A Fernando Macarro Castillo

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     Quieren todavía los que no pudieron doblegarte ni con cárcel, ni con torturas, insultar tu nombre.

     No sé si participaste o no en los tres crímenes que te imputaron, por los que fuiste condenado y por los que pasaste casi 23 años en cárceles de esa gran prisión que fue la España de Franco. A mí me basta con tu palabra de inocencia y con saber la catadura moral de quiénes te juzgaron y te siguen juzgando, juzgan en el hombre de 95 años al niño de 16.

     Supe de ti hace cerca de cuarenta años a través de una de aquellas revistas de la Transición, creo que fue Triunfo, que no sé cómo llegó a mis manos, en la que se entrevistaba al preso político más veterano de Franco. En esos días que evoco parecía que todo era posible, que era posible recuperar para nuestro país un espacio de convivencia en el que todos pudiésemos vivir dignamente, libremente. Había esperanza en esos días.

     Y hoy, con 95 años casi recién cumplidos por tu parte, creo que sigues empeñado en la misma lucha que te llevó con 16 años a combatir en la guerra contra los sublevados, que no es otra que la lucha contra la injusticia, la sinrazón y los atropellos que se hacen, hoy mismo, casi a diario a quienes más indefensos están: Los parados, los dependientes, los pensionistas, en realidad todos cuantos no gozan de obscenas riquezas obscenamente obtenidas (aclaro que para mí lo obsceno es algo más que lo que atenta contra el pudor y la honestidad). Esas injusticias continúan igual que hace cuarenta años y todos los que en algún modo las combaten, estén en la trinchera que estén, merecen mi respeto.

     Por eso, Fernando escribo estas líneas al hombre que quiso “llenar de estrellas el corazón de los hombres” y aprovecho para felicitarte por esos 95 años de intensa vida dedicada a sembrar esperanza en los desesperanzados, hoy que tanta falta hace tener esperanza en que es posible hacer las cosas de otra manera, de que todos pueden vivir con dignidad y decoro, porque no hay ninguna ley divina ni natural que imponga la riqueza total a unos y la miseria a otros. Son leyes humanas que se pueden cambiar por otros humanos.

     Pero para que eso sea posible, muchas son las cosas que deben ser cambiadas, y esos cambios no van a venir de quienes ahora tienen el poder, sino que deben ser emprendidos poco a poco cambiando la mentalidad y el corazón de los hombres.

     Creo que ese cambiar la mente y el corazón de los hombres fue una de las tareas que tú te impusiste, incluso desde la cárcel mediante la escritura de poemas en los que sencillamente contabas tus vivencias y tus años de presidio.

     Tú, al menos tuviste la suerte de vivir, quedan en las cunetas, cementerios y campos de España, las osamentas de gentes cuya memoria parece molestar a quienes nos gobiernan.

     Termino poniendo aquí uno de tus poemas

     

    Autobiografía

    Mi pecado es terrible;
    quise llenar de estrellas
    el corazón del hombre.

    Por eso aquí entre rejas,
    en diecinueve inviernos
    perdí mis primaveras.

    Preso desde mi infancia
    y a muerte mi condena,
    mis ojos van secando
    su luz contra las piedras.

    Mas no hay sombra de arcángel
    vengador en mis venas:
    España es sólo el grito
    de mi dolor que sueña.

    Marcos Ana

     

    Desgraciadamente todavía hoy España es el grito del dolor de muchos.

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