevas

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     Me levanté temprano aquella mañana. Pero mucho antes lo hubiera hecho, si me lo hubieran permitido, porque yo ya llevaba un buen rato despierto. Y es que eso de ir a Alhama era para mí todo un acontecimiento. Días antes mis padres ya habían hablado de esto, yo los había oído; pero, más concretamente, la noche anterior, sentados los tres junto al fuego mientras mi hermano ya dormía en su cuna, estuvieron ultimando detalles. Y mi madre sacó algunos billetes, no sé cuánto podría ser, de entre los pliegues de las sábanas que guardaba en el armario y los entregó a mi padre, el cual los guardó en su vieja cartera que, cuidadosamente volvió a cerrar y a asegurar con su gama elástica.

     Ya estaba el agua caliente en su olla y la palangana preparada con el estropajo de esparto y el jabón, cuando yo salté de la cama. Un buen fregado, calcetines limpicos y un buen tazón de café con leche migado con picatostes. Bueno, lo de café es una utópica manera de llamar a la cebada tostada que, teniendo el mismo color, tiene la ventaja de no alterar los nervios.

     La burra Paloma ya está aparejada en la puerta y en ella montamos mi padre y yo. Salimos a la carretera que pronto dejamos para tomar el camino que, pasando por Perrute y Miravete, nos meterá en el mismísimo puente Siete Ojos, habiendo cruzado el río por el viejo puente romano.

     Tras el largo mostrador de madera de la zapatería Rojas están los dueños: la prima Josefa y su marido. “Pero qué grandísimo que está ya este niño.” Y pronto. sobre el mostrador, sobre el que yo estoy sentado, se alinean varios pares de botas que a mí se me antojan la felicidad hecha cuero, con cordones y suela de goma. Las elegidas son marrones y considerablemente más grandes que los zapatos que llevo puestos; pero es que “estos niños crecen de un día para otro.” Y la prima Josefa ya baja con la solución: un puñado de lana adecuadamente colocado en la punta y las nuevas botas encajan como un guante.

     En la panadería de la tía Mercedes la encontramos a ella sacando del horno unas empanadillas que su dueña va colocando cuidadosamente en una canasta de caña. Mientras tanto, el tío Manolo ayuda al repartidor, el primo Antonio Hinojosa, a cargar una vez más el burro para continuar con el reparto. He tenido suerte de comerme una empanadilla recién hecha. Siempre que la visito, mi tía, que sabe que en casa el dulce es manjar de fiestas especiales, me coloca sobre la mesa su gran fuente sevillana con el más amplio surtido que las clientas le van dejando y me anima a probarlos todos. A veces la mala suerte hace que el elegido lleve demasiado tiempo en el plato; pero mi timidez no me permite abandonarlo para tomar otro.

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     Con mis botas nuevas y montado en el burro del pan, recorro las calles de Alhama. Mientras, mi padre hará los mandaíllos que en estas ocasiones siempre hay que hacer y dará fin al dinero que mi madre anoche le entregó.

     Tras comer con los tíos y los primos, toca regresar a Santa Cruz. La felicidad de este día culmina con la adquisición de un nuevo tebeo de Roberto Alcázar y Pedrín en el carrillo de la esquina de Espejo. Y, tras pagar en la posada las tres pesetas del alojamiento y pienso de paja y cebada de la burra, tomamos el camino de vuelta.

     La verdad es que tuve suerte en esto de la ropa y el calzado con ser el mayor de los hermanos. Yo sólo he tenido uno que me heredase; pero en cualquier casa de varios hijos, unos pantalones, unos zapatos o una chaqueta podían tener tantos reestrenos como hermanos hubiese. Eso sí, los jerséis que mamá me hacía tenían unas mangas muy completicas para estrenarlos con los puños doblados; en la siguiente fase perdían el doblez; y, por fin, terminaban enseñando una generosa poción de antebrazo. Y, como es natural, trucos semejantes alargaban la vida de cualquier otra prenda de vestir.

     Mis botas nuevas fueron la admiración y la envidia de mis amigos, y de otros no tan amigos, cuando al día siguiente esperábamos en la plaza para entrar a la escuela. Hasta Miguelito les dedicó algún breve comentario. Pero a Miguelito se la tenía yo jurada; nos habíamos peleado dos días antes y la verdad es que me había zurrado bien. Y, como la tensión aún se mantenía, volvimos a cruzarnos desde nuestros pupitres insultos y amenazas. Al salir, no lo pensé: lo empujé contra la pared y, antes de que pudiese reaccionar, le propiné un par de puntapiés en las espinillas y salí corriendo, mientras él, chillando de dolor, juraba que se las tenía que pagar.

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