Historias de aquel verano (II): Los segadores

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    No más de media hora faltará para que el sol se oculte tras las lejanas montañas. Pero el calor sigue siendo sofocante. Tres hombres, con camisa caqui empapada de sudor, se inclinan sobre la abundante mies y, puñado a puñado, van formando paveas y dejando el rastrojo poblado de gavillas que el carro transportará hasta la era. Y que este año, que se ha presentado bueno, colmarán de grano las trojes del amo. Son Santiago, Ramón y Juan, los segadores de los ‘Ramírez’.

     Los tres han terminado a la vez sus respectivas gavillas. Los tres se han levantado a la vez a atar. Y, mientras secan con el pañuelo el sudor de la frente y echan un trago de agua de la botija, una sonrisa se dibuja en sus rostros al ver aparecer por el camino que atraviesa el cercano olivar la borriquilla del chique. Es Juanillo, trillero y chique e hijo de Juan, que cada día al atardecer dispone sobre las aguaderas la olla, los ramales, el pan y cualquier otra cosa que le hayan encargado el día anterior y se dirige al tajo de la siega para aprovisionar a los segadores.

     Trabajan de sol a sol y solo dejan la faena una tarde cada dos semanas para ir a casa, asearse, cambiarse de ropa y tomarse unos chatos en la taberna. A la mañana siguiente, bien temprano, vuelta a empezar.

     No comenzaron demasiado pronto este año las faenas del verano. Buena señal: la primavera vino abundante de lluvias y la granazón fue lenta y completa. El día 13 de junio, día de S. Antonio, los tres hombres se habían reunido con el mayor de los ‘Ramírez’ y, sin mucha dificultad, habían dejado cerrado el trato. No era el primer año que segaban con ellos y unos y otros sabían con quién trataban.

     Justo una semana después los tres hombres estrenaban hoces y ‘deíles’, dando comienzo a una faena que les ocuparía los días que quedaban de este mes y todo el siguiente. Fueron primero los avenates, después las cebadas y, por último, los trigos: cuarenta y dos días sin un solo descanso.

     A la sombra de alguna chaparra cercana establecían su ‘campamento’: mantas y almohadas para dormir, la comida, los cántaros con el agua… y algunos paquetillos de tabaco para estar surtidos durante los catorce días que estaban sin visitar el pueblo. La jornada comenzaba bastante antes de que apuntase el sol, en cuanto las primeras luces del alba permitían distinguir el ramal sobre los rastrojos. Dos horas y media de siega con el frescor mañanero, las mejores del día, y un buen desayuno a base de tocino, morcilla y una buena pipirrana que Santiago siempre se encargaba de preparar. Y, con algún descansillo, la faena se prolongaba hasta las dos, la hora del gazpacho. Y ahora sí que había que resguardarse de los implacables rayos del sol y echar una buena siesta refugiado en cualquier sombra.

     Las tardes a veces son duras, cuando no corre una brizna de aire. Pero, si un vientecillo del norte sopla sobre las espigas y refresca los rostros de los segadores, el trabajo es mucho más llevadero. Y siempre con miradas furtivas hacia el camino, por el que en cualquier momento aparecerá Juanillo, tarareando cualquier canción y con su borriquilla cargada. La olla es la comida fuerte del día. La comerán mientras charlan animadamente. Y, tras echar un cigarro, volverán de nuevo al tajo hasta que, con las primeras estrellas, den por concluida la jornada y regresen a su ‘campamento’ para disfrutar de un más que merecido descanso.

     El mismo día uno de agosto, por la noche, Santiago, Ramón y Juan acudieron a casa de los ‘Ramírez’ (en eso habían quedado el día anterior en la taberna, mientras celebraban juntos el final de la campaña). Y, tal y como se había tratado, se liquidó la cuenta: quinientas cincuenta pesetas la fanega de siega, más la comida. A esto habría que descontar las quinientas que cada segador había recibido como anticipo. Y es que estos trabajadores son de confianza; y los `Ramírez` tampoco son malos pagadores.

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