En memoria de Adolfo Rivera Molina

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    Siempre ese inevitable último viaje a un incierto destino nos sorprende demasiado pronto. No es una cuestión de edad, porque no hay edad en la que sea imposible vivir y gozar de ello.

    Nunca es buen momento para dejar este mundo

     No voy a fingir que te conocía bien, porque sería faltar a la verdad, conocía, conozco, eso sí, a tus padres y a tus tíos. Pero es que no es necesario ese conocimiento paras sentir tu muerte, como la ha sentido toda Alhama entera, porque para ello sólo es necesario caer en la cuenta de que a fin de cuentas todos somos hermanos, incluso sin la necesidad de un padre común, creo que todos los humanos somos hermanos.

     Pero es que además no necesito imaginar lo que ahora mismo sienten tus padres, tus hermanas, tu viuda, tus amigos más íntimos y cercanos porque también yo he experimentado pérdidas de seres queridísimos para mí, de una de ellas, la de mi hermano Juan, aún andamos recobrándonos en mi familia, a pesar de los diecinueve años que han pasado ya. No duele tanto cómo al principio, pero aún duele y espero que siga doliendo siempre.

     Pero ¿sabes Adolfo?, me ha bastado ver la reacción de todo nuestro pueblo ante tu desgracia para darme cuenta de que debías ser una gran persona, alguien que deja esa huella entre sus conocidos tiene que ser una gran persona, de esas que hacen el mundo un poco mejor simplemente por el hecho de estar, o de haber estado en él. En otras circunstancias no dudo de que nos hubiésemos conocido y nos hubiésemos llevado bien. Pero tu actividad centrada en el deporte del pádel hizo que nuestros caminos no coincidiesen, dado que la única actividad física que llevo a cabo es andar a buen paso. Pero ya digo, que eso no importa porque a través de la gente que te conoció y te quiere puedo tener una cabal visión de ti como un joven de su tiempo, sano, sano en todos los sentidos, capaz de dar lo mejor de sí mismo en su actividad profesional y en sus aficiones. Tampoco he de negar que una de las fotos en la que apareces publicada en una res social, en la que estás junto a la gente del “Lucero”, y la gran sonrisa que en ella tienes, me hizo acabar de comprender que me hubiera gustado conocerte mejor y haber podido llamarte amigo.

     Esa es la razón de que me dirija a ti, aun casi a sabiendas de que no vas a leer esta mirada, y no a tu familia ni amigos, porque a ellos nada de lo que diga, nada de lo que escriba puede llevarles ningún consuelo o alivio ante el inmenso dolor del hijo, del hermano, del marido, del amigo, del ser querido que ha sido arrebatado de forma repentina. Si es que hay alguna muerte que no lo sea.

     Dejas, Adolfo, en la gente que tuvo la suerte de conocerte y tratarte, recuerdos que ahora mismo duelen, pero que en algún momento serán evocados incluso con una sonrisa, tal vez una sonrisa un tanto triste o melancólica. Pero el dolor que ahora mismo parece insoportable irá siendo menos intenso.

     A los deudos no les aconsejo ni ánimo, ni fuerza ni resignación. Ahora, en este momento es preciso llorar hasta agotar las lágrimas, sentir el dolor y pasar el duelo.

     En momentos como este es cuando echo de menos el consuelo de la fe en un ser supremo y una vida después de esta, como lo eché a faltar hace diecinueve años. Pero uno es como es, y como las circunstancias lo hacen, y no puede ser de otra manera.

    Descansa en Paz. (Su lugar en AUSENCIAS)


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