Yo respeto a mis muertos

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     Pepe Carvalho, el personaje de Vázquez Montalbán, solía repetir que a partir de los cuarenta ya sólo queda enterrar a los muertos y pagas las deudas.

     Deudas tengo muchas, pero son de gratitud, y, por tanto impagables; difuntos a los que rememorar y respetar tengo algunos más de lo que quisiera y por eso creo que a los muertos hay que darles sepultura, cristiana o laica, o del rito que se prefiera, pero siempre respetuosa y, a ser posible, en un lugar en el que sea fácil llevarles flores, si se quiere, sin andar de cuneta en cuneta.

     Y esa es la razón de que cuando llegadas estas fechas de finales octubre y empiezan a asomar las imágenes de ese carnaval de ultratumba que es ‘jálogüin’, comienzo a ponerme doblemente depresivo, una vez por el hecho de que para recordar a los difuntos se tenga que escoger una fecha del calendario determinada , como si no fuesen todos los días apropiados para honrar al padre, la madre y a los difuntos; la otra razón de este estado mental mío es el hecho de que el recuerdo se trasforme en algo más parecido a una celebración festiva y bebida que en el recordatorio de quienes nos esperan en esa eternidad desconocida que a todos nos aguarda.

     No es el hecho de que la celebración sea de origen norteamericano, o del centro de Europa; que sea, en definitiva, una americanada más. De esa parte del mundo nos han llegado cosas como los pantalones de tela fuerte y color azul, el blues, el cine o la novela negra, y otras tantas, que incorporo a mi vida cotidiana con la misma naturalidad que los naturales de Hispania, incorporaron a la suya los aspectos de la vida de Roma, algunos de los cuales, como el derecho romano, aún persisten entre los actuales españoles, otrora habitantes de Hispania, ya béticos, ya tarraconenses. No es que sea un americanada, que lo es, es que también es una falta de respeto a los difuntos, ese jolgorio, ese aluvión de cucurbitáceas, ¿que hay en la humilde y nutritiva calabaza que pueda poner espanto al espíritu más apocado?

     También es cierto que para los niños puede tener su punto imitar las cosas que salen en las pelis, que no digo yo que no, y aún me recuerdo con un colt de plástico colgado al cinto imponiendo la ley, cosa que evidentemente poco tiene que ver con nuestra idiosincrasia, pero bueno, todos hemos sido niños y los niños deben jugar a aquello que les apetezca. Pero los adultos deberíamos tener en cuenta que las fechas a las que nos acercamos están pensadas para el recuerdo a nuestros difuntos y, vestirse de ser de ultratumba, alma en pena o cosa semejante mientras nos ponemos bien puestos de bebidas espirituosas no es, pienso, la mejor manera de hacerlo

     Conste que entiendo que a los niños hay que darles oportunidad de reír, que de hacerles llorar ya se encargará la vida, y que los negocios de nuestra Comarca de Alhama que puedan aprovechar para hacer algo más de cajón, deben hacerlo y que estas opiniones mías son absolutamente personales y en modo alguno suponen crítica a quienes se divierten como más les apetece, sino más bien como quejas de un viejo gruñón que empieza a no entender demasiado el mundo que le ha tocado vivir en su madurez que avanza hacia la decrepitud.

     Pero como cada edad tiene sus ventajas e inconvenientes, la de la madurez trae aparejada la ventaja de haber alcanzado el derecho a opinar libremente sobre cualquier materia que mi caletre entienda oportuna y, por tanto, no he de callar que, si otros creen que estas fiestas de brujas, zombis y otros seres más o menos horripilantes son algo apropiado para recordar a sus difuntos, cada uno de su capa haga un sayo. Yo respeto a mis muertos y, por tanto, no participaré de forma activa ni pasiva, ni de ningún modo en esa fiesta que, entiendo irrespetuosa para con nuestros difuntos. Las consideraciones culturales o de otro tipo no las tengo en cuenta a la hora de rechazar mi participación en cuanto se avecina, por mucho que también son dignas de ser consideradas.



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