Entre el espanto y la ternura

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     O el horror, el horror que descubrió el protagonista de la novela corta “El corazón de las tinieblas “ en su viaje por el Congo colonial belga.
     
    Entre el espanto y la ternura
    la vida canta.
    Una tonada clara y oscura,
    profana y santa.
    (“Entre el espanto y la ternura”. Silvio Rodríguez)
     
     Conrad únicamente dejó constancia del espanto, tal vez porque su horror fue peor al descubrir que el concepto idealizado que él tenía de la presencia de los europeos en África, lo que ocultaba era la máxima crueldad posible en busca del beneficio económico más rápido. Pero igual que en la canción de Silvio Rodríguez con que título estas reflexiones, también existe la ternura, también entre verdugos y victimas hay gente que aleja a las segundas de los primeros, destellos de luz que alumbran la oscuridad y las tinieblas. Existe todo el horror de todas las guerras que aún hoy repiten escenas de crueldad como las que Goya dejó plasmadas en su serie “Los desastres de la guerra”, pero junto a esos desastres conviven gentes e instituciones que alivian en parte, sólo en parte, pero ya es algo, todo el inmenso sufrimiento del cual esta vieja “Ramera de Occidente” en la que se ha convertido Europa y todos sus cómplices, genera. Y lo peor es que no afronta que lo que mueve a los ejércitos que ampara, apoya, arma y financia no es otra cosa que la pura ambición de más tierras, más recursos energéticos, más mercados, más mano de obra barata, o casi esclava, si no que se escuda en los más sublimes ideales de democracia, libertad y progreso, que es lo que dicen llevar todos cuantos disparan con los fusiles que Europa y Estados Unidos, o sus socios en la zona, ponen en sus manos. El espanto.

     Pero también la ternura de esas gentes que ponen su trabajo, su tiempo libre y su dinero para paliar el sufrimiento de la gente a cambio de nada, a cambio de unas palabras de agradecimiento o, en el peor de los casos, a cambio de los reproches de la gente mal informada o mal intencionada. Que de todo hay, nuevamente entre el espanto y la ternura. Sé que no es la primera vez que escribo de estos temas, que mi repertorio es muy limitado, pero es que no escribo cuentos si no que reflexiono, casi para mí mismo, sobre lo que pasa detrás de mi ventana, aunque mi ventana en este caso abarca un territorio que va mucho más allá de ese Parapanda que marca el horizonte de mi mirada física, porque mi mirada electrónica va mucho más allá.

     Y lo que veo es básicamente idéntico cada día, porque cada día trascurre entre el espanto de los niños que no pueden comer y el de los padres que tienen que verlo, espanto aún peor, y la ternura de la gente que hace algo, por poco que sea para poner un plato caliente delante de esos niños y, de ese modo aliviar el hambre de esos niños y de alguna manera el horror de sus padres. Cada día desgrana sus veinticuatro horas entre la desesperanza de los que no tienen ni esperanza siquiera, y el esfuerzo de quienes de alguna manera hacen algo para que, por lo menos, renazca la esperanza. Entre el espanto de quienes huyen en pateras del hambre, de la guerra y de las injusticias y afrontan el horror del mar, y la ternura de las organizaciones que les prestan auxilio...

     Por eso esta mirada de hoy la quiero dedicar a la ternura que ejemplifico en algunas amigas, sé que hay mucha más gente que da parte de su tiempo, es decir de su vida, para paliar el sufrimiento de los demás, o para poner siquiera una sonrisa donde hace falta, pero esta mirada de hoy la dedico a Auxi, a Sara a Monsalud y a Vanesa, ellas saben por qué. Y yo también.

     En cuanto al resto de la gente que está en mi lista de personas a las que tengo que estar agradecido porque, simplemente por estar ahí y hacer lo que hacen, convierten el espanto en ternura y las tinieblas en luz, un poco de paciencia. Todo llegará “si el tiempo y la autoridad lo permiten”.

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