A Aniceto Juan Sánchez Raya. “Cuando la nobleza desprecia a la soberbia”

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     La vida nos ha enseñado también a los alhameños a ver esas personas que, desde niños, sentimos que eran especiales, buenas y nobles, y que, a lo largo de los años, a pesar de muchas cinrcunstacias, no lo han dejado de serlo. A la par, con el paso de los años, hemos decidido que la soberbia y la mequistad no se puede permitir en modo alguno.

    “Cartas alhameñas”
    Andrés García Maldonado
    A Aniceto Juan Sánchez Raya
    “Cuando la nobleza desprecia a la soberbia”

    Querido Juan:

    Estas misivas, como observaras -tú eres una persona sumamente inteligente, lo que no quita tu inmensa sensibilidad desde la niñez-, no son otra cosa que mi deseo puesto en marcha de, recordando aquellos años cincuenta de mi infancia y niñez en nuestra Alhama, ir relacionando a amigos y paisanos alhameños de y para siempre, que en lo primero que sobresalen es en humanidad.

     ¡Qué difícil es eso en este mundo de mediocres que se creen dioses y de mezquinos que soberbiamente se obsesionan! Pero sabes, y muy bien, que es posible. En tu caso, aunque hayan pasado ya más de sesenta años. ¡Y los que pasen o pasaran! La calidad, talante y estilo de espíritu y corazón no se consiguen, ni mucho menos, queriendo aparentarlo o dejar, por ejemplo, a los que parece que alguna sombra pensamos que nos hacen, mal ante los demás. Tú, también eso, en hablar bien y dejar bien a todos, has sido ejemplo y camino, por ello, pregúntale a tu prima Paqui, como a tantas personas, cuantas te hemos conocido o tratado, aunque sea mínimamente, como ahora veremos, te apreciamos y queremos, elogiando tu talla humana de excepcional persona. Felipe, que tanto te quiso y te trató, nos decía que eras el ejemplo de cuando la nobleza, lo bueno, puede y desprecia a lo soberbio, a la maldad.

     Sé que no te gustan estos calificativos, pero sabes que “el cariño, cuando es verdadero, no sólo no se compra ni vende”, es que, además, no se puede evitar de expresar. Nunca has buscado el elogio, pero siempre lo has tenido por parte de toda clase de personas.

     Recordemos aquellos años que hace más de cincuenta se nos fueron pero que, sin lugar a dudas, en nuestro corazón, siguen creciendo y creciendo.

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     Mira por donde, como ya se estará imaginando nuestra querida Manola, en este caso, no tengo que volver a escribir con renglones claros y rectos, pues ya los están escritos en parte desde aquella misma noche de tu hermosa “Exaltación a Nuestra Señora”, la de 2004, en el maravilloso marco de nuestra Iglesia del Carmen, la que tanto te hizo sufrir cuando la vías abandonada e invadida por multitud de inservibles máquinas.

     Sí, Juan -¡qué difícil es que me salga el Aniceto!-, no puedo desvincularte a que anunciándose vacaciones volvía a acontecer tu deseada vuelta, como si el tiempo no hubiese transcurrido. Han pasado muchos años, pero sé que cuantos pasen en lo que dé de sí mi existencia, no se olvidará jamás la vieja y hermosa vinculación emocional que sentía, desde el niño que fui, de que tu llegada a Alhama era la confirmación de que ya estábamos en los anhelados periodos escolares de descanso que, en tantas cosas, se convertían también en familiares.

     Los años que nos separan, a ti te situaban en un chaval de los cursos centrales del Bachillerato Elemental y a mí en esos últimos de la infancia y primeros de la niñez en los que, tanto el corazón como la inteligencia, se nos abren de par en par a los sentimientos para ir almacenando, para toda nuestra vida, experiencias y afectos, conocimientos y vivencias, nobleza y buena voluntad, eso sí, también el recuerdo de algunas envidias y recelos de concretas personas, esas desdichadas condiciones que no tienen o no dejan que les destroce las entrañas esas buenas gentes que las vencen, precisamente, los que tienen un espíritu generoso y limpio, como lo tienen la inmensa mayoría por sangre y educación cultivada, al menos, desde nuestros abuelos, tengan o no bienes y riquezas, pero sí la inigualable dignidad de ser personas buenas, aunque no hayan tenido ni donde caerse muertas.

     Llegabas a casa, que sentías como la tuya propia, con un entusiasmado contagiante, como un verdadero ciclón. Aún cuando son mis más lejanos recuerdos, primero a la de la calle Enciso ­cuantas emociones y sentimientos hemos vivido y recogido en esa calle nuestra, la denuestros años niños!­, y después a la de calle Fuerte.

     Tu claro cariño, en todo momento y circunstancia tuvo el de todos nosotros hacia ti. Tanto el de mis padres -¡bien sabes cuánto te quería y apreciaba aquél castellano hecho alhameño! quizás uno de los primeros que, con su singular inteligencia y elevado espíritu, supo pronto de tu exquisita y profunda sensibilidad-, como el de Felipe, Juan Manuel, Félix Luís y el mío propio, el primero de ellos tu mejor amigo y valedor en aquellos inolvidables años.

     Inmediatamente, tras los saludos correspondientes, la retahíla de preguntas sobre ti, siendo la primera en relación a cómo se encontraba tu madre -una persona que en mí dejo una imborrable huella de dulzura y un gratísimo recuerdo de bondad-, cómo te iban los estudios, cómo había sido el último trimestre fuera de Alhama, de este pueblo que tú hiciste tuyo nada más nacer, como le paso a Manola, pues ambos os trajeron al mundo en la bella Granada, pero con días estabais en la Alhama de vuestros amores.

     Y a continuación nos dabas las novedades sobre los más interesantes estrenos cinematográficos que se habían producido en Granada en los últimos meses, películas que pasarían bastantes periodos más de vacaciones para que nosotros las viésemos en nuestro inolvidable ‛‘Cinema Pérez” de tu querido tío Pepe Sánchez.

     En tu forma de narrar, en tu entusiasmo al relatarnos las escenas más interesantes y, sobre todo, en tu decidido propósito de hacernos pasar unos gratos momentos, sabias que todos disfrutábamos con ello, a pesar de mis pocos años, ya intuía que había algo especial en ti. Algunos años después comprendí perfectamente que era ese algo especial: la calidad humana que siempre te ha distinguido.

     Pero también ahí se mostraba tu inteligencia y tu decidida vocación intelectual, lo que para orgullo de cuantos te queremos, todos cuantos de alguna forma te hemos tratado o conocido –como he dicho, y no está mal recalcarlo-, como para esta misma tierra, te ha llevado de brillante alumno de bachillerato de “La Inmaculada " -una de las razones de tu especial devoción mariana- al reconocido científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas que has sido y serás para siempre, aunque hayan llegado los años de la justa jubilación. Todo ello, tras una vida repleta de dedicación al estudio y a la Ciencia, te ha hecho justo acreedor al desempeño de relevantes funciones profesionales, docentes y científicas: doctor en Farmacia, profesor en laUniversidad de Granada, becado por importantes instituciones científicas, realización de numerosos trabajos de investigación, publicación de los mismos –como el excelente dedicado a los Balnearios de Alhama-, participación en destacados congresos científicos nacionales e internacionales, supervisor de instalaciones radioactivas de la misma Junta de Energía Nuclear, director de tesis doctorales, miembro del Consejo Asesor para la Ciencia y la Tecnología, coordinador de los Planes de Formación del Consejo General de Colegios Farmacéuticos, miembro de prestigiosas sociedades nacionales y extranjeras de Fisiología Vegetal, etc., etc.

     Lo dicho, toda una fructífera vida dedicada a la ciencia de verdad, sin improvisaciones ni inventos de “descubrimientos” que o no existen o son la repetición del mismo una o cien veces. Tu indiscutible calidad científica jamás ha mermado tu leal e inconfundible práctica del noble concepto que tienes de la familia, ello también gracias a Manola, la que deja bien claro que no detrás, sino junto y al lado de un gran hombre, hay una excelente mujer. Y todo ello, querido Juan, poniendo en evidencia que aquél niño que fui no se equivocaba al sentir inmenso aprecio por aquel Juan Sánchez de mi infancia, aquel Juan que jamás dejó de ser como era, que no ha perdió nunca la sensibilidad que desde niño le distinguía.

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    El grupo de amigos a mediados de los años 50, de izquierda a derecha; 1 Pedro Luis Pérez Morales,
    2 Cristóbal Peña Velasco, 3 Juan Sánchez Raya, 4 Beni Gómez Ortiz, 5 Antonio Maldonado Peña,
    6 Paco Guerrero, y 7 Carlos Pérez Martel

     Aquel Juan del que, al dejar ambos Alhama, tú hacia nuestra amada Granada y yo hacia mi querida Málaga, cuando tenía noticia de tarde en tarde, revivía plenamente el viejo afecto. Era como si el tiempo y las circunstancias se encargasen de recordarnos que los vínculos que nos unían eran, como así es, irrompibles, quizá porque están hechos con el amor y el imperecedero recuerdo de quienes, dándonos la vida, tanto nos quisieron y ya, desde hace años, velan por nosotros desde la Eternidad.

     Así se dieron, cada vez que surgía la más mínima oportunidad para ello, inequívocas muestras de ratificación del viejo afecto mutuo. Por ejemplo, volcado ya sobre Málaga, un día de vísperas de vacaciones de Semana Santa, de hace cuarenta y cinco años, recibía una carta de un inolvidable amigo de los primeros años de juventud en Granada, Armando Jiménez Correa, que sigue siendo inolvidable para mí aunque hace más de treinta y tantos años que nada sé de él, no sabiendo de la amistad existente entre nosotros, me escribía: “He conocido a un muchacho, licenciado en Farmacia que se llama Aniceto, de Alhama. Me ha hablado muy bien de ti. Es una estupenda persona, de las que quedan pocas”.

     Y una vez más los emocionados recuerdos y el cariño contenido tomaban toda su inmensa dimensión. Y así a lo largo de los años, una y otra vez, cuando te encontraba sin esperarlo, junto con Manola, en cualquier acto o acontecimiento para mí siendo parte de la grata sorpresa que proporcionan estas cosas.

     Lo que no imaginé de niño, es como también Alhama nos uniría en tantas coincidencias, en el amor que sientes por ella, en cómo vives y participas en sus momentos más propios, en cómo propagas sus encantos y bellezas, en cómo no dejas de ser alhameño a pesar de las circunstancias y los años, y en el inolvidable hecho ya de que un día de la primavera de 2004, cuando pronunciaste tan magnífica “Exaltación a Nuestra Señora”, uno de tus grandes amores de toda tu fecunda existencia, tuve la inmensa satisfacción de dedicarte unas palabras, de adelantarte públicamente gran parte de esta carta que, más que escrita llevo desde siempre grabada en el corazón.

     Así, aquél día que nos encontramos en la partida a la Eternidad de nuestro bien querido y siempre recordado Paco, Francisco de Paula Pérez Morales, a principios de abril -como gran enamorado de Alhama, aunque que poco conocida en su inmensa grandeza de espíritu, vino a marcharse de esta vida entre su santo, el Patrón de Alhama, y el mismo Viernes de Dolores de nuestra Patrona-, y en aquellas horas anteriores al sepelio tú, Manola y yo recorrimos el cementerio granadino de San José visitando la tumbas de seres queridos, cuando me hablaste de aquel día de Reyes Magos en el que el caballo de cartón que te habían traído estaba junto al cuerpo presente de tu padre y, sobre todo, compréndeme, son tantas las veces que me lo has recordado en este sentido, no olvidaré jamás, además del cariño demostrado a Felipe y su familia, cuando nos acercamos al mismo lugar donde había estado enterrado mi padre y, con el cariño que siempre le has tenido y le tienes, me miraste profundamente a los ojos, me cogiste la mano, y me dijiste con tu buena voz -siempre has cantado de maravilla-, además en presente y con lo mejor de tu corazón, lo siguiente: ¡Qué gran padre tienes, toda una persona excepcional, ejemplo de generosidad y nobleza!

     Querido Juan, como siempre, con mis mejores y más cariñosos recuerdos para Manola y los vuestros, un fuerte abrazo para ti, amigo de y para toda la vida.

    Andrés

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