Tipos curiosos de Santeña; ‘Celedonio’

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     O Cele, que tanto monta; y, además, era como lo llamaban los suyos y los demás. Celedonio vivía en Los Corralones. Lo de corralones viene del pasado. Al parecer, esa zona periférica del pueblo estaba acotada en grandes espacios donde se encerraba ganado de toda clase; pero, poco a poco, al lado de los corralones fueron surgiendo pequeños habitáculos que los mismos pastores y guardianes se hacían y así nació una calle de viviendas tan endebles que los fuertes terremotos del 1884 redujeron a escombros. Después de la catástrofe, la caridad pública construyó una fila de casitas y la calle fue bautizada con el nombre de Regino Martínez, aunque la gente continuó –y continúa– llamándola Los Corralones.

     En una de estas casitas malvivía la familia de Cele. Que era lo normal. Y Cele decidió poner tienda para ver si de este modo remediaba en algo la situación familiar. La idea tomó cuerpo, gustó, se vio la abundancia entrando a raudales y, dos días después, estaba nuestro paisano en Loja hablando con un almacenista que sería su proveedor. Acordaron que el suministro de los víveres se realizaría en cuanto el local estuviera listo y que el abastecedor recibiría la primera entrega seis meses después con objeto de dar un respiro al novel comerciante. La tienda se instaló en la mejor habitación de la casa que era el dormitorio de los padres. Allí se puso una tabla que hacía de mostrador, algunas repisas para la mercancía menuda y todo lo demás fue a parar al suelo. El pueblo supo en seguida lo de la nueva tienda pues no faltó la propaganda verbal llevada a cabo por la familia y por los propios vecinos que estaban encantados de tener una tienda en el barrio. La propaganda advertía además de que por fin iba a haber una tienda en el pueblo donde no se pensara solamente en el lucro personal. Y eso lo diría la relación cantidadcalidad-precio. Algo totalmente desconocido.

    Se abrió la tienda y la afluencia fue masiva. Todo el mundo quería curiosear y, sobre todo, constatar si era verdad lo que tanto se había cacareado. Y lo fue. Por todas partes oíase el mismo comentario:

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    Y, a veces, cuando se formaban colas, hasta la chacha Anica entraba en acción.

    ––“Hay que ver lo canallas que son los tenderos que tenemos en Santeña. Que ha ío mi mujer a la tienda de Cele por cinco arencas y le han costao lo que una en casa de Emilito”.
    ––“Pues no te digo la mía. Fue también por probar y pidió un duro de atún; y le ha echao un plato lleno. Y de atún ¡cojonúo!”.

     El duro de atún se hizo tan popular que en seguida se convirtió en la opción más solicitada. Todo el pueblo hablaba excelencias de la nueva tienda, el negocio parecía ir viento en popa y, a veces, cuando se formaban colas porque un solo dependiente no podía despachar a todos a la vez, hasta la chacha Anica, madre de Cele, entraba en acción. En estas bullas no era raro que el duro de atún de un cliente fuese por error a manos de otro, formándose algún que otro pitote sobre si “ese duro es mío” o “no que es el mío”; pues, debido a lo reducido del espacio, en ocasiones el encargo se hacía a voces, desde la calle, y la mercancía se servía a través de la ventana. El resto de los tenderos del pueblo echaba chispas pero aguardaba tranquilo la estrepitosa caída del rival. Porque si bien era verdad que ellos eran algo careros, Cele regalaba prácticamente la mercancía; y aquello no podía durar.

    Como ocurrió

     Tres meses después de la festiva apertura, una mañana de verano al amanecer, pasaban unas mujeres por El Mirasol, camino de Marimonta, a arrancar garbanzos, cuando observan un reguero de azúcar por el suelo y el paquete roto y vacío algo más adelante. A continuación encuentran unas cuantas cajas de cerillas y algunas carterillas de azafrán igualmente desparramadas por el suelo. Horas después, cuando la primera clienta llega a casa de Celedonio, sale éste muy apesadumbrado y le dice que entre y vea cómo se halla la tienda. Entra la clienta y queda pasmada ante el desorden que encuentra. Con lágrimas en los ojos, Cele le dice que esa noche lo han robado y que no le han dejado nada. La madre de Cele sale a la calle y, casa por casa, va contando el atraco que han sufrido. La gente, extrañada, le pregunta cómo es posible que no hayan oído nada siendo la casa tan pequeña, y ella responde que les han echado unos polvos y los han dejado “como muertos” y que por eso no han oído absolutamente nada. “Además, no sólo se han llevado el género, que también se han llevado todos los dineros que tenía mi pobre Cele”.

     El superduro de atún y la venta de los demás artículos a precio de costo unidos al desconocimiento total de lo que es la gestión de un negocio, dieron el resultado que era de esperar. Y la forma más viable de salir del atolladero era fingir un robo. Así quedaba de manifiesto la insolvencia del acusado y nadie podría acusarlo de quedarse con lo ajeno.

     A raíz de esto, Celedonio, que ya años antes había estado en Ciempozuelos como novicio de una determinada orden religiosa, pensó de nuevo en la vida conventual y, tras andar los pasos oportunos, fue a dar en los Agustinos Recoletos de Monachil. La elección no fue desacertada toda vez que dicha orden tiene como cofundadora a Santa Rita de Casia, abogada, si mal no recordamos, de las causas imposibles. Entró en la orden en calidad de lego y encontró la paz que tanto había anhelado los últimos meses. Pero el mal no ceja en su empeño de molestar y fastidiar y también allí la paz se vio alterada a poco tiempo de conseguida. Y fue que el almacenista de Loja, al enterarse del nuevo estado de su insolvente deudor, se presentó en el convento reclamando por vía judicial el pago de las deudas contraídas por fray Celedonio. La comunidad, sorprendida ante la revelación de una conducta tan poco edificante, no sólo se negó a pagar sino que inmediatamente puso a Celedonio en la calle, dejándolo abandonado a su suerte. Volvió el buen hombre al pueblo y se puso a ganar el peón cuando lo llamaban, lo que no era habitual pues estaba él poco hecho a las labores del campo y se entendía mal con el utillaje agrícola. Recogió aceitunas y arrancó garbanzos, también escardó y pasó los más de los días esperando mejor suerte. Hasta que le llegó. Cuando las primeras hordas migratorias fueron dejando el pueblo claro, él se embarcó para la próspera Cataluña y en la comarca del industrializado Vich sentó plaza. Allí se quedó y allí ha muerto hace unos años. Un hombre luchador. Y bueno.


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    Artículo escrito por Antonio Robles Ordóñez.
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    Relación de 'Memorias' publicadas.

      Autor: Antonio Robles Ordóñez es natural de Santa Cruz del Comercio (Granada). Es licenciado en Filosofía por la Universidad Católica de Paris (Institut Catholique) y diplomado en Langue et Littérature Françaises por la Universidad Civil de Paris; es diplomado en Teología por la Facultad de Teología de Granada y licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de Granada. Ha cursado estudios de piano, armonía y canto en los conservatorios superiores de Granada y Córdoba así como Ritmo y Modalidad Gregorianas en la Escuela Superior de Música Sagrada de Madrid. Ha dedicado su vida profesional a la Enseñanza Media como Catedrático de Instituto, y su tiempo libre a escribir, a la música y al teatro. Ha publicado Memorias de Santeña (2009) -que va por su segunda edición-, y Diez obras dramáticas (2012). Alguna de estas obras ha sido representada con notable éxito de público y crítica. Su afición por el teatro le viene de sus años de estudiante, afición que ha cultivado realizando diversos cursos de arte dramático, y que ha tratado de impulsar en los centros docentes por donde ha pasado. En la actualidad dirige la Compañía de teatro clásico Mira de Amescua en Granada, y la Agrupación Teatral Santeña, esta última vinculada a su localidad natal.  
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