¡Que se vayan a Miami con sus tías!

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     Desde hace un tiempo, suelo repetir este verso de la Canción de Víctor Jara “Aquí me quedo”, con cierta frecuencia, y, evidentemente, lo hago ante la contemplación de la realidad nacional.
     
     Es lo que me pide el cuerpo, que los que son incapaces de hacer Política, esto es hablar, negociar, llegar a acuerdos, legislar y hacer cumplir la legislación para resolver los problemas de todos, se vayan a Miami con sus tías, o con sus cuñadas, o amigas, me da igual. Creo que lo de hacer esa política que antes he escrito con mayúscula, se ha convertido en mercadeo, en grosera pretensión de imponer no la voluntad de las urnas, que está clara, al menos en mi opinión, si no la de los egos personales de los aspirantes.
     
     Creo que las urnas han hablado, por segunda vez, de la necesidad de llegar acuerdos para sacarnos, o al menos intentarlo de forma creíble, de la situación en la que nos encontramos, y no hablo de la falta de gobierno, sino del deterioro que, por las mediadas de los anteriores gobiernos, por acción o por inacción, venimos sufriendo. Y ante esta situación que causa dolor y miseria a mucha gente uno se postula, pero si, o sea, veremos a ver, si me votan y salgo ya te diré, otros se enrocan en el no más rotundo sin plantear diálogo, otro sale con deseos sádicos y dispuesto a tender la mano a todos, pero sin ofrecerla y del otro no me acuerdo. No soy de los que creen que necesitamos un gobierno porque sí, es que hay problemas que afrontar, situaciones que resolver, medidas que tomar para intentar, al menos intentar, llegar a la situación en la que ya estábamos. Y para eso creo que todos deben sentarse a hablar de lo que importa. En vez de sentarse a ver quién ocupa qué poltrona.
     
     El espectáculo de Rajoy, el hombre que no admite un no por respuesta, intentando torear la constitución para no hacer lo que tiene que hacer que es salir al hemiciclo e intentar convencer a los que tiene en su contra de que es la mejor opción, si de verdad está convencido de que es la mejor opción, el espectáculo decía, del candidato encerrado en el armario a ver qué pasa (aclaro de inmediato que aquí aludo a una comedia de enredo y no a ninguna otra cosa) es bufo.
     
     En cuanto al candidato Sánchez está claro que no puede votar que si, pero no sé si unas terceras elecciones serían más deseables que, desde su punto de vista, un gobierno del PP sin apoyos que necesariamente tendría que negociar, pactar, dialogar y cuyas agresiones a las clases trabajadora y media, se podrían minimizar.
     
     Del candidato del látigo, ni he hablado mucho no lo voy a hacer ahora. Sé que hay gente a la que respeto, que cree en esa formación honestamente, pero yo, no.
     
     Curiosamente el naranja es el que más goza de mis simpatías en la cuestión actual. Lo que no significa que esté de acuerdo en otras muchas cosas.
     
     Elaborado ese resumen escueto de las posturas que se enfrentan a la hora de decidir gobierno creo que es necesario reflexionar sobre otras cuestiones, no marginales precisamente. He sido educado en el respeto a la palabra dada y en el convencimiento de que es preciso mantenerla y veo que en los últimos tiempos parece ser, entre los políticos más destacados, mercancía de escasísimo valor, que, junto a los principios, se pone a la venta no ya por un puñado de dólares, o por un plato de lentejas, si no por prácticamente casi nada.
     
     Y, sin embargo, no debe deducirse de mis palabras que desconfíe de la política o los políticos en general puesto que conozco gente que está en esa tarea (ahora no discuto si es profesión o no) por verdadera vocación de trabajar por el bien común, del mismo modo que sé perfectamente que hay quien está en ello por todo lo contrario. Pero a pesar de todo siempre voy a preferir a un mal político elegido por el pueblo que a un salva patrias elegido por el mismo.
     
     Pero no es menos cierto que muchas veces dan ganas de decir “¡Que se vayan a Miami con sus tías!
     
     

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