La tercera España

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    Tengo amigos de derechas, conservadores, católicos y tradicionales.

     Y lo llevo a gala y lo digo con orgullo, dada la capacidad de esos amigos de respetarme como persona, al margen de mis ideas, con las que no están de acuerdo. Y lógicamente les correspondo respetándolos a ellos, y a ellas, como personas. Hay muchas cosas en las que se puede coincidir, como estarán de acuerdo algunos de mis amigos y lectores que no siempre comulgan con mis ideas.

     Se habla siempre de las dos Españas enfrentadas con odio cainita y oponiéndose con encono; no voy a negar que existen esas dos Españas, y desde mucho antes de que don Antonio las citara en su conocido poema; pero creo que existe otra tercera España que tal vez sea más peligrosa para la convivencia que las otras dos; que es la España pancista, la España que practica el pancismo: ”Tendencia o actitud de quienes acomodan su comportamiento a lo que creen más conveniente y menos arriesgado para su provecho y tranquilidad.”

     No es exactamente la postura de quien se considera apolítico y, directamente no interviene en asuntos políticos, si no la de quien actúa con la vista puesta directamente en la panza y en el mejor modo de llenarla con poco esfuerzo y mucho sosiego, sin que se le dé un ardite el interés general, el bien común o conceptos tan extraños a su modo de razonar como “la patria, España, la ciudadanía, el pueblo o el Estado. Es comprensible y lógico que cada cual luche por sus intereses y bienestar y no hay nada censurable en ello. Lo que sí encuentro censurable, por lo que afecta a los demás, que en este caso somos todos, es el andar ocultando intenciones, el callar, el no significarse políticamente, que, si en tiempos de la dictadura tenía sentido, y mucho sentido, en los de ahora carece de toda explicación. Hoy todo se puede decir, defender, hoy se puede dar la cara y decir públicamente lo que se piensa sin más cortapisa que el respeto a las leyes y a unas elementales normas de cortesía, si es que se tiene desde la niñez y la propia casa de uno esa crianza. Si se carece de ella tampoco pasa nada, como venimos viendo con asiduidad los que leemos prensa y estamos, más o menos, al cabo de los “eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, creo que era. Insultar las más de las veces, sale gratis. Hoy no hay razones para callar, ni para no decir claramente lo que uno piensa, ni para exponer con toda la crudeza necesaria que uno vota en interés de sus digestiones y al mundo le pueden ir dando mucho la lata, suavizando la expresión que tenía en mente.

     Pero es que, además, en quien practica el pancismo, se da, como me ha hecho notar mi hermano Prudencio, la más estomagante adulación al poder, sea cual sea ese poder. Es el cambio de chaqueta, vieja expresión que identifica claramente la actitud de quien, careciendo de toda convicción política, de toda idea de que es eso que llamamos España, el bien común o cualquier otra circunstancia, se acomoda a lo que venga, da vivas al que corresponda o vota a quien va en primer lugar en las encuestas. Por aquello de no equivocarse y estar siempre con el poder.

     Es la tercera España, que a fin de cuentas es siempre la que se sale con la suya, la que nunca se equivoca, la que nunca pierde, porque no apuesta y va siempre sobre seguro.

     Cuando sea mayor me gustaría poder tener esa conciencia elástica y adaptable para poder vivir con esa tranquilidad y sosiego que debe dar el no cuestionarse nunca nada, el dar por sagrado lo establecido, el asentir al sentir de la mayoría, el saber siempre lo que hay que decir y votar para agradar al poder.

     Mientras tanto pago con desasosiego el precio de una libertad intelectual que me permite poder decir lo que creo yo, y no lo que creo que debo decir, que no son, exactamente, lo mismo.





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