Historias de aquel verano (III): El trillero

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    Se llama Luis y tiene diez años. Es el mayor de cuatro hermanos. Durante el curso ha asistido a la escuela con regularidad casi absoluta. Sus padres, aunque pobres, son conscientes de la importancia de una buena formación para sus hijos y se esfuerzan todo lo que pueden, y aun algo más, para que ellos no tengan que faltar a clase por echar una mano en casa. Ayer Luis, Paco y Antonio, los tres mayores, llegaron a casa alborozados: el maestro ya había dado vacaciones.

     El padre ya lo tenía hablado con el dueño del cortijo. Y Luis lo sabía. Así que aquella mañana, después de tomarse un tazón de leche migada, se despidió de su madre y sus hermanos y, con su hatillo al hombro, siguió a su padre, que salió del pueblo, cruzó el río por las pasaderas de piedra y tomó el camino de la alameda, con la brisa del río en la cara y un nudo que le oprimía la garganta. Su hijo Luis, con diez años, ya dejaba el hogar familiar, aunque fuese temporalmente, para ayudar con su trabajo al sostenimiento de la economía familiar.

     Los días transcurrían lentos y monótonos. Levantarse cuando aún no había amanecido, lavarse en la pila, junto al pozo, para quitarse legañas y sueño, y sentarse, cada cual, en su sitio, tácitamente convenido, alrededor de la sartén de migas o de papas fritas que María colocaba en medio de la cocina.

     A veces acarreaba agua de la cercana fuente; otras, barría el corral… Pero lo que más le gustaba era ayudar a Miguelillo, el porquero, a echar la piara, dirigir los marranos hacia el barranco en busca del agua y el fango, y despedirlo cuando, con su látigo y su honda, encaminaba los animales hacia las rastrojeras.

     El sol ya ha oreado el relente de la parva y Luis inicia su diaria tarea: la trilla. Él mismo saca las bestias de la cuadra, les da agua en el pilón y, rodeando el cortijo, se dirige a la era. Les coloca los anterrollos, engancha, y comienza su monótona carrera circular sobre las mieses. A veces sus ojillos casi se cierran vencidos por el sueño. Pero Luis tiene un remedio infalible: cantar. Y canta coplas de Antonio Molina, de Juanito Valderrama o de Manolo Escobar. Canta y canta, arrea a las bestias para que troten y el tiempo parece pasar más de prisa.

     Algunas tardes, en vez de trillar, abalea. Y dicen los hombres de la era que lo hace bien. Escoba en mano, algo tendida, de abajo arriba…. Que nunca se entierren las granzas. Y luego, cribar. También echa una mano a envasar abriendo los costales. En fin, que ser trillero es algo más que trillar.

     Para la Virgen de agosto el último carro de paja ya está en el pajar. Por cierto, también en esta faena ha participado Luis. Pero hoy es una festividad muy especial y, como manda la tradición, no se trabaja. Ni siquiera han salido los cochinos a carear. Miguelillo y Luis han limpiado las zahúrdas, les han dejado comida y agua en abundancia y allá van camino del río a pasar el día. En una taleguilla les ha puesto María comida en abundancia y les ha repetido una y mil veces que tengan cuidado dónde se meten y que no vayan a bañarse hasta que pasen dos horas después de comer.

     Aún estuvo Luis unos días en el cortijo antes de volver a casa. Una tarde, ya casi a puestas de sol, su padre se presentó, cuando él, sentado en el poyo de la puerta, hacía tomiza para colgar los melones. Por allí andaba el amo que en seguida ha acudido a saludar a su amigo. Luis, que ya no se separa de su padre, ha entrado con los dos hombres a la cocina. Tras un amistoso cigarro y unos minutos de conversación intranscendente, el amo entra en el cuarto y regresa con algunos billetes en la mano. Vuelve a sentarse, llama a Luis junto a él y, tras unas torpes, pero sentidas palabras de felicitación por su trabajo, le entrega uno, dos, tres… y hasta cinco billetes de veinte duros. Luis se siente aturdido, baja la cabeza y apenas acierta a responder con un tímido y casi inaudible “gracias”. Pero los billetes duran en su mano lo que Luis tarda en volver junto a su padre. Con la cabeza aún gacha y el rostro encendido de rubor, entrega a su progenitor el pago de su trabajo veraniego.

     Casi oscurece cuando padre e hijo emprenden el camino de regreso. Luis volverá dentro de poco a la escuela. Encontrará nuevos compañeros, muy pequeños ellos, y podrá comprobar la ausencia de otros muchos, alguno quizá no mayor que él, que ya tuvieron que dar por finalizada su formación académica para llevar a casa un pequeño jornal o, al menos, disminuir el número de bocas que alimentar. ¿Será también para él este curso el último? Tal vez la suerte le sonría y algún día pueda cumplir su sueño de estudiar una carrera. Tal vez le sea más esquiva y un buen día su padre le anuncie que tiene que dejar la escuela para volver al cortijo donde tanto lo quieren para ocupar el cargo de porquero que Miguelillo deja vacante porque ya se considera muy mayor para seguir con ese trabajo.



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