Educación permanente revisable

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    Leo esto en Facebook y me digo que ya tengo ‘Mirada’.


     Y es que no puedo estar más de acuerdo con el postulado de que la educación y la cultura no se tienen de una vez, igual que pasa con el amor, que según un psiquiatra muy antiguo y muy franquista “como el pan, hay que comprarlo todos los días”. Siempre, incluso en los más áridos desiertos del pensamiento nacional católico, es posible encontrar una brizna de verdor.

     Necesitamos educación desde que en la niñez nos enseñan a controlar los esfínteres, hasta en la edad adulta, y más que adulta en la que somos incapaces de controlar lo que decimos. Se trata de algo tan simple como no hacer caso a las tripas de inmediato y opinar lo primero que salga del teclado, o de la boca, sin pasarlo previamente por el filtro del cerebro y el raciocinio. Yo, como no, también he sentido estos días el furor homicida, la rabia asesina. Soy humano.

     Pero también sé que no soy ni juez instructor, ni juez juzgador, ni juez de vigilancia penitenciaria, y, de serlo, tendría que aplicar las leyes vigentes en el Código Penal español. Por eso no me pronuncio sobre temas que andan en el aire como la prisión permanente revisable, ni la pena de muerte. Simplemente creo que no estoy preparado para hacerlo por faltarme lo fundamental: Los conocimientos jurídicos. Puedo, eso si, opinar. Pero mi opinión carece de valor alguno, puesto que es la de alguien cuyos conocimientos de la ley y su aplicación ni pasan de los de un antiguo Juez de Paz. Me declaro, pues, incompetente en la materia a juzgar.

     Puedo, eso sí, opinar sobre la educación permanente revisable, e incluso iría más lejos y la haría perpetua. Es deseable que los profesionales de cualquier tipo estén siempre en continuo proceso de aprendizaje de conocimientos y técnicas nuevas que aplicar a su profesión. De igual modo los profanos en toda materia podemos también esta perpetuamente asombrados ante el misterio de la vida y sacar un rato cada día para intentar aprender algo nuevo o profundizar en saberes antiguos. La misma máquina que nos permite barbarizar, sobre todo, y sobre nada, nos permite por igual acceder a libros, informaciones, estudios y opiniones razonadas sobre casi cualquier tema que el curioso internauta pueda soñar. No todas las informaciones son necesariamente fiables, pero pueden ser fácilmente contrastadas.

     Y, sobre todo, nosotros los hombres, tenemos la asignatura pendiente de aprender a reconocer que las mujeres no son objeto de placer, cuerpos a nuestra disposición, a menos que ellas mismas lo digan claramente. Que pueden ser compañeras de trabajo, de estudio, de juergas, de la vida; pero que eso no implica que deban acceder a satisfacer nuestros deseos. Propongo el experimento mental de que el lector hombre piense que todas las mujeres con las que se cruza en la calle en un día normal le propusieran tener relaciones. Todas. A mí la verdad es que no me apetecería. Pues exactamente a ellas les pasa lo mismo. Esta es una materia, la de la verdadera educación sexual, que no es donde hay que meter el pene, si no cuando hay que hacerlo, en la que cabe mucho estudio y reflexión.

     Educarse, aprender, preparase, no para ganarse la vida, no sólo para ganarse la vida, si no para disfrutar de la vida y todo cuanto ofrece. Y sobre todo, para entender que ellas, todas ellas, también tienen el derecho a disfrutar de esa vida sin miedo, sin dar explicaciones a nadie sobre ningún aspecto de su vida. Esa lección tal vez sea la que más pueda hacer por conseguir una sociedad en la que todos, y todas, puedan disfrutar de todo la que la vida ofrece.

     Para las que ya no están ofrezcamos respeto a su memoria, dejemos que quienes deben hacer su trabajo lo hagan y si no se está de acuerdo con el fallo judicial, recurrámoslo. Todo lo demás son ganas de hablar por hablar y calentar el ambiente, no sé muy bien para qué. O no quiero saberlo.


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