Neofeudalismo

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     Ningún otro nombre cuadra mejor para el hecho de que un pueblo de ciudad Real fuese cerrado durante un día para que se celebrase una montería.

     Ni entrar ni salir, los caminos de acceso cortados por guardias de seguridad privados y guardia civil y todo para una montería, no sé si de esas de “está todo pagado, hasta las putas”. Para ese tipo de situaciones, es decir aquellas en las que las más básicas libertades de la mayoría quedan en suspenso por el capricho de unos pocos, sólo cabe hablar de neofeudalismo.

     Pero esto es apenas una anécdota dentro del largo proceso de depauperación del tejido democrático con el que se teje el traje de las instituciones que deben ser garantes de la democracia y el respeto a todas las leyes por parte de todos. Mientras la ley este hecha para el que roba gallinas y no para el defraudador, según dijo no ha mucho el Presidente del Consejo General del Poder judicial y del Tribunal supremo, Carlos Lemos, subsisten restos del Feudalismo, Mientras que el juramento o promesa que deben hacer los jueces de cumplir los deberes del cargo” frente a todos” sea mera retórica enfrentada al frente a algunos, continua el régimen feudal, puede que no haya ya señores de horca y cuchillo, pero no deja de ser menos estomagante esa realidad de cárcel para algunos y calle para otros, casi por los mismos delitos.

     Pero no para ahí el dominio de las fuerzas que copaban el poder durante el Feudalismo. Mientras que las iglesias, todas las iglesias sin distinción, tengan puestas las miras más en el poder terrenal y económico que en la salvación de las almas, estará presente ese neofeudalismo, máxime aún en un estado supuestamente aconfesional pero que destina más dinero a la Iglesia católica que a la educación.

     Tampoco me olvido de los partidos políticos que no podan radicalmente las ramas podridas del árbol. Son ellos, los autoproclamados representantes del pueblo lo que deben alejar de sí a los frutos podridos, sean estos quienes sean y alejar de ese mismo pueblo al que defraudan, en las tres primeras acepciones del termino defraudar, las sospechas de que todos los políticos son iguales con la llamada al fascismo que eso supone. Al fascismo o a una vuelta al feudalismo que supondría una sociedad sin partidos políticos, ni representante sindicales, gobernada por señores amparados en sus mesnadas para imponer la ley que su capricho le dictase. Tal vez no estemos tan alejados de eso, si tenemos en cuenta la existencia de todopoderosas empresas multinacionales y los “contratistas” de la Blackwater que protegen sus intereses. Monsanto, Deutsche Bank y Barclays o la petrolera Chevron son algunas de estas empresas para las cuales se dice que trabaja Blackwater, empresa que cubre un amplísimo abanico de servicios relacionados con la seguridad y sus campos asociados como la información, no periodística, precisamente.

     Naturalmente lo que hoy nos separa de aquella época de tinieblas que fue la feudal, por mucho que de ella subsista, es la capacidad de enterarnos de casi todo, de investigar y conocer, y dar a conocer estas actuaciones. Y, sobre todo la posibilidad de cambiar las cosas cambiando los gobernantes, es decir, los políticos. Por ello a la hora de votar hay que hacerlo reflexionando, analizando y atando cabos fríamente y no llevados por el calentón de indignación provocado por la última actuación reprobable de los que, en definitiva, hemos sido nosotros quienes hemos puesto ahí. O seguir con el neofeudalismo o de verdad iniciar la sociedad del siglo XXI. Una sociedad que tendrá que tener claro que debe vivir, consumir y producir de otra manera. Pero esa es otra mirada.

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