Carta a la hija que nunca tuve

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    Afortunadamente, dada mi mala cabeza, no he tenido descendencia, lo que ha sido una suerte, no tanto para mí, como para ti.


     Lo primero que te digo es que no te tomes demasiado en serio eso de que hay que estudiar para prepararte para el futuro. El futuro no se sabe cómo es hasta casi cuando ya es pasado, con lo cual ahora que tienes la edad que yo tenía a tu edad, ni tú, no tus maestros y maestras ni nadie en general pude tener la más mínima idea de cómo vendrá eso que llamamos futuro. Estudia y prepárate eso sí para saber reconocer de lejos a los hijos de puta, porque de eso casi que tengo la certeza de que en el futuro los habrá como los hay ahora. Me refiero a ese tipo de gente que te dicen como tienes que vivir, como tienes que pensar, lo que tienes que comer y, en general, se entremeten en tu vida, casi hasta en tus sueños. Estudia y prepárate para poder decirles alto y claro que tu vida es tuya y vas a vivirla como más te acomode, disfrutando de todo lo disfrutable, eso sí, sin causar daño a nadie, en la medida de lo posible y a sabiendas.

     Espero que cuando tengas edad de discernir lo que quieres hacer con tu vida, sea lo que sea, haya alcanzado esta sociedad que ahora estamos haciendo, la suficiente madurez para aceptar que una mujer es absolutamente responsable de su vida y que a nadie tiene que dar cuentas sobre su forma de vestir, sus horarios de salida o entrada, ni de ningún otro detalle, más allá de los que ella quiera.

     Sí te pido, como gracia personal o favor, que vivas de acuerdo al principio de no hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti y que procures, en la medida de lo posible, ser cortés, empática y agradable con todos los seres vivos que se crucen en tu camino y lo merezcan. A los que no lo merezcan no los dignifiques ni con tu desprecio. Ignóralos, simplemente ignóralos.

     Por lo demás ahí, frente a ti, está la vida, tu vida, que vendrá llena de cosas buenas y malas, de placeres y displaceres, de obligaciones ineludibles y apetencias irrenunciables. No hay forma humana posible de aceptar sólo la parte buena del lote, es todo o nada. Pero desde el punto de observación que me da la edad para ser tu padre o casi tu abuelo, puedo decirte que vale la pena intentarlo, vale la pena jugar a este juego en el cual tenemos muy escaso margen para fijar las reglas. Aquí, y la frase no es mía, las cartas te las dan y a ti te tocará jugar con ellas.

     Vive pues, pero no deprisa, lo de ser un bonito cadáver es una idiotez supina, vive con la curiosidad puesta en el futuro, a ver qué es lo que trae. Seguramente te sorprenderá.

     No se cuál es el sentido de la vida, ni siquiera si tiene sentido alguno, intuyo que aprenderlo forma parte de las enseñanzas no regladas, intuyo que encontrar el sentido a tu vida, tu sentido a tu vida es algo que depende de ti. Por mi parte sé decirte que creo más en el sentido lúdico de la vida que en el laboral. No creo que estemos aquí para ser el mejor abogado, periodista, médico, cantero o barrendero, si no para vivir lo más intensamente posible, gracias al dinero ganado con esos menesteres. De nada te va a valer, hija mía, ser la mejor en el trabajo que elijas, si, además ese trabajo no te compensa de alguna manera distinta al salario. De nada te va a servir, si además no eres, eso que se llama una buena persona, fíjate que digo una buena persona, porque lo de ser una buena mujer, tiene otras connotaciones. Haz el bien siempre que puedas a quien puedas, pero, sobre todo, háztelo a ti misma, alejándote de cualquiera que pretenda que puede disponer de tu vida a su antojo. Sólo quien te pague por tu trabajo podrá disponer de tu tiempo laboral, y eso, según lo estipulen las leyes laborales que rijan en tu tiempo, que espero por tu bien y el de todos tus coetáneos, que sean mucho mejores que las que ahora sufrimos, aunque parece ser que no por mucho tiempo. A nosotros nos ha sorprendido el futuro con algo que hace una semana escasa ni nos imaginábamos, aún es pronto para saber si se trata de un regalo o de otra maldición.

     Y muy poco más me queda por decirte. Vive, ama, pero no con ese amor romántico que tanto daño hace, lucha, pon tu parte en la lucha por dejar un mundo mejor para tus descendientes y, recuerda sobre todo intentar ser un poco feliz, algún rato del día. Pero tampoco te impongas la búsqueda de la felicidad como sentido absoluto de la vida.



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