Las fotos que borramos

Hace unas semanas borré un montón de fotos del móvil.

 No era mi intención, pero si quería seguir guardando momentos intrascendentes de mi vida, que luego seguiré borrando, tenía que encender la lumbre digital y hacer lo que La Mosca Tse-Tse con las cartas y las fotos, romperlas y quemarlas, ‘Para no verte más’. Las he borrado todas hasta arrepentirme, y he vuelto a mentir, que es el primer paso para empezar de nuevo a decir la verdad. 
 
 Unos días más tarde fui a Madrid y entré a una exposición de Trevor Paglen llamada Imaginarios Sintéticos, en la entrada se leía: “¡Contemplad estos tiempos gloriosos!”. Paglen presenta una obra llena de imágenes, cientos de miles, que sirven de entrenamiento y aprendizaje para la Inteligencia Artificial. Al principio fue como visitar una planta de reciclaje de lo que, tal vez, un día miles de personas fotografiaron con su móvil y después borraron.
 
 Lo que llamó mi atención no fue cómo entrena la Inteligencia Artificial, lo que llamó mi atención fue que apareció una imagen que yo había borrado unas semanas antes. Se me paró el corazón, tanto que a pesar de que la reproducción de este banco de imágenes duraba más de diez minutos y que todo era inconexo, esperé para ver de nuevo la secuencia. Lo que vi no fue un espejismo, era la foto que borré, la misma cara, el mismo gesto, la misma boca, el mismo todo. 

 Sentí pánico, hasta el punto que al salir de la exposición pedí explicaciones a la chica de seguridad que había en la puerta. Pensó que estaba loco o que tenía déficit de atención, me pidió que me quejara donde correspondía y se me ocurrió buscar el correo electrónico de Julia Kaganskiy que es la comisaria de la exposición de Paglen. 
 
 Con el paso de las horas se me bajó el calentón. De la indignación pasé a la relativización, luego no encontré ningún motivo para indignarme y finalmente lo olvidé con el gol de Brahim al Leipzig. A la mañana siguiente retomé la tarea, busqué el correo de Kaganskiy pero no lo encontré y como no tenía nada que hacer fui a otra exposición. Era la mejor forma de comprobar si las cosas que creí borradas en mi vida se me volvían a aparecer. Al principio nada me hacía sospechar, el artista se llamaba Apichatpong Weerasethakul, pero todo volvió a parecerse a lo del día anterior, porque a ese chico también le gustaba jugar con fuego, quemar fotos como La Mosca Tse-Tse y poner el mismo recuerdo, en el mismo momento, pero en sitios diferentes. Nunca le escribí a Kaganskiy, pero desde entonces me pregunto, ¿dónde van las fotos que borramos?