¡Vente a Austria, Lucía!

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    Por la década en la que nací, y tal vez en algún año posterior, los españoles dejábamos la patria chica, los más afortunados.

     Y la grande, los menos. Emigrábamos hacia zonas del norte, del norte de España y del centro de Europa, buscando lo que en las tierras de origen no era posible: vivir con esa dignidad y decoro que dan comer caliente varias veces al día, tener casa en la que habitar y ropa limpia que ponerse cuando es menester. Sobre dos millones y medio de españoles dejaron el terruño y cruzaron las fronteras para emplearse como obra de mano barata que hiciese funcionar los centros industriales, construyese las viviendas baratas para albergar a los que llegaban y, en definitiva, contribuyesen, también al desarrollo de España con el dinero que enviaban a las familias que aquí quedaban. ¡Vente a Alemania, Pepe!, o a Francia o Suiza, que más da, si la nostalgia es la misma se tenga que aprender el idioma que se tenga que aprender.

     Exportaba la España Triunfal de Franco mano de obra barata, además de la idea de un lugar privilegiado para venir a hacer turismo, todo eso del Sol de España, los toros, el flamenco, la paella y las playas si no paradisíacas, si baratas y al alcance del europeo medio.

     Hoy, lamentablemente también tenemos emigración hacia las frías tierras centro europeas; pero ya no se trata de mano de obra barata, sino que lo que exportamos ahora son profesionales sanitarias altamente cualificados, músicos suficientemente preparados y gente, educada en universidades públicas españolas que son recibidos con los brazos abiertos en hospitales de referencia de Viena, pongo por caso. Allí, en esa ciudad la hija de unos amigos se desempeña como neuróloga a plena satisfacción de sus contratadores y para lamento de sus padres, que después de haber invertido en la educación de su hija, como es lógico, hubiesen deseado que Lucia, aliviase de sus males a andaluces y no a vieneses. Recalco que su hija se educó en centros y universidades públicas, que hizo prácticas en hospitales públicos andaluces y que si quienes han recortado las partidas en sanidad no lo hubiesen hecho, podría seguir en un hospital andaluz y no en uno cuyo nombre no sería capaz de pronunciar sin dar antes un curso acelerado.

     Afortunadamente para mis amigos y para su hija, ésta participó en un trabajo de investigación del departamento de neurología del hospital en el que hizo prácticas, y presentó el trabajo a una beca de investigación. Le han concedido la beca con lo cual regresar por unos meses a Andalucía para investigar en, aquí cito a mis amigos “va a investigar la relación de los neuroconductores cerebrales en la formación de neoplasias”, lo cual dicho más sencillamente es que van a intentar una vía para curar cánceres cerebrales. De seis meses a un año, cobrando 600 euros, pero me consta que la hija de mis amigos lo haría gratis. Y que si hubiese quien aportase más ayuda económica a ese proyecto tanto mejor para Lucía, sus padres y la medicina andaluza, en general, apelo en este caso a Jesús Aguirre, nuevo consejero de Sanidad y Familia para que intente ayudar en lo posible, por mucho que su respuesta la tengo clara “En tres palabras: No hay dinero”.
    Del tal Jesús ya tendré tiempo de acordarme cuando su amistad con las farmacéuticas haga que tenga que pagar más caras mis medicinas. De lo que ahora se trata es de dejar constancia, una vez más de que la enseñanza pública andaluza y los demostradísimos hospitales andaluces han dado como fruto a gente como Lucía y todos los muchos profesionales sanitarios españoles que ahora mismo y hasta que regresen comparten trabajo y desvelos mirando por la salud de los vieneses y otros ciudadanos europeos.

     De momento a Lucia sus jefes ya le han dicho que, cuando quieras, vente a Viena Lucía, que aquí tienes tu consultorio esperándote. Y a mí, como andaluz y como amigo de la familia, por una parte, me llena de orgullo y por otra de una cierta indignación de que no seamos capaces de mantener aquí a gente joven pero suficientemente preparada, mientras deidificamos a gentes impulsoras de pelotas, ya sea con los pies ya con una raqueta o con las manos. Que no desvarió, que yo sé lo que me digo.



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