
Quien haya paseado alguna vez por las calles empedradas de Alhama de Granada en una noche tranquila de verano, cuando el eco del río Marchán se pierde entre los tajos y las campanas de Santa María apenas rompen el silencio, habrá oído hablar, sin duda, de la extraña dama que, según cuentan los más viejos, aparece ciertas noches junto a la Puerta de la Mina.

Esta historia ocurrió hace muchos años, cuando aún permanecían vivas en la memoria las hazañas de moros y cristianos y las viejas murallas guardaban secretos que nadie se atrevía a desvelar. Corría el año del Señor de 1608, apenas una generación después de la toma de Alhama por los castellanos, y todavía se hablaba en las plazas de los últimos días del reino nazarí. O tal vez nunca ocurrió. Nadie lo sabe con certeza.
Lo cierto es que, desde tiempos remotos, los tajos parecen ejercer un extraño hechizo sobre quienes se detienen a contemplarlos. Hay quienes dicen que, en algunas noches de verano, el rumor del agua y el viento entre las peñas se confunden con antiguos cantos de sirena, capaces de atrapar el alma de quienes los escuchan y llevársela consigo para siempre.
Por entonces vivía en Alhama un joven poeta llamado Martín de Alhama, hijo de unos modestos artesanos que tenían su taller cerca de la Plaza de los Presos. Era un muchacho reservado y soñador, más amigo de los libros y de los largos paseos que del bullicio de las tabernas y de las fiestas de la comarca.
Cada tarde, cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las sierras y las sombras se extendían sobre los tejados rojizos, abandonaba su casa y recorría las callejuelas hasta el Hospital de la Reina. Desde allí descendía hacia la Hoya del Egido, donde se detenía a contemplar los profundos barrancos y las huertas que se extendían a los pies de la ciudad. Después proseguía su paseo hasta las Alamedas y las aguas termales que brotaban en el Baño, mientras el murmullo del río Marchán acompañaba sus pensamientos.
Muchas tardes sentado sobre las peñas, escribía versos que nadie leía. Decía que las palabras no eran suyas, sino del viento que ascendía desde el río y traía consigo voces antiguas, ecos de una ciudad que había conocido guerras, conquistas y despedidas.
Una noche de junio, cuando la luna llena iluminaba las antiguas murallas y la brisa agitaba apenas los álamos del barranco, el poeta creyó escuchar una voz que pronunciaba su nombre.
Levantó la vista y distinguió, a pocos pasos, la figura de una mujer cubierta por un largo velo blanco. Permanecía inmóvil junto a la Puerta de la Mina, apoyada en la piedra, como si aguardase la llegada de alguien desde hacía siglos.
—¿Quién sois? —preguntó el muchacho, acercándose.
La desconocida no respondió. Tan solo levantó lentamente la mano y señaló el camino que descendía entre los tajos hacia el río.
Desde aquella noche, la aparición comenzó a visitarlo. Nadie más parecía advertir su presencia. Algunas veces caminaban juntos por las murallas mientras las luces de las casas se apagaban una tras otra; otras, permanecían en silencio junto al arco de la puerta, escuchando el rumor del agua y el canto lejano de algún búho.
El poeta ignoraba su nombre y su origen, e incluso dudaba de si pertenecía al mundo de los vivos. Pero, sin darse cuenta, acabó amándola con la pasión silenciosa con que se aman los sueños y las cosas imposibles.
Los vecinos empezaron a murmurar. Decían haberlo visto deambular de madrugada por la cuesta que conduce a la iglesia de Santa María de la Encarnación, hablando con las sombras y deteniéndose junto a las antiguas murallas. Aseguraban también que su rostro había palidecido y que en sus ojos habitaba una tristeza desconocida.
Una tarde, una anciana que vivía cerca del convento del Carmen llamó al muchacho desde el umbral de su casa.
—Huye de esa mujer —le dijo—. No pertenece a este mundo.
El muchacho sonrió, pero la vieja continuó hablando:
—Mi abuela ya contaba esta historia cuando yo era niña —dijo la vieja—. Aseguraba que aquella dama se llamaba Aixa y que había sido hija de una familia noble musulmana en los últimos años del reino nazarí. Vivía aquí, en Alhama, cuando los castellanos cercaron la ciudad y los días comenzaron a anunciar la desgracia.
Su prometido partió a defender las murallas y los tajos mientras los habitantes observaban, temerosos, el avance de las tropas. Antes de marcharse, le juró que regresaría por la Puerta de la Mina, el lugar por donde descendían los centinelas hasta el río.
Pero jamás volvió.

Algunos afirmaban que había muerto combatiendo entre las rocas del barranco; otros sostenían que logró escapar hacia Granada con los últimos defensores de la ciudad. Aixa, incapaz de aceptar la pérdida, acudió cada noche a esperar junto a la puerta.
Esperó durante semanas. Después, durante meses.
Hasta que la tristeza consumió sus fuerzas.
Desde entonces, cuentan que, cuando el verano llega a Alhama y la luna llena ilumina las peñas, su espíritu vuelve a recorrer las murallas buscando a alguien que escuche su historia y conserve la memoria de aquel amor perdido.
El poeta escuchó la advertencia, pero no hizo caso.
Llegó la víspera de San Juan. Las calles estaban vacías y, desde la plaza, llegaba el eco distante de las últimas conversaciones. Las campanas de Santa María tocaron la medianoche cuando la dama apareció por última vez.
Su voz, apenas más fuerte que el murmullo del río, pronunció unas palabras que el joven nunca olvidaría:
—Mañana, cuando salga el sol sobre los tajos, me habrás perdido para siempre. Solo te quedará el recuerdo de haber amado algo imposible.
Después atravesó lentamente el arco de la Puerta de la Mina y desapareció entre la niebla que ascendía desde el fondo del barranco.
Al amanecer, encontraron al poeta dormido sobre la hierba, cerca del viejo camino que conduce a los baños. Había envejecido en una sola noche.
Nadie consiguió arrancarle una explicación. Regresó a su casa y pasó el resto de su vida escribiendo poemas sobre despedidas, promesas y recuerdos que apenas alcanzaba a comprender.
Murió muchos años después, sin esposa, sin hijos y sin haber abandonado jamás Alhama.
Sin embargo, los vecinos más ancianos aseguran todavía que, cuando la luna llena se alza sobre los tajos y el verano perfuma las calles, una figura blanca continúa esperando junto a la Puerta de la Mina. Quienes pasean por allí a esas horas dicen escuchar un rumor lejano, parecido al canto de las sirenas; aunque tal vez no sea más que el antiguo río Marchán recitando, entre el agua y las peñas, aquellos poemas que el poeta le confió hace tanto tiempo.
Y hay quienes afirman que, si uno se acerca lo suficiente y presta atención al silencio, puede distinguir, mezclados con el murmullo del río y el viento entre las piedras, unos versos tristes que hablan de amor y de eternidad.
A menudo, los viajeros preguntan a un anciano del pueblo, que suele sentarse al atardecer en un banco del paseo de los Ángeles, si aquella historia ocurrió de verdad.
El viejo sonríe.
—No lo sé —responde—. Tal vez la mujer existió. Tal vez fue solo un sueño. Pero eso no es lo importante.
—¿Y qué es lo importante?
Entonces el anciano dirige la mirada hacia la Puerta de la Mina y responde siempre lo mismo:
—Que todos, alguna vez, nos enamoramos de algo imposible: una persona, un recuerdo o una idea de nosotros mismos. Y, mientras intentamos retenerlo, olvidamos que algunas cosas no llegan a nuestra vida para quedarse, sino para enseñarnos.
Porque hay amores que no están destinados a acompañarnos para siempre.
Hay encuentros que solo vienen a mostrarnos quiénes somos.
Y hay despedidas que, aunque duelan, terminan convirtiéndose en el comienzo de algo nuevo.

Epilogo
Sin embargo, no todos en Alhama cuentan la historia del mismo modo.
Existe otra versión de la leyenda, más antigua y más triste, que apenas se relata ya junto al fuego en las noches de invierno. Según dicen, el poeta no regresó jamás a su casa tras aquella víspera de San Juan. Cuentan que, cuando la dama atravesó el arco de la Puerta de la Mina y descendió hacia el barranco envuelta en la niebla, él la siguió sin volver la vista atrás, atraído por aquella voz que parecía confundirse con el murmullo del antiguo Marchán.
A la mañana siguiente, nadie logró encontrarlo.
Los años pasaron y la historia fue cambiando de boca en boca, hasta convertirse en una de tantas leyendas de la ciudad. Pero aún hoy hay quienes aseguran que los tajos de Alhama guardan un misterio imposible de explicar: una extraña mezcla de belleza y melancolía que parece hablar al corazón de quienes se detienen demasiado tiempo a contemplarlos.
Quizá por eso, todavía hoy, cuando cae la tarde sobre Alhama y el último resplandor del sol se pierde tras las sierras, no son pocos los que apresuran el paso al cruzar junto a la Puerta de la Mina. Los más viejos aseguran que hay lugares marcados por el recuerdo y que, entre aquellas piedras antiguas, permanecen escondidos secretos que ni el tiempo ha logrado borrar.
Cuentan que, algunas noches de verano, cuando la luna llena alumbra los tajos y el rumor del Marchán sube desde el fondo del barranco, puede distinguirse una figura vestida de blanco junto al viejo arco. Permanece inmóvil, con la mirada perdida entre las peñas, como si aún aguardara el regreso de alguien que partió hace muchos siglos y jamás encontró el camino de vuelta.
Nadie sabe con certeza si se trata del espíritu de la dama mora, del eco de un amor desgraciado o de una de esas historias que nacen en los pueblos y acaban mezclándose con la memoria de sus gentes. Porque, al fin y al cabo, Alhama siempre ha sido tierra de leyendas, y no hay vecino anciano que no conozca alguna distinta.
Y así, de generación en generación, la historia ha llegado hasta nuestros días. Unos juran que es verdadera; otros sonríen y la toman por fantasía. Pero todos coinciden en lo mismo: que hay noches en las que el viento parece traer voces antiguas desde el fondo de los tajos, y que quien las escucha con demasiada atención nunca vuelve a contemplar la Puerta de la Mina del mismo modo.
Sea verdad o no, todavía hay quien, al pasar por allí cuando el pueblo duerme y las campanas guardan silencio, vuelve la vista hacia las murallas esperando distinguir, entre la niebla y la luz de la luna, la silueta de aquella dama que sigue velando, paciente y eterna, el recuerdo de un amor perdido.
Vídeo didáctico-narrativo