Foráneos de paso por santeña: El deshollinador

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     Un día de mediados de noviembre, cuando ya oscurecía y el frío empezaba a hacerse notar, se presentó en la posada de Santeña un forastero bastante atípico por la clase de equipaje que traía.


     Consistía éste en un saco medio vacío dentro del cual sonaba algo metálico y por su boca salían unos palos de pequeño diámetro y diferente tamaño. El hombre era bajito, flaco, muy desgreñado y en el ojo izquierdo tenía como una nubecilla blanca. Habló con el posadero y le preguntó si podía alojarse y comer por dos o tres días, todo a cuenta pues no traía un céntimo, pero esperaba ganar lo suficiente para pagar las costas cuando se fuera. El amo le dio permiso y le dijo que no se preocupara por el pago. Pepe, un hijo del posadero, intrigado como los demás por el misterioso y estrafalario equipaje, le preguntó:
    ––“Maestro, y usted ¿qué negocio es el que trae?”

    El pobre diablo, con cierto aire de importancia, contestó:
    ––“Yo soy deshornillador”.
    Uno de los presentes apodado El Máquina, sorprendido de palabra tan rara, preguntó al aire trasladando el vocablo a lo que él conocía:
    ––“¿Y qué es eso de destornillador?” Antonio, el posadero, contestó:
    ––“Que limpia las chimeneas, ¿no es eso, buen hombre?”
    ––“Así es”, -contestó el forastero; -“pero, cuidado, que limpiar chimeneas como yo lo hago requiere unos grandes conocimientos, sobre todo por el equilibrio, ya que yo corro todo el interior de la chimenea y, con la herramienta moderna que llevo, chimenea que cojo se queda sin un gramo de hollín y reluciente. Ahora, eso sí: cobro un poco más que esos que las limpian tan sólo con una abulaga”.

    Prosiguió su charla el deshornillador haciendo una apología del alto oficio que profesaba y diciendo que la limpieza del hollín era todo un arte. Pepe, El Máquina y Gori (otro asiduo de la posada) atendían, sorprendidos de la abundante verborrea del profesional, que no les dejaba ni resollar.
    ––“Y si no, pregunten en Tocón, Villanueva y Montefrío, cómo limpio yo las chimeneas”.

    A esto, y cansado ya de tanto palique, se dirige Pepe a sus amigos y les dice:
    ––“Máquina, y tú Gori, yo creo que lo mejor que podemos hacer mañana es dejar de ganar el peón y irnos los tres a Montefrío a preguntar cómo limpia aquí el amigo las chimeneas, porque eso a nosotros nos interesa muchísimo, ¿no te parece Gori?”
    Y Gori contestó:
    ––“¡Vaya con la polla de las chimeneas!”
    Al día siguiente, el deshollinador se dio una vuelta por la plaza armado de su equipaje y la gente, al verlo, se preguntaba:
    ––“Éste ¿quién será?”

    Uno de los muchos que allí había, ocurrente, contestó:
    ––“Que vendrá dando dineros. Más que otra cosa, por el pelaje que tiene”.
    Continuó el artista su recorrido por las calles haciendo un estudio visual de las chimeneas de la localidad, concentrándose sobre todo en su altura y deteniéndose especialmente en las que humeaban. La gente se quedaba mirándolo, pero no sabía qué lo traía por allí y unos a otros se preguntaban entre risa y extrañeza. A despejar las dudas colaboró El Máquina, diciendo en varios sitios que había venido un “destornillador de limpiar chimeneas de Graná”, que venía de Tocón y Montefrío de limpiarlas y que ese tío que habían visto por la calle mirando a los tejados era el que él decía. De explicación tan clara la gente acabó deduciendo que allí todos tenían que limpiar su chimenea a la fuerza y, encima, pagando.

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    El resultado fue que casi todo el pueblo limpió su chimenea o rincón

    Como era de suponer, los comentarios no se hicieron esperar.
    ––“¿Y cuánto costará eso?”
    ––“Total, otro arbitrio.”
    ––“Güeno, ¿y por ónde empezarán?”
    ––“Pero si la mía no tiene ni chispitica de hollín”.
    ––“Pues anda que la mía... Nosotros que no hacemos nunca matanza…”
    ––“Eso serán las chimeneas más artas, que son las peligrosas”.
    ––“¡Pos estamos de cojones! To los tíos que vienen a este pueblo no vienen na más que cobrando. ¿Quién pollas iba a creer que ese tío, con el pelaje que tiene, lo mandan de Graná? Porque eso será er gobierno”.

     Horas después, toda Santeña hablaba del tío que había venido de Graná a limpiar las chimeneas “por orden der gobernador”. Como la chimenea de la posada era obviamente de las más necesitadas de limpieza, el posadero Antonio le dijo al técnico que empezara por allí y el técnico no vio mejor ocasión de mostrar a todos su trabajo. Después de esto, salió el hombre a la calle y se puso a pregonar: “El ‘deshornillador’. Se limpian chimeneas enteras, medias y rincones. Enteras, 20 duros; medias, 10 duros, y rincones, 6 duros”.

     Al oírlo, la gente lo acribillaba con la misma pregunta: si era obligatorio. Él, conocedor de los rumores que habían circulado por el pueblo, contestaba muy cortésmente:
    ––“Obligatorio no, señora; pero, por su bien, es mejor que la limpie. Así no se le pegará fuego”.

     El resultado fue que casi todo el pueblo limpió su chimenea o rincón, más que otra cosa por miedo, pues temían que les cayera una buena multa si era obligatorio y no lo hacían. La gente rural, en aquellos tiempos, solía ser crédula y asustadiza. Con las cosas que ocurrían, no hay que extrañarse de que lo fueran. Con todo, la causa principal del malentendido fue la trola que inventó El Máquina sobre la procedencia y el cometido del extraño deshornillador.


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    Artículo escrito por Antonio Robles Ordóñez.
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    Relación de 'Memorias' publicadas.

      Autor: Antonio Robles Ordóñez es natural de Santa Cruz del Comercio (Granada). Es licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Paris (Institut Catholique) y diplomado en Langue et Littérature Françaises por la Universidad Civil de Paris; es diplomado en Teología por la Facultad de Teología de Granada y licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Granada. Ha cursado estudios de piano, armonía y canto en los conservatorios superiores de Granada y Córdoba así como Ritmo y Modalidad Gregorianas en la Escuela Superior de Música Sagrada de Madrid. Ha dedicado su vida profesional a la Enseñanza Media como Catedrático de Instituto, y su tiempo libre a escribir, a la música y al teatro. Ha publicado Memorias de Santeña (2009) -que va por su segunda edición-, y Diez obras dramáticas (2012). Alguna de estas obras ha sido representada con notable éxito de público y crítica. Su afición por el teatro le viene de sus años de estudiante, afición que ha cultivado realizando diversos cursos de arte dramático, y que ha tratado de impulsar en los centros docentes por donde ha pasado. En la actualidad dirige la Compañía de teatro clásico Mira de Amescua en Granada, y la Agrupación Teatral Santeña, esta última vinculada a su localidad natal.  
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