Frasquito ‘El Gato’: La parada de sementales

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     Aunque analfabeto como casi todos los de su generación, fue Frasquito hombre emprendedor especialmente en ganadería. Amaba toda clase de cuadrúpedos y no había feria en la comarca a la que él no asistiera.


     Compraba, vendía, cambiaba, asesoraba, discutía, y rompía o enmendaba tratos. Entre los entendidos, era Frasquito un referente y a él acudían los que lo eran menos para evitar que los engañasen. Porque, encima, Frasquito era formal. Nunca se aprovechó de la ignorancia ajena para su lucro personal, aconsejaba al que se lo pedía, y, tratándose de amigos, él mismo les gestionaba el trato.

     Con sólo un burro y un caballo, decidió Frasquito poner una parada de sementales; para Santeña y alrededores no hacía falta más. Utilizaba unas técnicas muy originales, nada científicas tal vez, pero resultado todas ellas de un contacto largo y directo con bichos de todo pelo. Una de las más utilizadas era la de la lata de orines. Lo habitual era encerrar en el mismo corral al semental y a su pareja y esperar a que el semental se hallara en paraje de cubrir; pero este procedimiento no siempre funcionaba, y, a veces, había que esperar medio o un día entero. Para reducir el tiempo de espera, Frasquito colocaba delante del semental una lata con orines de burra o yegua. No fallaba. Al olerlos, en cosa de segundos, el macho desenvainaba y quedaba listo para el ataque. Otra fórmula utilizada era regalar al garañón con dos celemines de habas como aperitivo antes del apareamiento, con resultado igualmente satisfactorio.

    Un día, procedente del cortijo Capacha, se presentó Juan Chirola con su yegua. Entró por el Carril y, cuando llegó a las Cuatro Esquinas, se fue para el posadero que, en ese momento, estaba en la puerta.
    ––“Buenos días, Antonio”.
    ––“Buenos días tenga osté ¿Qué le trae por el pueblo?”
    ––“Venía en busca de Frasquito El Gato. ¿Lo ha visto osté por casoliá?”
    ––“Pues no. Hoy no lo he visto. Pero, aguarde...”
    En ese momento, asomaba Frasquito por el fondo de la calle con la yegua cogida del ronzal y un cubo con agua en la otra mano, que subía del río adonde había ido a dar de beber al animal.
    ––“... Por ahí viene”. Y señaló hacia él.
    ––“Gracias. Ya lo esperaré aquí”.

     Llegó Frasquito a la puerta de la posada y, antes de que Chirola pudiera dirigirse a él, el posadero le dijo:
    ––“Frasquito, aquí preguntan por osté”.
    Al ver a Chirola, se dirigió Frasquito a él y, con aquella voz tosca y rajada tan suya, le dijo:
    ––“¿Qué te s’ofrece?”
    ––“Hola, Frasquito. Pues quería echar la yegua al burro”.
    A lo que contestó Frasquito con cierto tono de resentimiento:
    ––“Ya sé qu’has ío a otras paradas. Sé qu’has estao en Pedregales, en Barbero y en Los Revuelos, pero al final, como tos: en busca de Frasquito El Gato”.
    Juan Chirola aguantó el rapapolvo y se justificó diciendo que las otras paradas estaban más cerca de su cortijo, pero que las cubriciones en aquellas paradas habían resultado ‘estériles’.
    Frasquito, nada rencoroso, cambió inmediatamente de tono y le dijo:
    ––“Espera un momento, que voy a mi casa a dejar la yegua y el cubo y en seguía estoy aquí”.

     Bajó rápidamente y se fueron al corral de la casa de un hijo suyo que era donde estaba el semental. Los niños, que, como moscas, pululaban por todas partes siempre al acecho de novedades, entraron en el lugar de autos, pero Frasquito los echó fuera argumentando que aquello era cosa de mayores, y cerró la puerta. Luego puso la lata de orines de burra delante del borrico y, en cosa de minutos, se puso el burro en paraje. Pero antes de iniciar la sesión, se acercó Frasquito a Chirola para hacerle una advertencia de cuyo cumplimiento -le dijo- dependía el éxito de la operación: la yegua tenía que estar lo más quieta posible para evitar que, al montarla el borrico, el miembro se desviara de su destino, ya que, en caso contrario, el semen caería fuera y todo el trabajo se iría al carajo. Chirola escuchó atentamente y le aseguró que la yegua sería un clavo. Y empezó la sesión.

     Pero como en toda obra humana siempre ha de haber algo que obligue a quejarse, aquí también lo hubo. Y fue que, al encaramarse el burro sobre las nalgas de la yegua para aparearse, aprisionada ésta por el perrillo de la jáquima y el peso del semental, desplazó la grupa cosa de una cuarta, lo suficiente para que el enhiesto estaquillón del semental no encontrase su vaina y, al eyacular, fuese el preciado líquido a estrellarse contra el sombrero y la cara de Frasquito el cual, al ver lo que ocurría, se había metido a todo correr entre los dos cuadrúpedos en un intento de corregir la trayectoria del vástago.
    Con el humor que cabe suponer y acompañandose de un cúmulo de despropósitos, -habituales, por lo demás, en su jerga-, lamentó Frasquito el incidente. Pero, una vez amainada la borrasca, se dirigió a Chirola, que capeaba el temporal con el silencio más absoluto, y le dijo:
    ––“No te preocupes, que tu yegua hoy, de aquí, sale preñá. Lo que no te puedo decir es cuándo; pero ésa no se va de vacío. Ahora mismo le voy a echar al pobre burro dos celemines de habas y, en cuanto se las coma, estará listo para el segundo asalto. Y esta vez yo te aseguro que la tranca no se queda fuera”.

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    ...fuese el preciado líquido a estrellarse contra el sombrero y la cara de Frasquito.

     En efecto, cuando el animal acabó el afrodisíaco pienso, otra vez tuvo la lanza en ristre y las mandíbulas desencajadas rebuznando de deseo. A una voz de Frasquito, Chirola sujetó la yegua, el burro se encaramó, Frasquito cogió la pieza con las dos manos y, con una precisión milimétrica, la dirigió a su destino. La cubrición se había realizado en toda regla y Chirola dijo a Frasquito:
    ––“Bueno, Frasquito, me marcho, que quiero ir a sacar unas avenas que tengo en el trigo”.
    Entonces Frasquito, muy afectuoso, le dio un par de palmadas en la espalda y, con cierto aire de victoria, le dijo:
    ––“¡Vaya muleja que te llevas!”
    Chirola se extrañó de tanta seguridad y le contestó:
    ––“Eso, hasta San Juan no se sabe”. Entonces Frasquito le replicó:
    ––“Eso está sabío. ¿No has oío el par de peos que se le han escapao al burro?”

     Con este dato, irrefutable según Frasquito, quedaba claro que la yegua se iba preñada. Luego, señalando al borrico con orgullo, volvió a decirle a Chirola:
    ––“Vaya muleja que le ha emparejado”.


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    Artículo escrito por Antonio Robles Ordóñez.
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    Relación de 'Memorias' publicadas.

      Autor: Antonio Robles Ordóñez es natural de Santa Cruz del Comercio (Granada). Es licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Paris (Institut Catholique) y diplomado en Langue et Littérature Françaises por la Universidad Civil de Paris; es diplomado en Teología por la Facultad de Teología de Granada y licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Granada. Ha cursado estudios de piano, armonía y canto en los conservatorios superiores de Granada y Córdoba así como Ritmo y Modalidad Gregorianas en la Escuela Superior de Música Sagrada de Madrid. Ha dedicado su vida profesional a la Enseñanza Media como Catedrático de Instituto, y su tiempo libre a escribir, a la música y al teatro. Ha publicado Memorias de Santeña (2009) -que va por su segunda edición-, y Diez obras dramáticas (2012). Alguna de estas obras ha sido representada con notable éxito de público y crítica. Su afición por el teatro le viene de sus años de estudiante, afición que ha cultivado realizando diversos cursos de arte dramático, y que ha tratado de impulsar en los centros docentes por donde ha pasado. En la actualidad dirige la Compañía de teatro clásico Mira de Amescua en Granada, y la Agrupación Teatral Santeña, esta última vinculada a su localidad natal.  
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