Pero… ¿quién tiene los seis reales?

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    Mañana soleada del mes de junio. El verano está a la vuelta de la esquina. Un cielo limpio y una suave brisa hacen agradable mi paseo mañanero. A buen paso recorro mi “circuito” callejero.

     Como tantas veces, un pregón de vendedor ambulante rompe el habitual silencio que me acompaña en mi caminar: “Melones de La Mancha, melones de piel de sapo, melones dulces como el caramelo; tres melones por cinco euros”. Y una y otra vez el pequeño altavoz sobre el techo de una furgoneta blanca repite la cantinela. Nadie salió a comprar; y así, pronto aquel vehículo abandonó aquel barrio para dirigirse por el nuevo puente que salva el barranco hacia la parte vieja del pueblo.

     Aún no había perdido yo de vista al melonero con su repetitivo pregón, cuando, por la misma esquina que este apareció, asomó una nueva furgoneta, blanca también, con su pequeño altavoz en el techo: "Melones de La Mancha, melones de piel de sapo, melones dulces como el caramelo; cuatro melones por cinco euros". Y, si semejante fue el pregón, el resultado mercantil fue idéntico.

     Seguí con mi paseo, riendo para mis adentros por lo curioso de esta anécdota y recordando tiempos muy lejanos de mi ya muy lejana infancia cuando en cierta ocasión pude vivir esta misma experiencia con ligeros cambios de matices.

     Eran los años cincuenta del pasado siglo. Años duros, difíciles. Años en que muchas familias, la mía por ejemplo, tenían que esperar al verano para vender la cosecha y pagar al panadero, al tendero, al del abono...

     Muchas veces, también entonces, llegaban al pueblo vendedores ambulantes: los costeños con miel, con naranjas, con pasas; la "Pernala", con ropa; Antoñico "Sabosté" con su cesta en el brazo llena de los más variados artículos. Y también los "pescaeros", con su caja de pescado amarrada al portaequipajes de su bicicleta. A veces era Zamora; otras, "el tuerto las almejas". Nunca se sabía cuándo llegarían al pueblo y difícilmente coincidían ambos. Seguramente estos vendedores alhameños bajarían a Santa Cruz intentando vender el excedente de su venta en Alhama.

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     Pues he aquí que aquel día, como tantos otros, se oye la voz de Zamora que sube por la calle El Sol con su bicicleta (¿cuántos años faltarían para su primera furgoneta?), pregonando su mercancía: "Vamos, niñas, que llevo hoy los boquerones frescos, boquerones vivos, a tres pesetas el kilo". Y alguna ama de casa, que tiene la suerte de contar con las tres pesetas, sale y compra esos boquerones, quizá no tan vivos ni tan frescos, pero que solucionarán hoy el menú de su numerosa familia.

     Pero, cruel fatalidad, pronto aparece por lo hondo de la calle "el tuerto las almejas" (cual segunda furgoneta melonera) pregonando sus frescos boquerones a diez reales. No se arredra Zamora y rebaja su mercancía a dos pesetas. Pero el segundo pescadero no está dispuesto a llevarse otra vez sus boquerones a Alhama y los rebaja a seis reales.

     Tomando el sol en la puerta de su casa, en aquel Carril de mi infancia, está mi vecino Pepico. Tal vez está también mi padre, algunos otros vecinos... no recuerdo. Pero sí estaba yo. Y la filosófica reflexión de Pepico impactó de tal forma en mi mente infantil que, después de tantos años, aún la recuerdo: "Hombre, un kilo de boquerones por seis reales está bien. Pero, ¿quién tiene los seis reales?

     Santa Cruz del Comercio, octubre de 2014

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