Todos contra el fuego



Otro año más, el verano acude a su cita con el hemisferio norte de nuestro planeta. Y, otro año más, se suceden las recomendaciones y alegatos encaminados a evitar en lo posible los incendios forestales. Éste, muy breve, es el nuestro.



La densa frondosidad de nuestros bosques puede ser su perdición, en caso de incendio

 Parecía que el verano no llegaba, que no llegaba… pero aquí está por fin, y, aunque algo tardío, ha regresado escoltado por toda una guardia de sol impenitente, altas temperaturas, sequedad ambiental y ausencia de precipitaciones. El invierno y la primavera fueron suaves y lluviosos -como los de antaño, dicen- y gracias a ello multitud de herbáceas y matorral nuevo crecieron tupidos y fuertes, tapizando de verde esmeralda cada rincón de la sierra y dando lugar a parajes de una belleza casi de cuento. Pero, ay… con el cambio de estación, el frescor del aire y la humedad del terreno se evaporaron -literalmente- y toda esa vegetación nueva se ha convertido en la más peligrosa alfombra que imaginarse pueda, como si fuese una bomba dormida lista para estallar en cualquier momento, si las condiciones le son propicias. Y, a falta de rebaños de ganado doméstico que desbrocen el monte como toda la vida se ha hecho, los animales salvajes como cabras montesas, ciervos, corzos y jabalíes no dan abasto a consumir tal sobreabundancia vegetal, ahora reseca, que es igual a una yesca: prende, arde y extiende las llamas con absoluta virulencia si por mano del diablo una chispa, un rastrojo mal vigilado, un carbón de barbacoa o un cigarrillo mal apagado terminan en el suelo de la sierra.


Pinar quemado en la Sierra de la Almijara

 Hay pocas imágenes tan indeciblemente desoladoras como la de un bosque en llamas, ya sea en plena noche o a la luz del día. Por el espectáculo espeluznante del resplandor de las llamas trepando en la oscuridad o compitiendo ferozmente con la luz del sol, como si fuesen el anuncio de un apocalipsis inesperado; por las columnas de humo rojizo y pestilente elevándose en el cielo anaranjado, que nos sobrecogen hoy en día de la misma forma que lo hicieron en el pasado. Hay algo hipnótico y paralizante en la luz del fuego, en el olor a resinas hirviendo, en el calor como de mil chimeneas encendidas en una misma habitación; en el sonido ensordecedor de la pura destrucción, del crepitar de las gruesas ramas y los troncos añosos abrasándose y quebrándose en mil pedazos, como si fuesen leves cañas secas. En el hedor que persiste después a seres calcinados -plantas aferradas, inútilmente ya, al suelo que las alimentó y que también las hizo prisioneras; animales que no pudieron escapar por sus propios medios del infierno-, a ceniza en suspensión, a aire recalentado, a rocas y tierra calcinadas, a aniquilación y a muerte. Algo atroz y terrible en la alfombra negra del suelo, en los esqueletos que quedaron en pie tras la hecatombe ígnea, alargando desesperadamente el extremo de sus ramas ennegrecidas como si pidieran ayuda a los otros árboles, al cielo, a los hombres que intentaron apagar el fuego sin conseguirlo, entre los cuales podría incluso hallarse el culpable del siniestro…


Los efectos de un incendio forestal se mantienen durante muchos años

 Efectivamente llega el verano, y con él innumerables campañas de concienciación en todos los medios de comunicación y en las redes sociales. Pero algo debe faltar, puesto que los incendios forestales se siguen produciendo cada año como si formasen parte de esta estación junto con las vacaciones, la operación bikini, los días de descanso, el abandono de mascotas, el bañador y los helados. Y nuestros bosques, indefensos por completo, aguardan la llegada de estas fechas tal vez con respiración contenida, cruzando los dedos -las ramas, en su caso-, confiando en que pase el verano sin más daños que lamentar. A lo largo de su historia las sierras de Tejeda, Almijara y Alhama, todos lo sabemos, han experimentado de primera mano y en repetidas ocasiones la devastación de los incendios forestales y el persistente rastro de desolación que dejan tras de sí. Ya ocurría cuando los campos se encontraban labrados y vigilados por los campesinos, y el sotobosque mantenido a raya gracias a la acción de los numerosos rebaños de cabras, ovejas y vacas; cuanto más ahora, que sobreviven sin más cuidados que los que la propia naturaleza proporciona.


Pinar arrasado por el fuego en la sierra de Nerja, en la Almijara

 No es ya sólo cuestión de administración, de planes de prevención y de una gestión efectiva. La prevención de los incendios forestales queda también en nuestras manos: cada uno de nosotros somos asimismo responsables de que no sucedan. No confiemos tan solo en los retenes, en las avionetas y helicópteros, en los embalses llenos de agua o en los reservorios de humedad que puedan permanecer en el suelo, después de las lluvias de esta primavera. Es un hecho probado que más del noventa por ciento de los incendios forestales es causado, voluntaria o involuntariamente, por el ser humano -o inhumano, habría que decir-; por personas descuidadas, codiciosas o simplemente malvadas, que prenden fuego al monte por el mero hecho de verlo arder sin pensar más que en oscuros intereses, en que con esas acciones nos perjudican a todos y en que resulta inadmisible la devastación de un bosque que ha tardado cientos de años en desarrollarse. Sin pensar que las masas forestales son un patrimonio común, como el aire puro del que nos proveen y que respiramos, y la luz del sol que nos ilumina: una valiosísima herencia que debemos disfrutar y conservar para los que vengan detrás.

 Llega el verano pues; muchos nos iremos de vacaciones. Nuestros bosques mientras tanto descansarán pacíficos, agostados bajo el sol estival en paciente silencio, confiando en nuestra cultura y respeto por el tiempo y por la naturaleza, es decir, por nosotros mismos. Ojalá, a nuestro regreso, continúen intactos, de la misma forma que los dejamos. Por el bien de todos.



Texto: Mariló V. Oyonarte.
Fotografías: Carlos Luengo.