¡Se callen, coño!

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    Pasamos los españoles por ser gente ruidosa en exceso, y basta entrar en un bar algo concurrido para ganarnos la fama holgadamente.

     Soy de los que consideran que el silencio es una necesidad en algunos momentos de la vida, como el de conciliar el sueño o rumiar una desilusión política o desengaño amoroso, situaciones en las cuales la soledad, el silencio y el sosiego mitigan el pesar y ayudan a reflexionar sobre lo divino y lo humano, sobre al amor y la política, que tanto se parecen dado el apasionamiento que muchos le ponen a lo que en definitiva no es otra cosa que elegir los gestores de la cosa pública. Que tiene su importancia, pero no como para justificar visceralidades más propias de homínidos no humanos.

     Aires respirables, espacios limpios de humo, polvo y paja y silenciosos deberían ser obligatorios en toda ciudad; lugares en los que sólo el ladrido de algún perro, la risa de los niños y el murmuro de los viejos comentando sus cuitas viniesen a turbar la paz de quien en ellos buscase amparo ante el diluvio de wasaps, llamadas, vociferaciones, altavoces que disparan ráfagas raguetoneras y otras contaminaciones acústicas que hacen la vida un poco más difícil de lo que ya es de suyo, sobre todo para quienes ni siquiera cuentan con esos 900 euros que dicen que va a ser el salario mínimo y que tanto enojan a quienes lo tienen maximizado al máximo, valga la redundancia. Como parecen enojar a quienes desde fuera de Andalucía vienen a gritarnos, es un decir, que aquí somos vagos, corruptos y nos entregamos a la molicie de estar todo el día en el bar con el dinero del PER, que tan generosamente conceden los socialistas gobernantes para tenernos callados.

     Y más que lo van a decir a partir de ahora que ha comenzado la campaña electoral en Andalucía y vienen hacia aquí toda la tropa de políticos de ámbito estatal a acompañar a sus candidatos en ese viaje hacia el Palacio de San Telmo del que quieren desalojar a los actuales ocupantes, por aquello de que después de tantos años seguidos, podían tomarse un respiro y dejarnos mandar a nosotros. Me temo que a partir de ahora es cuando el ruido electoral va a quitarnos el poco sosiego y silencio que nos va quedando a los andaluces. Evidentemente exagero, toda vez que siempre, especialmente a los pueblerinos como yo, nos queda el recurso de calzarnos las deportivas y echarnos al campo a andar, que no al monte, a andar ejercitando, las piernas y gozando del silencio que todavía suele haber en los campos, y carreteras secundarías andaluzas de esa “España vacía”.

     Pero después de esa hora hora y media dedicados al paseo salutífero y sosegante, hay que regresar a la vida cotidiana en la cual la ausencia de calma, con los gobiernos y oposiciones que tenemos es inevitable, agreden al sufrido español de a pie, que con el deseo de librarse del exceso de adrenalina, que yo creo que es la responsable de la mala leche, vocifera y berrea en bares, redes sociales y mentideros sus más imaginativas soluciones para cualquier problema del que se esté hablando en ese momento.

     ¿Y tú que haces, me dirá el lector? Pues yo opino modestamente y en poquísimas ocasiones me permito dar soluciones simples a problemas complejos. Eliminar a todos los políticos que sobran, no es una solución si no que sería empeorar el problema, toda vez que quien ocupase los cargos liberados de esa forma lo haría de forma no electa y, por tanto, sin control alguno de la ciudadanía. Que ya sé que no es la primera vez que lo digo.

     No creo que mi humildísima aportación al ruido nacional empeore la situación demasiado, y por una vez si que me voy a permitir aconsejar pensar más con los pies, es decir, salir a darse una caminata por el campo, antes de decir o escribir según qué cosas en las redes sociales o en la barra del bar en la que hay quien quiere disfrutar de un tranquilo aperitivo sin que medien discursos políticos de por medio. Olvidaba que estamos en campaña electoral.


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