Pero también responsabilidad

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     Lo bueno y lo malo de internet es que cualquier indocumentado con tiempo libre, yo mismo, puede publicar en un blog o en YouTube prácticamente cualquier cosa.

      Me hago esta reflexión pensando en ese caso de difteria ocurrido en Olot porque los padres del niño se negaron a vacunarlo, engañados, según ellos, por los anti vacunas que, no podía ser de otra manera, tienen su propia página web. Porque en la red se puede encontrar de todo, para todos los gustos, para bien o para mal, defensores y detractores para casi cualquier causa y me felicito de que eso sea así. Sin embargo no puedo dejar de pensar también que hay temas como el de la salud, y no digamos ya el de la salud infantil, sobre los cuales el todo vale, no vale; sobre los que la responsabilidad debe anteponerse incluso a la libertad, porque verter opiniones en contra de las vacunas, o de las terapias que contra el cáncer existen, me parece arriesgado como poco.

     Firme defensor de la libertad como soy, también abogo por el ejercicio de la responsabilidad que ésta trae consigo. Cada cual es dueño de sí y de sus actos y responsable de estos. Algo tan simple parece estar cayendo en el olvido si atendemos a la proliferación de webs y videos en las que se dan consejos para no comer a gente con anorexia, para no vacunar a los niños, para obviar terapias tradicionales en favor de otras alternativas y fundamentadas más en la creencia que en la ciencia. No dudo de que la fe en el consejo del galeno y en la efectividad del remedio suponga un buen principio para la curación, pero tengo mis dudas de que las flores de Bach o la homeopatía sirvan para mucho, incluso aunque tengamos en cuenta el efecto placebo. Creo que si algo se sabe de curar lo saben los médicos y por mucho que tenga mis dudas sobre la bondad intrínseca de las grandes industrias farmacéuticas me tomo lo que me recetan cuando lo preciso. Máxime contando en España con una de las sanidades y profesionales de la salud de referencia en el mundo, aún con los recortes, copagos y privatizaciones del gobierno.

     En cuanto a la “naturalidad”, por oposición a la “artificiosidad” de ciertos productos, si me dan a elegir, prefiero un pollo cocinado a uno crudo, una carretera asfaltada a un camino de cabras, y una medicina respaldada por años de pruebas y estudios a cualquier producto natural si estamos hablando de temas de salud serios; para otras cuestiones también tomo manzanilla y bicarbonato, que a fin de cuentas son naturales... hasta cierto punto: La manzanilla no nace en el campo en la taza ya hecha infusión y el bicarbonato se obtiene por procesos químicos. Los patógenos son absolutamente naturales, como los terremotos, las inundaciones, las sequías y otros desastres que causan estragos entre los humanos desde siempre, pero sus remedios son siempre artificiales, o culturales, obra de los seres humanos en todo caso.

     En cuanto a la cuestión de la vacunación el vacío legal que hace que las vacunas no sean obligatorias sino una opción personal de los padres creo que debería estudiarse con más detenimiento esa normativa, sobre todo en el caso de enfermedades contagiosas en las que los padres ponen en riesgo no solo a sus hijos sino a muchos más niños.

     Por lo que respecta a vacunas y remedios para otras enfermedades (la ignorancia, los prejuicios, la intolerancia) esas si son obligatorias en la edad infantil, me refiero a la educación y la cultura, eso que damos en llamar cultura; que bien que mal aún son obligatorias en España, al menos hasta cierta edad. Tampoco está de más continuar el proceso de educarse y formarse desde la niñez hasta la edad provecta, ésta incluida. Ya se sabe que la lectura es un buen remedio para muchos males, remedio del que incluso se puede abusar y al que no se reconocen contraindicaciones.

     Por cierto también la educación y formación de los hijos es responsabilidad de los padres, que en bastantes ocasiones tienden a delegar también esta tarea, que considero que debe ser compartida.

     Libertad por supuesto, pero sin olvidar la responsabilidad que cada uno de nuestros actos conlleva, especialmente en lo que concierne a las relaciones con los demás.

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