Foráneos de paso por santeña: ‘Saltatrenes’

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     Un carpintero de la localidad tuvo la desgracia de ver cómo un incendio arrasaba su taller levantado a fuerza de trabajo y de préstamos.


     Al primer grito de ¡fuego! la población entera se echó a la calle, corrió a la carpintería con cubos y cántaros y formó una cadena que, desde el río hasta el lugar del siniestro, llevaba el agua salvífica. Algo, aunque poco, se pudo rescatar del fuego y el carpintero continuó su marcha para responder a las necesidades de su familia y a los apremios de los pagarés.

     Con el mencionado carpintero trabajaba un hombre venido también de Loja y cuyo nombre nadie recuerda pero sí el apodo: Saltatrenes. Era Saltatrenes ebanista de profesión según él mismo confesaba y demostraba enseñando a cuantos sabían leer la larga relación de trabajos realizados para casas ‘de prestigio’; pero también estaba hecho un garlopa trotamundos y seguro que por esta circunstancia vino a dar con sus huesos en Santeña. Como nada -dicenenseña tanto como viajar y ver mundo, Saltatrenes era una persona culta e ilustrada aunque arrastraba, al parecer, cierto drama oculto relacionado con su apodo y sobre el que todos fabulaban, pero él sólo conocía. Era nuestro forastero muy desigual en su trabajo, pasando de jornadas de catorce y hasta dieciséis horas a días enteros y seguidos de completa inactividad. Coincidían estos altos de ‘desquite’ con las fechas de la paga; mientras le quedaba un céntimo en el bolsillo, veíasele recorrer las cuatro tabernas del pueblo, saliendo de cada una de ellas más encorvado y estropajoso que de la anterior hasta caer en medio de la calle, con el cigarrillo chamuscado y vacío en la boca, el mechero en una mano y la botella en la otra, rendido por el alcohol. Este estado, que en un principio fue ocasional, llegó pronto a ser corriente pues decía Saltatrenes que, trabajara mucho o poco, su amo siempre le pagaba lo mismo, es decir un plato de comida y pare usted de contar. A causa de esto, nuestro experto ebanista se pasaba gran parte del día en las tabernas contando aventuras propias, reales unas y trolas las más, dando lecciones magistrales sobre el mantenimiento y conservación de los muebles de maderas nobles y hasta de ornitología se atrevía a hablar pues decía haber trabajado para un afamado ornitólogo que le reveló todos los secretos del variado y misterioso canto de los pájaros. Todo esto lo hacía no para alardear de sus amplios conocimientos sino para conseguir alguna que otra invitación gratis ya que no tenía con qué pagársela. En una de estas referidas ocasiones entró en la taberna el fragüero de la localidad, un tipo desdentado, flaco, tostado y algo contrahecho de cintura para arriba, lojeño como él.

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    Recibida al cantidad, la anotaba cuidadosamente en una libretilla.

    Se dirigió al paisano y le dijo:
    ––“¿Qué haces, Saltatrenes?”
    Éste, con la mayor naturalidad, le contestó:
    ––“Esperando que me convides”. El fragüero respondió:
    ––“Si tengo, está hecho”.
    Tenía y les sirvieron unos vasos de vino.
    Como dice el refrán que lo que el sobrio tiene en el alma el borracho lo tiene en la lengua, allí fue la de Saltatrenes poniendo a su patrón de vuelta y media: que si no le pagaba, que si no le daba ni de comer, que si patatí que si patatá. Uno de los presentes quiso echar un capote al escarnecido patrón y dijo que no le pagaba porque se le había quemado la carpintería. Saltatrenes le contestó:
    ––“Y mi paga se quema todas las semanas y nunca podemos apagarla”.

     Como los días pasaban y la suerte del ilustrado ebanista no tenía visos de cambiar, forzado por la necesidad, ideó nuestro personaje el modo de que cambiara. Se fue en busca de los clientes que le debían a su patrón -que eran la mayoría- y les dijo que venía de parte de él a cobrar algo del importe. Recibida la cantidad que cada cual podía, los anotaba cuidadosamente en una libretilla para que constara la entrega que hacían. Así estuvo unos días, visitando especialmente los cortijos y anejos, con lo que consiguió una sustanciosa cantidad. Y con ella desapareció como desaparecen las estrellas a la salida del sol.


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    Artículo escrito por Antonio Robles Ordóñez.
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    Relación de 'Memorias' publicadas.

      Autor: Antonio Robles Ordóñez es natural de Santa Cruz del Comercio (Granada). Es licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Paris (Institut Catholique) y diplomado en Langue et Littérature Françaises por la Universidad Civil de Paris; es diplomado en Teología por la Facultad de Teología de Granada y licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Granada. Ha cursado estudios de piano, armonía y canto en los conservatorios superiores de Granada y Córdoba así como Ritmo y Modalidad Gregorianas en la Escuela Superior de Música Sagrada de Madrid. Ha dedicado su vida profesional a la Enseñanza Media como Catedrático de Instituto, y su tiempo libre a escribir, a la música y al teatro. Ha publicado Memorias de Santeña (2009) -que va por su segunda edición-, y Diez obras dramáticas (2012). Alguna de estas obras ha sido representada con notable éxito de público y crítica. Su afición por el teatro le viene de sus años de estudiante, afición que ha cultivado realizando diversos cursos de arte dramático, y que ha tratado de impulsar en los centros docentes por donde ha pasado. En la actualidad dirige la Compañía de teatro clásico Mira de Amescua en Granada, y la Agrupación Teatral Santeña, esta última vinculada a su localidad natal.  
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