El hombre que susurraba las canciones

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     Tal vez el triunfo de Trump haya sido demasiado para él, y más a una edad, ochenta y dos años, en la que ya no se puede coger el fusil y unirse a la resistencia.

     Cuando las estridencias de la vida cotidiana me sobrepasan, algo que últimamente ocurre más veces de lo que quisiera, la música es siempre uno de los refugios seguros a los que acudir; tengo un “botiquín” de primeros auxilios entre los que se cuentan algunos cantautores de cabecera y, lógicamente, Leonard Cohen es uno de ellos.

     Conocí por primera vez a este poeta, cantante y resistente, con muy pocos años, recién llegado al instituto en Barcelona, allí, una profesora de inglés inolvidable para mí, cada viernes a las seis de la tarde, era de nocturno, dedicaba la clase a oír una canción y después traducirla. La primera canción fue Suzanne a esa siguieron otras de Cohen, en semanas sucesivas y otras de otros músicos poetas de parecida sensibilidad. Lo primero que me llamó la atención fue su voz grave, tan personal, lo segundo su manera de cantar, tranquila, casi susurrante, como para no molestar o, tal vez esto sea lo más cierto, sabedor de que algunos mensajes, algunas verdades es mejor no decirlas a gritos, si no decirlas tranquilamente, sosegadamente; esperando que lleguen a sus receptores, que son los que son capaces de aislarse del griterío, la estridencia. Después y gracias a esas traducciones en clase fui conectando con la poesía de ese poeta admirador de nuestro García Lorca, enamorándome de Suzanne, soñando con unirme a la resistencia, bailando ese vals lorquiano y, recientemente cuando la Coral Ciudad de Alhama interpretó su “Aleluya” con motivo del funeral por uno de sus componentes, comprendí que la música es muy superior a la palabra para hacer experimentar sensaciones y que yo era incapaz de contarme a mí mismo con palabras lo que sentía.

     Desde mis primeros años de instituto nocturno en Barcelona hasta hoy, siempre con la compañía de Cohen, Simon y Garfunkel, Salinger y otros autores que allí conocí, muchas son las cosas en las que he cambiado, muchos más aún, los cambios que el mundo ha experimentado, pero el viejo Leonard Cohen continuó con su trayectoria musical, personal y poética, que es en el fondo la de todos cuantos nos podemos considerar, de algún modo, los que hemos intentado cambiar el sistema desde dentro, (“primero tomaremos Manhattan, luego Berlín”).

     Y hoy, justamente un día después de levantarnos con la noticia del triunfo de Trump (aunque tengo las sospecha de que tampoco Hilary le gustaría mucho más), nos llega el fallecimiento de un cantautor que yo creo que tiene un hueco, un hueco grande, en la memoria sentimental de un buen número de todos cuantos de alguna manera nos hemos acercado a él y hemos sabido conectar con su sensibilidad exquisita, con su peculiar y profunda voz y con su manera de cantar , casi como pidiendo perdón por estar ahí, en el escenario, con su guitarra y su voz conmoviéndonos y haciéndonos reflexionar sobre el sentido de esto que llamamos vida.

    La energía de los esclavos

    Me gustaría leer
    uno de los poemas
    que me arrastraron a la poesía.
    No recuerdo ni una sola línea.
    Ni siquiera sé dónde buscar.
    Lo mismo me ha pasado con el dinero,
    las mujeres y las charlas a última hora de la tarde.

    Dónde están los poemas
    que me alejaron
    de todo lo que amaba
    para llegar donde estoy
    desnudo con la idea de encontrarte.

     (Leonard Cohen)

     Pero lo más doloroso es que nos deja en una época en la que hacen más falta que nunca partisanos capaces de enfrentarse a lo que se nos viene encima, más Suzannes que nos hagan ver la realidad de otra manera , que nos muestren donde mirar “entre la basura y las flores”· Un tiempo, en suma en el que el griterío, la demagogia y los mensaje, cortos, fáciles y pegadizos como todo programa político o social, hacen necesaria, como en todas las épocas, por otra parte, la poesía, la reflexión y el sentarse tranquilamente al caer de la tarde a escuchar unas veces buena música, otras el silencio, que también es necesario.
     
     Nos deja físicamente, pero nos quedan sus canciones, sus poemas y, sobre todo, los recuerdos y sensaciones, las vivencias compartidas que esas mismas canciones nos traen a la memoria. Leonard Cohen forma parte de la vida de mucha gente y esta mirada mía de hoy es un pequeño homenaje al cantante y a Carmela, la profesora de inglés que me lo “presentó”.

     A los dos, gracias por haber estado ahí.



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