Esta es la historia de Juan

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    A quienes un día tuvieron que abandonar la tierra que les vio nacer, pero nunca pudieron, ni quisieron, sacarla de su corazón.

     Esta es la historia de Juan. Pero también es la historia de Paco. Y la de Antonio, y la de Pedro…. Y la de tantos y tantos jóvenes de mi generación que un día tuvieron que dejar nuestra tierra para buscar en otras el pan que esta les negó.

     Me llevaba muy bien con él. En la escuela solíamos compartir pupitre. Y era listo, muy listo. “Mi Juan es un lince”, solía decir su padre. A veces salíamos juntos al campo a buscar nidos en los olivos, a buscar collejas o a por yerba para los conejos.

     Pero no siempre sus salidas, como las mías, eran tan placenteras. Juan, como la mayor parte de los niños de aquel tiempo, tenía que dejar a veces de asistir a clase para ganar un pequeño jornal pintando garbanzos o recogiendo aceituna. Y es que la familia de Juan, como la mayoría de las familias del pueblo, era pobre. Pocos niños de aquella escuela unitaria de los años cincuenta pudieron permitirse el ‘lujo’ de una enseñanza primaria sin períodos de absentismo. Y muchos menos tuvieron el ‘privilegio’ de continuar sus estudios después de ella.

     Tampoco lo tuvo Juan. Y sus temporadas en el campo se fueron alargando a la par que su cuerpo de niño, hasta que, por fin, abandonó la escuela definitivamente. Nunca le faltó trabajo porque Juan era un gran trabajador, y fino como pocos. Trabajó con unos y con otros, trabajó la poca tierra que su familia poseía y hasta hizo sus incursiones en la albañilería.

     Pero los tiempos cambiaban sin posibilidad de retorno, la mecanización del campo avanzaba a pasos agigantados y los jornales escaseaban cada vez más. Las cuadrillas de segadores y escardadores habían pasado a ser historia casi de la noche a la mañana.

     Y, como tantos otros, Juan tuvo que abandonar un día el hogar familiar, las calles de sus juegos infantiles y el pequeño pueblo que le vio nacer, para adentrarse en una gran ciudad buscando una vida mejor. Barcelona fue su destino. Y sus elementales conocimientos de albañilería, el aval para encontrar sin dificultad trabajo en la construcción.

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     No fue fácil la adaptación al nuevo medio laboral, social y urbano. Pero la ayuda de algún paisano y, sobre todo, el cariño de unos tíos maternos que, hace unos años, habían dado ya el paso que él acababa de dar, suavizaron en lo posible la dureza del cambio.

     Lágrimas y duro trabajo fueron compañeros inseparables de Juan durante largos meses. Pero también pudo pronto descubrir que la vida en tierras catalanas le brindaba oportunidades que ni siquiera hubiera podido soñar en su tierra natal. No tardó en empezar a ahorrar algún dinero, dinero que no dudó en enviar a sus padres, que tan necesitados estaban. Y dinero con el que pudo colaborar en los gastos de aquella familia que con tanto cariño y generosidad lo habían acogido y ayudado en los difíciles momentos de su llegada a una tierra tan extraña para él.

     No mucho más de un año tardó la familia de Juan en seguir los pasos del hermano mayor. Cataluña ofrecía en aquellos tiempos oportunidades para todos. También para los padres de Juan, a los que su pequeña y poco rentable labor y los cada vez más escasos jornales que el campo necesitaba, les presentaban un futuro cada vez más incierto. Y así, un día lluvioso del mes de octubre, Juan y Antonia (padres de Juan) y Antoñillo (el hermano pequeño) montaron en el autocar de ‘los Maldonados’ con lágrimas en los ojos, pero con la esperanza de ver de nuevo unida a la familia y encontrar para todos una vida mejor.

     Una portería, en uno de los innumerables bloques de pisos que día a día ensanchaban el espacio urbanoe de la Barcelona de los sesenta, fue el destino que Juan había preparado para su familia: lo que nunca aquel rudo labriego hubiera soñado para el final de su vida laboral. Pero Juan y Antonia se adaptaron con relativa facilidad. Su natural bondad, su capacidad de trabajo y su innata timidez ante cualquier persona ajena a su entorno más próximo, les granjearon muy pronto la confianza y el cariño de sus vecinos.

     Les fueron bien las cosas. Y le fueron bien a Antoñillo, que siguió estudiando en un instituto catalán, llegó a la universidad y pudo alcanzar su sueño de dedicar su vida a la docencia.

     La construcción, por otra parte, fue en aquellos tiempos la gran oportunidad para gente que, como Juan, no tenía una gran formación académica, pero sí espíritu emprendedor, ganas de trabajar y no poca inteligencia. Fue prosperando Juan en su empresa hasta alcanzar puestos de alta responsabilidad y muy bien remunerados. También conoció a una chica catalana, aunque de ascendencia gallega, que pronto se convirtió en su esposa. Y, con el tiempo, Juan montó su propia empresa, a la que dedicó su vida hasta la jubilación.

     La última vez que lo vi fue el verano pasado. Al principio venían todos con frecuencia por el pueblo donde conservaban su casa, aunque no las tierras. Con el tiempo estos viajes se fueron espaciando a medida que los padres envejecían. Un día supimos que la madre había fallecido y la traían a enterrar al pueblo. Poco después fue el padre. Y, aunque desde entonces Antoñillo no ha vuelto, Juan nunca ha querido dejar de venir ni ha consentido que se venda la casa heredada de sus padres.

     Pero Juan sabe que su último descanso no será junto a ellos ni en la tierra que le vio nacer. También sabe que sus problemas de visión y su delicado estado de salud merman en gran manera las posibilidades de un próximo viaje. Por eso, al despedirse de mí aquella tarde de agosto del pasado año, fundidos en un abrazo y con dos lágrimas surcando sus mejillas, me dijo: “amigo Luis, quizá esta despedida sea la definitiva.”

    Santa Cruz, junio 2019
    Luis Hinojosa D.



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