Carta abierta a Gerardo Iglesias

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    No puedo evitar acordarme de usted.

     Son días en los que hemos asistido a una hagiografía de Julio Anguita, tal vez algo excesiva. Sobre todo, se insiste en que renunció a su pensión como ex parlamentario porque con la suya de maestro tenía suficiente. Usted no sé si renunció a una pensión, pero sí sé que tras dimitir de todos sus cargos y renunciar a presentarse a unas elecciones autonómicas bajó de nuevo a la mina a hacer lo que empezó haciendo, trabajar de minero.

     No voy a hacer unas vidas paralelas, al modo de Plutarco, porque ahí está la Wikipedia para consultarla. Y, porque nadie es responsable de su nacimiento, ni de su familia. Ni usted de su padre minero y torturado por la Guardia Civil por su apoyo a los guerrilleros antifranquistas, ni, por supuesto el señor Anguita, que la tierra le sea leve, de haber nacido en el seno de una familia digamos que acomodada y, he de creer que afecta al Régimen. Don Julio pudo retirarse con la pensión que le quedó como profesor de historia. Usted, sin estudios, bajó al pozo nuevamente.

     Y, desde entonces, se ha retirado absolutamente de todo, tal vez la mejor opción para alguien desengañado y, supongo que lleno de dudas. Al menos yo no he sabido de usted desde entonces. Y he de decirle que en su momento no fue de mis políticos preferidos. Y es que la poca edad y la mucha imbecilidad es lo que tienen, que tiende uno a dejarse seducir por encantadores de serpientes, iluminados y otras especies igual de folclóricas.

     No estoy juzgando aquí trayectorias políticas, aunque desde lo que hoy se puede ver tanto en las derechas como en las izquierdas, tanto usted, como don Julio pasan perfectamente mis rigurosos filtros en lo que concierne a honradez y coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Lo que juzgo son más bien formas de estar en la vida: La suya absolutamente discreta, la de don Julio siempre, ejerciendo de profesor, que la vocación no se puede reprimir; regañando, aconsejando y, me temo, que autoelevado al altar de los que nunca tienen dudas. Todos recordamos, y si no lo recuerdo yo, su recomendación de votar al de derechas honrado. Y ciertamente hay gente de derechas honrada, políticos, puede haberlos también. Pero el problema es que el político de derechas honrado aplicará, honradamente, políticas de derechas, que usted y yo, como miembros de la clase obrera, sabemos que no es que sean justas o injustas, si no lesivas para nuestra clase. A don Julio, esto no parecía preocuparle, tal vez el viejo resabio de su privilegiada infancia como miembro de una familia de militares, que en los años cuarenta era una sólida garantía de un buen pasar. O tal vez con la ingenuidad de creer que desde la honradez un político de derechas actuará en beneficio de la mayoría. No sé.

     Ya sé que todo esto se lo tenía que haber escrito en vida de don Julio, al que por cierto tuve el placer de saludar en un mitin en mi pueblo, Alhama, y decirle que era la primera vez que oía a un político decir lo que el pueblo tenía que oír y no lo que quería oír. Ya digo que no discrepo con el político, sí no con el ser humano. No puede él defenderse, pero tampoco la crítica es tan grande y no ha de faltar quien lo defienda, si es preciso

     Pero me centro en usted, nuevamente para agradecerle su comportamiento, que no es único, sé que hay machos más políticos coherentes y honrados en este pícaro mundo. Pero gracias a gente como usted o como don Julio, también, yo puedo escribir sin faltar a la verdad, que no todos los políticos son iguales. Ni por supuesto todas las políticas. Y que las políticas que se necesitan ahora son las que protejan a la clase trabajadora, a la clase media y a los pequeños empresarios y blinden la sanidad pública, la educación pública y un estado de bienestar en los que usted y yo, podamos sentirnos cómodos. Y con la libertad suficiente para decir lo que pensamos con el desparpajo y la desvergüenza con la que un fulano, a quien no voy a citar, dejó caer la simpática idea de que a los parados y los que cobran del estado hay que quitarle el derecho al voto, para que no puedan dar victorias a partidos de izquierda, supongo.

     Un fraternal abrazo, que espero que me acepte, y un ¡Salud, camarada!¡ que le envía el adolescente que con quince años se afilió a las Juventudes Comunistas de Cataluña. A los quince años, con la edad que usted ingreso en el PCE.


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