La canción de la Cueva del Linarejo

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    Fiel a la llamada de las lluvias intensas, en una cita que se viene repitiendo desde que el mundo es mundo, la Cueva del Linarejo ha vuelto a entonar para todos nosotros su eterna canción.


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    Oscuras nubes de tormenta se ciernen sobre la sierra de Játar

     ¡Llueve! Llueve y nieva por fin, casi a las puertas de otra primavera, cuando los anticiclones y la sequía se aferraban obstinadamente a nuestra tierra; cuando los cielos azules, sin una sola nube incluso en pleno invierno, parecían ya eternos, han regresado las borrascas a España, a Andalucía, a Granada, a la comarca de Alhama. Y el paisaje, dando la mejor de las bienvenidas a ese cambio necesario, se transforma también, volviéndose bucólico y espectacular: una luz inestable, de color gris, baña campos y montañas, pintadas de blanco en las cotas más altas; el cielo se puebla de nubes bajas y parece infinito sobre los ríos que bajan rebosantes de aguas pardas, turbias por arrastrar la tierra suelta; la niebla balsámica, impregnada en la esencia de mil plantas aromáticas, envuelve los montes oscuros, surcados por senderos encharcados y embarrados y saturados de agua, tal y como debe ser -tal y como siempre ha sido- en esta época del año.

     Pero lo más importante de todo es el espectáculo, el milagro de la lluvia, vertical y fragorosa, descargando unas veces mansamente, otras casi con rabia sobre la tierra reseca, empapando todo a su paso, bajando en forma de bravíos arroyos por los barrancos escarpados, precipitándose montaña abajo, saltando y borboteando hasta desembocar en los ríos y en el exhausto, casi invisible, embalse de Los Bermejales. Llueve en la comarca de Alhama, sobre las casas de los pueblos y las tierras de labor. Durante días y días, casi sin parar, obligando a los vecinos a refugiarse en sus hogares mirando al cielo con agradecimiento y satisfacción, pero sobre todo con alivio -ese instinto básico de las gentes del campo-, a pesar de la incomodidad del agua que en su irrefrenable carrera inunda caminos y carreteras, pero que en definitiva constituye, literalmente, un regalo caído del cielo.

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    El embalse de Los Bermejales, bajo mínimos desde hace tiempo, ha cambiado su habitual color azul turquesa debido al barro que arrastran las lluvias

     Juan Mediavilla está en su casa de Játar. Confortablemente sentado cerca del fuego, observa a través de su ventana la lluvia caer incesante, hora tras hora, tan abundante y pródiga como en sus días de juventud -muy lejana ya-, cuando llovía de tal forma que parecía que los cielos caerían sobre sus cabezas. Estos días tan húmedos Juan no sale a dar sus acostumbrados paseos, porque se encuentra algo torpe de las piernas y no se quiere arriesgar a dar un resbalón. Pero escucha a sus vecinos de toda la vida comentar acerca de esta agua bendita que cae y cae anegando campos y caminos, de cómo llena los barrancos y está volviendo a alimentar las fuentes que se habían secado por completo durante la última sequía. Fuentes que en sus tiempos proveían de agua fresca todo el año, y más allí, en la sierra de Játar, famosa por sus abundantes acuíferos y manantiales. A sus casi ochenta y cuatro años Juan, cabrero de toda la vida, ha visto pasar muchos temporales de viento, de agua y de nieve, muchas sequías, mucho de todo, en realidad. Sentado a la orillica de su chimenea se entera también -todos lo están comentando, aunque él ya lo imaginaba- de que la cercana Cueva del Linarejo, merced a estos días de lluvia, ha vuelto, después de varios años en silencio, a "reventar". El famoso "reventón" del Linarejo que no es, ni más ni menos, que la voz de la cueva entonando su famoso canto de agradecimiento por el agua recién caída. Mucha gente se está acercando hasta el lugar para contemplar ese espectáculo natural. Mas Juan no necesita trasponer hasta allí para verla… sólo tiene que cerrar los ojos, y ya está.

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    Juan Mediavilla Fernández

     La Cueva del Linarejo o de Linarejos - qué más da una ese más que menos-; qué nombre tan familiar para todos los jatareños y sobre todo para él, para Juan Mediavilla, que se crió a su misma vera. Hijo, nieto y bisnieto de pastores, durante cuatro generaciones su familia se alojó en el Cortijo del Linarejo, donde criaban a sus animales y se instalaban todos los años con las mujeres de la familia para "hacer la cabaña" es decir, para fabricar los quesos y requesones, tarea que solía ocuparles los meses de abril, mayo, junio y parte de julio. Allí dio Juan literalmente sus primeros pasos, en el mismo barranco hacia el que se abre la boca de la famosa cueva -el Barranco de Linarejos-, donde se encuentra también la fuente de la que su madre llenaba cada día el cántaro de agua. Toda una vida allí; de niño, de adolescente, de joven y de adulto, y toda una vida divisando la cueva, que se sitúa justo enfrente de aquella casita - a apenas cien metros- donde se alojaba con su ganado. Desde siempre, desde que Juan es capaz de recordar, la Cueva del Linarejo era conocida en toda la comarca -y más allá- por aquella rara peculiaridad suya de retumbar, de tronar, de "cantar" cuando llueve en abundancia. Juan, al igual que todo el mundo, sabe que ese fenómeno tiene una explicación científica muy concreta, y que muchos especialistas han visitado y estudiado esa cueva pormenorizadamente, explorando su interior hasta donde se ha podido pasar. Bueno… hasta donde la cueva, simplemente, les ha permitido pasar.

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    El cortijo del Linarejo, un sencillo alojamiento de pastores, comparte su nombre con la cueva y el barranco junto al que se asienta

     Efectivamente, varios grupos de espeleología entre los que destaca el Grupo de Espeleólogos Granadinos (GEG) han estudiado, explorado y topografiado durante varios años esta cavidad geológica, a la que calificaron como de "importante surgencia de agua", y sus estudios fueron publicados en el libro "Exploraciones bajo del desierto de piedra, Alhama de Granada y Arenas del Rey" (2009). De esa forma, todas las incógnitas que durante siglos rodeaban a la cueva del Linarejo quedaron despejadas: cuando la surgencia "entra en carga", es decir, cuando el interior de la cueva se llena de agua y después de un fuerte ruido muy característico, el agua sale por la boca de esa cavidad en forma de torrente, más o menos abundante en función del agua caída. A ese ruido es al que todos llaman, desde tiempos inmemoriales, "el reventón". El agua cae en ruidosa cascada por el Barranco de Linarejos hasta desaguar en el cercano río Añales, y de ahí termina en el embalse de Los Bermejales. El interior de la cueva, según dichos estudios, quedó descrito así:

     "Una gran rampa ascendente de bloques, por la que sale el agua en varios puntos, culmina en un amplio porche, vestíbulo de la cavidad, en la base de la pared de cabecera de una amplia garganta formada por el río. Cuando la surgencia entra en carga, después del sonoro estampido, el agua sale por toda la zona de bloques y aún por la boca en impetuoso torrente, por haberse colmatado todas las cavidades internas de la cueva. El suelo está cubierto igualmente por bloques y entre ellos hay una pequeña oquedad por la que, en condiciones normales, se puede acceder al interior bajando por una fuerte rampa-pozo, destrepable sin dificultad, y que conduce a una sala de techo bajo, en rampa, llena de cantos rodados y en cuyo fondo se encuentra un lago de pequeñas dimensiones, a unos 11 m de desnivel respecto a  la boca (...)

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    Planos del interior topografiado de la Cueva del Linarejo ("Exploraciones bajo el desierto de piedra, Alhama de Granada y Arenas del Rey", GEG)

     Por encima del lago se abre el paso estrecho que permite acceder a la parte posterior del sifón sin necesidad de bucear, pero metiéndose hasta el cuello en el agua, que suele estar alrededor de los 12ºC. Recorridos unos 5 m. por el agua, se sale a una galería rectilínea por la que discurre el río y que a tramos forma charcos y pérdidas de corriente. Siguiendo la galería tras haber remontado un centenar de metros desde el sifón, se pierde nuevamente el curso del río a través de una estrecha grieta y que se reencuentra un poco más adelante pero en sentido contrario (...)

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    Interior de la cueva ("Exploraciones bajo el desierto de piedra, Alhama de Granada y Arenas del Rey", GEG)

     Antes de volver a girar a la derecha siguiendo la corriente se llega, por un bajo  laminador, a otra zona sifonada pero impracticable y sin posibilidades de progresión ya que sería aguas abajo. Haciendo el giro a la derecha de la galería se remonta una rampa de bloques por donde surge el agua, que  acaba haciéndose impracticable con lo que, salvo otra pequeña sala existente a la derecha de la rampa final, se termina el recorrido de la cueva (…) Es notable la niebla que se produce al moverse el empapado visitante, debido la baja circulación gaseosa de la  cavidad, que dificulta enormemente el obtener fotografías de la zona del río."

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    Otro rincón de la cueva ("Exploraciones bajo el desierto de piedra, Alhama de Granada y Arenas del Rey", GEG)

     Sí; desde luego, todas esas explicaciones están muy bien. Pero Juan Mediavilla no se deja impresionar por tan erudita exposición y evoca la Cueva del Linarejo como siempre fue, como a él más le gusta, es decir, tal y como la conocieron quienes la tenían más cerca. Aquella familiar cavidad que durante años se encontraba seca, callada e inofensiva, como una más de las incontables oquedades que forman parte del paisaje de Tejeda, Almijara y Alhama. Pero que, cada cierto tiempo -uno nunca sabía cuándo, y eso era lo mejor de todo- despertaba de aquella forma inaudita, misteriosa entonces, casi mágica, con un estrépito de viento y de agua que a todos dejaba asombrados. En dos ocasiones, Juan nunca lo olvidará, le cogió a él dentro de la misma cueva cuando ésta decidió "reventar". Resultaba un fenómeno curioso, casi intimidante… primero se escuchaban unos ruidos profundos, como bramidos que proviniesen del interior de la tierra -"¡talmente como si las entrañas de la cueva avisaran de que el agua estaba dentro y ya no podía más que salir!"-. Y luego llegaba aquel borboteo sordo que iba subiendo y aumentando en intensidad, mientras una especie de viento extraño y húmedo, impregnado de olor a piedra, salía de la boca de la cueva, en oleadas cada vez más fuertes y ruidosas. Entonces aparecía el agua, emergiendo del interior de la cavidad a borbotones, como si estuviese en ebullición, turbia, así como de un color lechoso amarronado, subiendo gradualmente de nivel y aumentando rápidamente su caudal hasta que la cavidad se desbordaba, y un impetuoso torrente comenzaba a despeñarse ladera abajo, saltando ruidosamente entre las peñas.

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    De las entrañas de la cueva surge el agua turbia, plagada de sedimentos, que rápidamente va llenando la cavidad hasta que rebosa por completo…
     
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    …despeñándose a continuación ladera abajo por todo el Barranco de Linarejos, con un ruido ensordecedor, que atrae la curiosidad de todos

    En ciertas ocasiones era tanta la lluvia que caía, que el torrente que manaba de la cueva inundaba los campos circundantes al Cortijo del Linarejo e incluso más abajo, desbordándose del propio barranco y dejando la zona convertida en un pantano en miniatura. A la gente le gustaba acudir para observar el espectáculo del "reventón" de la cueva, y no sólo del mismo Játar sino también de otros pueblos de la comarca; incluso se acercaban vecinos de los pueblos malagueños. Y es que todos habían escuchado el famoso estampido que anunciaba la salida del agua; se decía que aquel estruendo llegaba hasta los mismos pueblos de la costa. "¡Ya se oye la cueva tronar! ¡Ya va a salir la cueva de Játar!" Y la predicción popular no fallaba. Tanta era su fama, que a algunos locales les gustaba aumentar la leyenda del lugar relatando que habían visto con sus propios ojos cómo el agua llegaba hasta el techo de la cueva antes de despeñarse barranco abajo… pero Juan no puede asegurar eso, aunque ha pasado allí gran parte de su vida.

     Sí que sabe, en cambio, de viejas historias que narran que el subsuelo de toda la sierra -no sólo de la de Játar, sino de la Almijara entera- está entero socavado por cuevas de todos los tamaños, conectadas entre sí por kilómetros y kilómetros de lóbregas gateras, pasillos y galerías. Juan recuerda a aquel viejo zahorí que pasaba con frecuencia por la Venta de López, afirmando muy convencido que debajo de  todo aquello había un "ojo de mar" y que la misma Cueva de Nerja se comunica por intrincados pasadizos subterráneos con la Cueva del Linarejo; que las simas y grutas que hay por toda la sierra lo demuestran. Pensando en esa idea, un buen día el padre de Juan y un amigo suyo realizaron un curioso experimento. Se acercaron a la sima del Cerro del Majano y tiraron por la boca de aquel negro agujero un saco entero de paja. Después bajaron a la Cueva del Linarejo, y cuál no fue su sorpresa cuando, al cabo del rato, vieron aparecer aquella paja flotando en el agua, saliendo con el torrente de las entrañas de la cueva. ¡Pues iba a resultar que era verdad! La comunicación esa de la que hablaba el zahorí, a la vista de los hechos, parece ser que existía…
     
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    Como surgido de la nada, un caudaloso río de espuma blanca se precipita barranco abajo con gran estruendo, constituyendo en sí mismo un bello espectáculo de la naturaleza

     No hay misterio, pues. Y Juan Mediavilla, al igual que todos, lo sabe. El agua mana de la boca de la cueva mientras llueve y se va filtrando por el terreno calizo; cuando cesan las lluvias, ese circunstancial río subterráneo continúa fluyendo por unos días más, disminuyendo gradualmente su caudal hasta que termina por desaparecer, quedando su cauce completamente seco, casi -sólo casi- como si no hubiera pasado nada. Todo vuelve entonces a la normalidad hasta la próxima vez que llueva torrencialmente, nadie sabe con certeza cuándo. ¿Pasarán uno, tres, cinco, ocho años…? Puede que menos, o tal vez más. Pero no cabe duda de que esa incertidumbre forma parte del encanto del lugar; al menos, en eso no han cambiado las cosas, ni cambiarán jamás. La Cueva del Linarejo, libremente, se reserva el derecho a decidir cuándo cantará la próxima vez.

     Porque, afortunadamente, quedan todavía fenómenos naturales que el hombre no puede controlar, ni siquiera predecir con exactitud. Del mismo modo que nunca sabremos cuántas cuevas inexploradas -pequeñas como agujeros o majestuosas como catedrales subterráneas- esconde Tejeda, Almijara y Alhama, desconocemos el momento en el que la Cueva del Linarejo nos volverá a sorprender con el bello espectáculo del "reventón"; con la sonoridad de su canto  profundo e inconfundible. Sólo de una cosa podemos estar seguros: la cueva volverá a entonar su canción, la Canción de la Tierra, como diría Gustav Mahler, antes o después. Y nosotros, arrogantes humanos que creemos saberlo todo, seguiremos acudiendo a su llamada tan fascinados como lo hicieron quienes pensaban que aquel fenómeno era, naturalmente, pura magia.

    Vídeo (dura 1m. 6s.)

    Escrito por Mariló V. Oyonarte
    Fotos y video, Mariló V. Oyonarte.



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