La mujer del “Atizaollas”

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    A todas aquellas mujeres que pudieron ser y no fueron. Simplemente… porque eran otros tiempos.

     Difícil es enjuiciar aquellas costumbres, aquella arcaica mentalidad, aquella familia patriarcal y machista, desde nuestro ya avanzado siglo XXI. Siempre intenté hacerlo comprender a mis alumnos, cuando se empeñaban en demonizar personajes o acontecimientos de un pasado más o menos remoto. Valga como ejemplo esta historia, acaecida en los albores del pasado siglo.

     En uno de tantos pueblos pequeños de nuestra Andalucía rural y en el seno de una familia que ya contaba con siete hijos, vino al mundo Almudena. Almudena tenía los ojos azules como el lejano mar y una abundante cabellera rizada, negra como la tormentosa noche en que vino a nacer. Su presentación al resto de los miembros de la familia, al amanecer del día siguiente, produjo admiración y sorpresa en los más pequeños e indiferencia en los mayores.

     Almudena fue creciendo feliz en el seno familiar, siendo a veces, de alguna forma, el ‘juguete’ viviente de hermanos mayores y también la compañera de juegos de algunos sobrinos, parejos con ella en edad.

     Era viva, era inteligente y era guapa. Y llegó el tiempo de iniciar la escolaridad, los seis años. Pronto empezó Almudena a destacar entre sus compañeras y a ganarse la admiración de su maestra. Palabras y números, religión o historia,,, y las “labores”, a las que la joven maestra dedicaba varias tardes cada semana, para que aquellas niñas de hoy fuesen “unas mujeres de su casa el día de mañana”. Todo llamaba su atención, todo le resultaba atractivo y en todo destacó desde el primer momento aquella niña menuda de eterna sonrisa.

     Los años pasaron sin sentir; y con ellos los cursos escolares. Y Almudena fue dejando en el camino a la mayor parte de sus compañeras, que, con ocho, nueve o diez años tenían que abandonar la escolaridad para dedicarse a otros menesteres ‘más provechosos’.

     Por suerte, no fue este su caso: la situación relativamente desahogada de su familia y el hecho de ser la menor, le permitieron el ‘lujo’ de asistir con asiduidad a la escuela durante bastantes años, lujo que pocas de sus compañeras se podían permitir.

     La continuidad en el pueblo de su primera y única maestra, su natural bondad e inteligencia y una relación tan inusualmente duradera entre maestra y alumna, hicieron nacer entre ambas el cariño, la complicidad y una entrañable amistad. Amistad que se hizo extensiva a la familia, o más concretamente, a la madre; sobre todo, cuando, tras la muerte del padre, las visitas de la maestra a la familia de Almudena se hicieron frecuentes.

     El verano estaba próximo y el curso escolar llegaba a su fin. Como en otras muchas ocasiones, ambas mujeres charlaban sentadas alrededor de la mesa camilla mientras compartían una taza de café. Y fue entonces cuando la maestra se decidió a plantear a su ya amiga lo que desde hacía tiempo venía rondando su cabeza:

     Ana –le dijo- usted sabe que su hija es muy inteligente. Usted sabe que en la escuela, más que aprender ella, lo que hace ya es ayudarme a mí a enseñar a las más pequeñas. Y la verdad es que poco puedo yo enseñarle ya más de lo que sabe. Es una pena que un talento así se desperdicie. Creo que deberían ustedes mandar a la niña a un colegio de la capital y que estudiara una carrera.

     Bajó Encarnación los ojos, se ajustó el negro pañuelo sobre su cabeza y dos lágrimas surcaron sus rosadas mejillas mientras intentaba asimilar la propuesta de su joven amiga.
    -Una carrera. Mi niña, una carrera. Como usted. No sé, no sé qué dirán sus hermanos.

     No tardó Encarnación en saber lo que, seguramente, sospechaba. Fue Ramón, el mayor de los que aún quedaban en casa, el que tomó la palabra, apenas la madre informó sobre la conversación mantenida con la maestra. Ramón había asumido el honorable cargo de cabeza de familia desde la muerte del padre. No se había casado, aunque ya tenía edad; por lo que en el pueblo ya había pasado a engrosar el reducido y marginado grupo de los “mocicos viejos”. En el fondo Ramón sentía que su presencia en la casa familiar era imprescindible e insustituible.

     -¿Que se vaya a la capital a estudiar una carrera? ¿Y qué se le ha perdido a la niña en la capital? En la casa es donde tiene que estar y dejar ya la escuela, que ya es grande. Y aprender a guisar y a coser y a llevar una casa. Y no perder el tiempo en hacer una carrera para el día de mañana mantener a un ‘atizaollas’.

     Y Almudena no volvió a la escuela. Y aprendió a guisar, a coser y a llevar una casa. Y un día fue pretendida por un joven labrador del pueblo, amigo de Ramón, y que, según este, era un buen partido.

     Nunca se planteó Almudena si aquel joven le gustaba o no; o si algún día llegaría a quererlo. Tampoco se planteó si a su lado sería feliz. Pero se casó. Y cosió y guisó y dio a su marido un buen puñado de hijos. Y, gracias al “celo patriarcal” de su buen hermano, Almudena fue una mujer de su casa y se ‘libró’ de ser ‘la mujer del atizaollas’.

    Luis Hinojosa Delgado.


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