¿Es aquí “ande” yo vengo?



 Así se presentó en el cortijo Barranco, aquella fría mañana de enero, cuando los Arias, aún en la puerta de la casa, se disponían a comenzar la jornada de recogida de aceituna en los olivos de Pepe Negro.

 Se llamaba Miguelillo, tenía once años y era de Salar. Vestía una chaquetilla de paño gris (que, por el tamaño, habría heredado de algún hermano mayor), pantalón de pana y botas de goma. En la mano, un minúsculo hatillo de ropa. Sus pequeños ojos azules permanecían entornados, sin atreverse a mirar de frente. Con su negra boina calada hasta las orejas, su cuerpo menudo y su tímida mirada, aquel niño transmitió ternura desde el mismo momento de su llegada.

 Su padre, que entonces formaba parte de la cuadrilla de escardadores del cortijo El Encinarejo, lo había dejado en lo alto de la vereda del pozo Medina, con las instrucciones precisas para llegar a su destino y con algún consejo sobre su comportamiento.

 No quiso comer nada antes de incorporarse a su trabajo, así que, en compañía de Juan, se dirigió hacia las zahúrdas para echar los marranos al campo. Tendría que ponerse al día rápidamente en todo lo concerniente a la guardería de la piara, pues, a partir de mañana mismo, debía hacerse cargo, él solo, de este trabajo. Y es que Juan, con dieciséis años ya cumplidos, había encontrado en otro cortijo una colocación más de hombres.

 Comenzó así Miguelillo su etapa de niño porquero, como tantos otros niños porqueros en tantos otros cortijos de nuestra tierra. Pronto recorrió, exploró y llegó a conocer como la misma palma de su mano todas y cada una de las charcas del barranco de la Huerta y del barranco Moreno, los mejores careos, según qué tiempo, y las fuentecillas donde rellenar su cantimplora.

 Le gustaba el verano porque, madrugando mucho, a las once podía tener los cochinos encerrados y ya estar descuidado hasta las cinco de la tarde en que volvía a sacarlos. Esto le permitía irse a Valenzuela, al río, donde disfrutaba de refrescantes baños antes del almuerzo.

 En invierno había que estar todo el día en el campo. Con su pequeña bolsaca de piel de cabra y su cantimplora colgadas a la espalda, su látigo en la mano y la honda enganchada a la correa, Miguelillo arreaba a los marranos, barranco arriba, hasta encontrar un lugar donde pararse un rato. Al mediodía había que reponer fuerzas: algún torrezno, un trozo de morcilla, las pasas y el queso y, si había suerte, hasta una naranja podía encontrar en su bolsa. Y para cenar, la olla. “Écheme usted siete cucharadas”, decía; y siete cucharadas, ni una más ni una menos, se comía; unas sopas de tocino, pocas, y un trago de agua del pipo completaban su cena. Y a dormir arriba, a la troje del trigo, con sus mantas y su almohada. Hasta que, al amanecer del nuevo día, una voz desde lo hondo de las escaleras lo llama por su nombre: “vamos, Miguelillo, que ya están las papas”.

 Un solo percance serio tuvo este buen porquerillo durante sus años de estancia en el cortijo: una marrana recién parida se empeñó en ir a destiempo en busca de sus pequeños desde la charca del haza Las Niñas. No estaba Miguelillo dispuesto a consentirle este capricho y quiso cortarle el paso con una piedra lanzada con su honda. La puntería, sin querer, fue tan certera que el pobre animal cayó redondo al suelo.

 Triste y cabizbajo, pensando en el inminente despido, llegó el pobre chaval al cortijo con la piara incompleta y, con un nudo en la garganta que apenas dejaba oír su voz, dio cuenta de lo acontecido. “Pero hombre, ¿cómo has estao?”, fue lo más duro que Miguelillo tuvo que oír. “Anda, saca la burra que la aparejemos”. Y a lomos de la burra fue transportada la guarra hasta el corral, donde Pedro la desolló y descuartizó. Su carne abasteció durante bastante tiempo las capachas de los gañanes y la hortera de aluminio de su verdugo.

 La mecanización del campo, la evolución de la ganadería y eso que llaman “progreso”, eliminaron del paisaje del campo andaluz a cientos de miguelillos. Y, como tantos otros, también el protagonista de nuestro relato recaló un buen día en Barcelona con su ya larga trayectoria laboral y su casi absoluto analfabetismo, precio que la escuela de la vida le hizo pagar por sus empíricas lecciones.

 Una carta sin remite con una foto de novios informaba años después a los Arias de la reciente boda de su antiguo porquero. Laboriosas gestiones, bastantes años después, dieron como fruto un par de contactos telefónicos, por los que supimos, yo mismo pude participar en la conversación, que hoy Miguelillo disfruta en tierras catalanas de una más que merecida jubilación y del cariño de sus nietos.

Santa Cruz del Comercio, diciembre de 2014.