Nada que contar

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     Alguna vez tenía que pasar y el momento ha llegado. Hoy no tengo ninguna idea para esta mirada.

      Y sin embargo, el compromiso adquirido con este medio y sus lectores me obliga a entregar cada viernes mi colaboración y, pese a que no tengo nada que decir, cumplo con mi compromiso semanal. No se trata, por otra parte, de que no tenga ningún tema sobre el que escribir; es que son tantas las cosas de las que podría tratar que no se por cual optar. Ese alcalde diciendo que él echa la mierda a hostias, la superioridad intelectual de algún candidato a las elecciones europeas, la posibilidad de que la extrema derecha alcance un resultado significativo este domingo, me refiero a la extrema derecha europea, la española, que cabe casi toda cómodamente en el partido de las gaviotas, está claro que tendrá su cuota correspondiente entre los más votados; no, no faltan temas que llevarme al teclado. Lo que tal vez me desmotiva es que tengo la sensación de que reflexionar sosegadamente en este país nuestro es perder el tiempo. Vivimos en una tierra en la cual el insulto, el exabrupto, el “váyase usted al carajo” la descalificación basada en la apariencia personal, más que en los argumentos del otro son moneda común. Es cierto que podría sumarme a ese estado mental común, pero creo que insultar es demasiado fácil. El castellano, que es la lengua en la que escribo, es enormemente rico en insultos y descalificaciones y una pluma entintada en mala leche puede lograr cosas admirables, como todo el que haya leído a Quevedo sabe.

     Nada que contar, pese a que la “vendetta” cometida por una militante del PP sobre otra militante por razones personales, a lo que parece, lleva al gobierno a intensificar la vigilancia sobre las redes sociales, vigilancia en la cual, creo, más que delincuentes van a encontrar gente de menguada capacidad intelectual, poco dada a reflexionar antes de escribir y leer lo luego escrito. Pero es que vivimos en el país del insulto a la mínima.

     Tampoco se me olvida que estamos en periodo de reflexión y que toca acudir a las urnas a elegir a quienes van a legislar y gobernar en Europa, lo cual significa, lisa y llanamente, gobernar dentro de mi casa, y de la suya y de la de todos. Dice el Corán que “tu Dios está más cerca de ti, que tu yugular”, pues algo parecido ocurre con la Comisión Europea, cuya mano está más cerca de mi cartera que la mía propia; con lo cual voy a tener mucho cuidado de a quien le doy esa cercanía a mi cartera, mi salud, la educación de los hijos de mis vecinos y familiares y todos los aspectos esenciales en mi vida y la de mis prójimos. En esta España nuestra visceral, donde se piensa más con los genitales que con la cabeza, yo aconsejo emplear el seso más que el sexo a la hora de introducir la papeleta en el sobre. Y desde luego aconsejo hacerlo, es decir, votar. Más que nada para no sentirnos culpables luego.

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