Semana inglesa

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    Supongo que los lectores que ronden mi edad, o la sobrepasen, recordarán cuando había que ir al colegio los sábados.

     Yo al menos, recuerdo el viernes en el cual el profesor nos avisó de que “mañana no hay clase y ya no se viene más los sábados”. Naturalmente dudo mucho de que fuesen esas sus palabras exactas, pero para el caso es lo mismo. Creo que fue estando en segundo de EGB cuando los escolares españoles nos incorporemos a la semana inglesa, aquella en la que se trabajan cinco días, se supone que ocho horas diarias, para completar las cuarenta horas que establece el Estatuto de los Trabajadores, lo que no estoy muy seguro es de que se respete el Estatuto, pero casi estoy por asegurar que las más de las veces, no.

     Me vienen estos recuerdos y reflexiones al hilo del día semanal en que escribo y público, viernes, el más deseado y festejado de la semana por ser aquel en el cual, quien más quien menos, cumple la jornada laboral y comienza la de ocio. Y, como en tantas otras cosas, quienes ahora gozamos de la semana de cuarenta horas y otras ventajas laborales pocas veces recordamos que es no por designio bondadoso de los empresarios, si no por legislación laboral obtenida tras las luchas obreras necesarias y las negociaciones emprendidas entre patronal y sindicatos de clase. El hecho de que en los últimos tiempos los derechos están en retroceso es innegable, pero de eso tenemos la culpa nosotros, entendiendo por nosotros a todos los que en la actualidad votamos lo que votamos y a quien votamos.

     Casi todas las cosas que conforman el estado del bienestar han sido producto de lucha, esfuerzo, y a veces hasta sangre, de aquellos que nos legaron una democracia, imperfecta, no lo dudo, pero consolidada, unos derechos laborales y sociales, como la ley de dependencia, o el derecho de los homosexuales al matrimonio y casi todo el retroceso en esa materias proviene de que ahora nosotros queremos hacer la revolución por internet, vía redes sociales y tenemos una gran capacidad para criticar a los políticos, que no digo que no lo merezcan, ojo, para despotricar de lo mal que se hizo la transición y para reclamar en bares y redes sociales el “todo gratis, aquí, ahora y sin esfuerzo de mi persona”. Argumento que, despojado del matiz un tanto guiñolesco y exagerado que le he dado, seguramente todos hemos escuchado más de una vez.

     No seré yo quien reniegue de la lucha por mejorar la vida de los trabajadores, y si los funcionarios de la Junta de Andalucía pueden acreditar las horas de meditación zen, ejercicios espirituales o estudio de manuales de auto ayuda, para completar la jornada, tal vez algún día nuestros herederos puedan disfrutar, también de ese beneficio laboral. Del mismo modo que la semana inglesa que ahora está aquí mismo y el lector que esto lea seguramente la está disfrutando ya, en su tiempo fue una propuesta inadmisible para los empleadores y hoy es una realidad.

     Pero insisto en que, sin personas como Marcelino Camacho o Nicolás Redondo, por ejemplo, no se hubieran obtenido las mejoras que ahora disfrutan los trabajadores. Del mismo modo con personas como Mariano Rajoy que preguntado por la equipación salarial entre hombres y mujeres contestó: “No nos vamos a meter en esto” o como Celia Villalobos que piensa que los pensionistas están más tiempo cobrando la pensión que trabajando, con este tipo de gente en el gobierno, usando una expresión muy del gusto del presidente de gobierno “no vamos a llegar a lugar alguno”. No al menos en ningún lugar en el que queramos estar buena parte de los españoles que debemos soportar estoicamente el voto de la otra parte que parece estar conforme con desmantelar todo lo que se ha venido haciendo en materia de derechos, libertades y estado de bienestar en los años transcurridos desde el quince de junio de 1977 hasta ahora.

    Feliz fin de semana.

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