Malas escuelas

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    No hablo ni de las públicas, ni de las privadas, ni siquiera quiero hablar de centros educativos.

     Pero no puedo dejar de contemplar lo que pasa aquí cerca y allí lejos, aunque en realidad, en esta aldea global que es el mundo de hoy nada está ni lejos ni cerca. Lo que opina el presidente de Estados Unidos es inmediatamente acatado por el nuestro, no sé si con un “¡señor, si señor!”. Pero da igual. Y lo que opina el presidente de ese gran país cuya música, literatura, cine cultura, subcultura y contracultura tantas horas gratas me han dado, viene determinado, en casi todo por diversas entidades llamadas “escuelas”, pero que bajo tan hermoso nombre ocultan, el horror, el horror, del mismo modo que lo ocultaba el Corazón de las tinieblas de esa África colonial que los europeos esquilmamos entonces y ahora. La Escuela de Chicago, de la que ya he hablado, que fue el brazo teórico de ese otro brazo armado, los ejércitos de las dictaduras fascistas latinoamericanas que crearon lugares de tortura y asesinato en otras escuelas cuyo nombre aún causan pesadillas en los que tuvieron la suerte de sobrevivir.

     La escuela de Mecánica de la Armada cumplía sus funciones docentes de crear mecánicos, hasta que la dictadura militar argentina la convirtió en centro de detención, tortura y asesinato de estudiantes, casi todos sus “ocupantes” fueron estudiantes. En la escuela de las Américas, (Instituto del Hemisferio occidental para la Cooperación en Seguridad). Este si era una autentica escuela y en ella se graduaron algunos de los dictadores latinoamericanos. Entre las asignaturas impartidas estaban la tortura, el asesinato y todo lo necesario para la lucha contra la insurgencia en la América Latina.

     Repito que esas otras escuelas fueron el brazo armado de las ideas ultra liberales de Milton Friedman que, recogidas con los brazos abiertos por Reagan y sus sucesores, Margaret Thacher y sus sucesores y Aznar y sus sucesores, han dado lugar a las situaciones actuales de recortes de todo tipo en el estado de bienestar, de derechos y libertades y de feroz crítica al Estado en nombre de una libertad supuesta y de la responsabilidad del individuo hacia su propia vida. Independientemente de sus circunstancias de partida, de su nacimiento o crianza cualquier individuo, si trabaja duro y se esfuerza en poner su egoísmo como fuente de inspiración, conseguirá elevarse donde quiera. Este es el mensaje de la bajada de impuestos, de los recortes en lo público y las ayudas a lo privado que tan bien conocemos los españoles, gracias a las políticas de Aznar, primero y Rajoy después.

     Naturalmente creo en la libre empresa, en la propiedad privada y en la responsabilidad de cada uno en su propio bienestar; pero también sé que no todos nacen ni son iguales y, por tanto, creo firmemente en la acción niveladora del Estado y de la sociedad para que el punto de partida no suponga una clara ventaja para unos y la mayor desventaja para otros. Educación pública de calidad, sanidad pública de calidad y coberturas para situaciones sobrevenidas, en forma de prestaciones y pensiones. También sé que todo eso cuesta dinero y que conseguirlo es cuestión de los políticos que aspiran a gestionar los asuntos públicos. Algunos de los cuales, por cierto, y a modo de simple anécdota, no están bien dispuestos a entrar en puestos de responsabilidad en la Junta de Andalucía porque dicen que en la empresa privada gana más.

     Debo reiterar una vez más que todo cuanto pasa en la calle, en la tuya y en la del de las antípodas (allá por Nueva Zelanda, creo) es fruto de las ideas de la Escuela de Chicago: Los recortes, el descrédito del Estado y los gobiernos (no es lo mismo), el populismo de derechas y el de izquierdas, todos esos lodos son resultado de los polvos creados por esa escuela, en las aulas por las buenas y en los centros de detención y tortura, por las malas. No en vano el siniestro general Pinochet fue uno de los más aplicados alumnos de las “malas escuelas”. Es cierto que, según Guerra, “algunas dictaduras tuvieron buenos resultados económicos”, pero para quiénes y, sobre todo, a qué precio.




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