Libros

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     Si la figura del maestro es imprescindible en el proceso de aprendizaje, mucho más en las enseñanzas que requieren de la práctica y la paciente corrección que de saberes concretos, no ocurre otro tanto con los libros.
     
     Se puede, en efecto perfectamente aprender sin libros y creo que el uso del libro más acorde con su etimología latina que usa la misma palabra para libro y para libre es, precisamente el uso libre y lúdico de los libros. El libro y la lectura como fin en sí mismo, como juego, sea éste juego mental, pero no deja de ser juego son, en mi opinión, una de las maneras más placenteras de vivir. He escrito vivir porque no disocio la vida de la lectura, antes bien, creo que al leer no sólo vivimos intensamente sino que nos es dado vivir vidas que, de otro modo, no llegaríamos a imaginar, siquiera. Por supuesto esto no implica que debamos renunciar al libro y la lectura como fuente de conocimiento y enseñanza, sino que creo que también estos, el conocimiento y las enseñanzas deben ser parte del juego de vivir; si el saber no entra gozosamente, difícilmente llegará a esos lugares de la memoria en las que almacenamos los recuerdos queridos y será, simplemente, flor de un día, casi siempre el día del examen.

     Pero fuera del libro de texto, del manual o el tratado en el que profundizar en saberes, creo que la más noble y verdadera misión de los libros es la de permitirnos asomarnos a la vida de personas y personajes tanto reales como de ficción con los que poder convivir en igualdad de condiciones, única manera de saber o de llegar a intuir muchas cosas que el aprendizaje convencional no hace posible. Personajes históricos, Alejandro, Cesar, que en los manuales de historia aparecen como figuras con historia pero sin vida, en las novelas históricas, en las buenas novelas históricas aparecen junto a nosotros en toda su humanidad, con sus defectos y virtudes, con sus grandezas y miserias. O ese ingenuo soñador que intenta, no cambiar el mundo, que es tarea harto grande para sus menguadas fuerzas, pero si, al menos, socorrer a los menesterosos, consolar a huérfanas y viudas, desfacer entuertos. Ese loco ingenuo que al menos una vez en la vida todos llevamos, o deberíamos llevar dentro, al que llamamos Quijote ¿No nos da acaso lecciones de integridad y de saber hacer lo que hay que hacer aunque lluevan palos en las espaldas? O Guillermo, ese niño que todos añoramos, rebelde, tragón, desaliñado y que contempla, aún vive en mi recuerdo, la sociedad de la Inglaterra de los años veinte con la mirada del aquel para el cual todo es nuevo, misterioso, asombroso y lleno de posibilidades de aventuras. Jugando junto a él y sus proscritos dejé buena parte de mis horas de ocio en veranos vacacionales. Larga vida a Guilermo Bronw.

     Libros y lecturas para soñar, para imaginar, para disfrutar, para reír, para llorar, para revivir periodos y vidas ajenas. No se me ocurre ninguna otra razón mejor para leer que leer por que sí, sin razón ninguna; a fin de cuentas tampoco sabemos muy bien porque vivimos, a que hemos venido aquí. No creo que la respuesta esté en los libros, tampoco, pero no está de más buscarla en los libros y en nosotros mismos. Y si no la encontramos nos la podemos inventar, pero con algún libro cerca, con algún maestro cerca y con algún amigo cerca, más que nada, para ir haciendo camino.

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