Crónica de una muerte anunciada

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     La de los enfermos de Hepatitis C que no pueden afrontar el gasto del tratamiento para el que Sanidad sólo aporta 125 millones de euros.

     Cantidad que da para pagar el tratamiento de unos dos mil enfermos en un país en el que hay 400.000 enfermos diagnosticados y alrededor de 500. 000 podrían serlo sin estar diagnosticados. No me salen las cuentas y no es porque siempre haya sido de letras.

     El tratamiento, de dos semanas de duración en nuestro país ronda los 60.000 euros, en Egipto los 600. Todo depende de la capacidad negociadora del gobierno en cuestión, por lo que he podido comprobar documentándome. A la farmacéutica que lo produce, las pastillas necesarias, es un fármaco oral, le cuestan entre 50 y 100 euros.

     Es un problema de rapacidad de una empresa farmacéutica, pero también es un problema político que en algunas comunidades de esta patria común nuestra están dispuestas a resolver, en Andalucía, por ejemplo, y en otras no. Es un problema de falta de investigación. En otros países, Cuba, por ejemplo, desarrollan sus propios fármacos contra la hepatitis C. En nuestro país no hay dinero para enseñanza, para la investigación científica, para desarrollar terapias alternativas. No voy a hacer demagogia diciendo que para otras cosas sí parece haber dinero más que suficiente (cada lector según su gusto particular ponga “esas otras cosas”). En realidad es un problema de la ineptitud de quienes nos gobiernan en el mejor de los casos o en el peor de una mentalidad rayana en el nacionalsocialismo alemán indiferente al sufrimiento de las razas inferiores. Si cambiamos raza por clase, tendremos una idea bastante cabal de la forma de pensar de a quienes el dolor de los más desfavorecidos, de los dependientes, de los enfermos de hepatitis C (muchos de ellos contagiados en hospitales públicos), de los parados sin recursos… les parece un asunto menor comparado con las necesidades de las casas reales (que ya vamos por dos), de los obispos y de los bancos y sus banqueros. Y esto no es demagogia sino la insultante realidad que sufre cualquier enfermo a quien su comunidad no le proporciona el tratamiento para su enfermedad, para una enfermedad que se puede curar en pocas semanas o que puede llevar a la muerte y que contempla cada día, la rapacidad de quienes roban muy por encima de nuestras posibilidades en todos los ámbitos en los que es posible hacerlo.

     Esta es la crónica de una muerte anunciada la de un sistema que no es capaz de hacer frente a algo tan simple como financiar un fármaco que en Egipto cuesta algo más de 600 euros y aquí alrededor de los 60.000. El presidente puede seguir insistiendo en que los esfuerzos y sacrificios de los españoles están dando resultado, y que pronto veremos los frutos de esos sacrificios. Pero mientras, alguien ve que se le agota el tiempo por falta de medicación mientras otros hacen obscena ostentación del lujo en el que viven a costa del presupuesto público, vamos mal.

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