Yo no quiero ser Joe DiMaggio

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    Pero tampoco Arthur Miller, por supuesto.


     Nace la idea de esta mirada tras disfrutar del monólogo al que asistimos el pasado martes seis de marzo, que me hizo reflexionar que los dos maridos más conocidos de Marilyn, aunque profundamente distintos, en realidad no lo eran tanto a la hora de abordar sus relaciones con la actriz protagonista de La tentación vive arriba. Un deportista y un intelectual, los dos lados de ese sueño americano en el que cada cual puede llegar a donde quiera llegar.

     Y, sin embargo, algo de ese sueño debió de fallar para que tanto uno como otro, el deportista y el intelectual la maltrataran, de obra el primero y de palabra el segundo y con una crueldad bastante manifiesta. Creo que lo que pasó fue que para los dos pesaba más el pensar de los demás, la opinión pública, el qué dirán, en definitiva, que sus propias opiniones. El deportista, ejemplo del chico sano americano, no podía soportar los celos que sentía y el intelectual no podía soportar, a pesar de ser simpatizante comunista, que Norma Jeane no fuese otra cosa que una sencilla chica de la clase trabajadora, vestida con el glamour de Marilyn. Pesaba sobre ambos la opinión ajena y el ser incapaces de resistirse a la misma. Creo.

     Por eso tengo perfectamente claro que no quiero ser ni Joe DiMaggio ni Arthur Miller, ni ninguno de esos mitos hipermasculinizados que nos venden la literatura, y el cine: Desde ese Jonh Wayne, que en bastantes de sus películas azota en el culo a su pareja, a ese Conan el Bárbaro supermineralizado y vitaminado, pasando por ese Grey guapo, sexi, millonario y seductor afecto, también, a la disciplina. Siga usted con la nómina de tiarrones a los que no queremos imitar los simples mortales, hombres de a pie sin otra pretensión que compartir la vida, el trabajo, y todo lo compartible, con nuestras compañeras en plena igualdad.

     Me niego, no sólo por el machismo más que insultante de esos arquetipos, sino por el hecho de que acatar esas conductas y ejemplos obliga a un esfuerzo fatigoso: el de posar continuamente, sacando pecho, metiendo barriga, ocultando sentimientos poco viriles (ternura, sensibilidad, empatía) e intentando ser depredador de cuanta “hembra”, se ponga a tiro. Ejercicio que a cualquier edad resulta lamentable y patético, como poco y que no pocas veces acaba en delictivo.

     Es decir, que el machismo que ciertamente existe en nuestra sociedad no sólo lo sufren las mujeres, sino también los hombres que nos vemos obligados a ser competitivos en el trabajo, en la vida, e incluso en las relaciones de amistad para ver quien tiene más éxito laboral, sexual y personal. Particularmente hace tiempo que decidí retirarme de esa competición demasiado cansada y que, a fin de cuentas, aparte de satisfacer el ego y la vanidad pocos más premios ofrece.

     Hombre soy, pero de eso no saco la conclusión de que me asista el derecho a juzgarme superior ni a las mujeres ni al resto de los hombres. Todos nacemos distintos, pero todos con el derecho a desarrollar todas nuestras potencialidades y a vivir el tipo de vida que deseamos. Que la carrera sea igual para todos, eliminado obstáculos para todos, allanando caminos y ayudando a quien lo precise es deber de los poderes públicos. Lamentablemente estos mismos poderes ponen trabas añadidas a quienes ya de por si lo tienen complicado de salida.

     Quiero vivir igual y libre entre libres e iguales y, como constato que esta sociedad que hemos construido los hombres, está muy lejos de haber logrado esa plena igualdad real, decididamente yo no quiero ser Joe DiMaggio, ni Arthur Miller, ni nadie que colabore activa o pasivamente a que prosiga una sociedad en la cual la mitad de la misma, esto es, las mujeres, en su lucha por llegar a ser lo que quieran o vivir como quieran tienen obstáculos e impedimentos que la otra mitad desconoce. A no ser que además de pertenecer a esa mitad te apellides Botín o Koplowitz, lo cual no suele ser lo más frecuente.

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