Ya no hay políticos como los de antes

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    Ese fue el decir más generalizado tras el fallecimiento de Rubalcaba, último mohicano de esa raza de hombres de Estado.

     Y sin embargo tengo suficiente memoria y edad para recordar que a esos “hombres de Estado”, en su momento les llovían las críticas más aceradas, las descalificaciones más hirientes, y el rencor más lacerante. Hasta tal punto que recuerdo que en una manifestación se coreó: ”¡Queremos pan, queremos vino, queremos a Felipe colgado de un pino!”. Me temo que no es que estos de ahora sean peores o los de ayer mejores si no que el tiempo tiende a endulzar los recuerdos, para que duelan menos. Además, a los de hoy mismo los tenemos que soportar en el día a día, asomados a los periódicos, las televisiones y las redes sociales. Que nos dan cumplida cuenta de sus negociaciones para obtener lo que todos apetecen, esa pequeña parcela de poder que los votos otorgan.

     El tiempo es el que nos hace, a algunos, añorar a un Fraga, un Carrillo, un Suárez que, a fin de cuentas, se limitaron a interpretar el papel que les fue asignado en esa Transición que soy el primero en respetar y querer. Es cierto que nos dejó más Franquismo del que algunos apetecemos, pero no es menos cierto que también nos permitió respirar los aires de la democracia occidental que respiraban nuestros vecinos, excepto Portugal, desde que fue vencido el nazismo y su primo pobre, el fascismo italiano.

     Notarán los lectores que del elenco de actores de la Transición he apeado a dos que, sin duda, tuvieron también primerísimo y estelar papel. Uno de ellos es el rey padre, por la época en toda su esplendorosa juventud y el otro ese Felipe al que algunos querían ver colgado de un pino y que es hoy, junto al añorado Rubalcaba, uno de esos políticos y hombres de Estado capaces de poner por encima de todo el interés de España, antes que los de partido o personales. Lo es o al menos aparenta serlo y si hay quien se lo reconoce, no seré yo quien lo discuta.

     El lamento de que ya no hay ni políticos, ni mujeres, ni nada como los de antes, más que el lamento en sí, el hecho de lamentarse, creo que es inequívoca señal de que la edad provecta está a la vuelta de la esquina, sobre todo si viene acompañado de ese “en mis tiempos...” Decir que entiendo, pero que no comparto; todos los tiempos de mi vida son míos, los pasados que puedo recordar, rememorar y recrear y estos de ahora mismo que puedo disfrutar en toda la intensidad de lo que me ofrecen, que es casi todo lo que apetezco y necesito.

     En cuanto a los políticos, los de antes, los de ahora y los que vengan, bienvenidos sean mientras tengamos la opción de acudir a las urnas a proporcionarles el consentimiento para gobernar o intentar negociar, solos o con la complicidad de otros. De gobernar en aquellas cosas y cuestiones que son de obligado cumplimiento para toda la ciudadanía, no se nos olvide que votamos a quien ha de legislar, es decir crear las leyes que han de guiar nuestra conducta tanto pública como privada; que votamos a quien ha de hacer cumplir esas leyes.

     Ya no hay políticos como los de antes (o sí) tal vez porque ya no hay votantes como los de antes (o sí).

     Sean las cosas como sean estos son los mimbres que hay y con ellos han de hacer los cestos en los que meterán nuestras pensiones, nuestros impuestos, nuestra sanidad pública, nuestra educación pública, y otros detalles de no menos importancia, como nuestras libertades y derechos. No está de más recordar que depende de nuestro voto que las asas de esos cestos las agarremos nosotros o las agarren representantes de empresas privadas.

     Tal vez ya no queden políticos como los de antes, pero lo que sí tengo bastante claro es que la voracidad de eso que da en llamarse los mercados, la banca y las grandes multinacionales, en especial las farmacéuticas siguen siendo igual de peligrosa.





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