A Juan Miguel Cara Naveros. “Nuestros inolvidables barberos y barberías”

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     Muchísimos a los que hoy se les cuente que muy pocos varones sabían o se atrevían a afeitarse ellos mismos, que no tenían más remedio que acudir, generalmente una vez por semana, a la barbería, se sorprenderán. Pues así era y ello conllevaba el elevado número de barberos y barberías que había en Alhama.

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    Juan Miguel Cara en la actualidad

    Querido Juan Miguel:

     Dada tu profesión de barbero y la vocación musical con la que naciste, no sé cuál te agrada más para que te vinculemos a ella en primer lugar. Quizás por la musical, por ser arte y además elevado. Pero la de barbero no se queda atrás, ni en tu caso, ni en el de barberos alhameños sobresalientes, por ser oficio que en toda su historia requirió un tanto de destreza y un mucho de cordialidad y psicología hacia los demás para destacar en el mismo.

     Lo musical lo llevabas en la sangre y lo de la barbería nació de la necesidad de ejercer una profesión que, al menos, asegurara lo que la música difícilmente te iba a proporcionar en el orden económico con regularidad en un tiempo como el que te tocó vivir y al que hacemos referencia, mediados del siglo XX.

     Tu calidad de músico te venía de tu abuelo, Juan Cara Bravo, insigne director de la Banda de Música de Alhama, en los años veinte y treinta, que vino de Loja, y también de tu padre, Miguel Cara Nuño, que aunque ejercía la zapatería, tocaba toda clase de instrumentos musicales, destacando en la trompeta como tú.

     Observa si estas dos cualidades, la de músico y la de barbero, ahora peluquero, han sido tan tuyas que tus dos hijos, Juan Miguel, con sus tres carreras, es uno de los más sobresalientes profesionales de la interpretación de la música de Granada, y Manuel, con su profesionalidad y cordialidad, un excelente peluquero. Así como María del Mar, tu hija, fue una buena vocalista en el grupo musical familiar, siguiendo la trayectoria de su madre.

     Tras retornar un poco a la vida de tus mayores, tu abuelo dejó familiares barberos en Loja, cuyos nietos y bisnietos siguen en la profesión. Así, antepasados y descendientes que reuniendo cualidades y calidad para estos menesteres, dejan bien claro que tu vida estaba predestinada a la combinación de ambas actividades, desempeñando cada una de ellas con acierto y entrega.

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    En la barberia de su padre 'Boni', Jose Arjona y otros oficiales de la misma

     Hoy, vamos a hablar de las barberías en los años cincuenta, que nuestros paisanos observen que en modo alguno decimos “peluquerías”. Las que conocíamos como tales en aquellos años eran las de señoras, la de Tere y Julia. Ambos les tenemos un indudable aprecio a lo que fueron y significaron las barberías en Alhama. Tú porque fue tu vida profesional desde que tenías ocho años, yo porque tengo un grato recuerdo de ellas, de una en especial, a la que acudíamos mi padre y hermanos, la de Pepe Arjona Retamero “Boni”. Si no le pongo su sobrenombre puede que muchos alhameños no lo identifiquen, siendo como fue persona tan querida, reconocida y respetada.

     En los pueblos, el mote o apodo, teniéndolo la inmensa mayoría de las familias, se hace esencial para identificar a personas a las que, tratadas por su nombre propio y apelativo, en tantas ocasiones ignoramos sus apellidos. Puede que en algún caso, por ser despectivo o malsonante, no sea agradable identificarse con el mismo. Como fue el caso de aquél alhameño que, ejerciendo un acto de nobleza hacia el amigo recién fallecido en un cortijo de “Las viñas”, se le ocurrió afeitar al cadáver, para que tuviese mejor presencia en su última despedida, y resultó que se quedó para siempre, él y su familia, con el apodo de "afeitamuertos".

     No, no es el caso de "Boni", el que siempre ha sido para toda la familia Arjona, durante más de siglo y medio, una verdadera divisa de honor y dignidad. Viene esta designación popular porque al bisabuelo de Pepe Arjona, Bonifacio Arjona Almenara, alhameño de la mitad del siglo XIX, le recortaron de niño su nombre propio, llamándole y respondiendo él por "Boni" durante toda su vida, y aunque a ninguno de sus hijos, nietos, bisnietos o tataranietos se le puso el nada común nombre de Bonifacio, todos han ido, generación tras generación, llevando el apelativo de “Boni”, hasta nuestros días, con verdadero orgullo.

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    En la barberia del Humilladero Pepe Arjona con su mujer, Remedios Muñoz Hurtado, Juan Miguel Cara y Juan Fernadez Montes

     Las barberías de Alhama, como las de cualquier población española de los años cincuenta, tienen un peso histórico mayor del que la mayoría hoy en día puede pensar. La actuales peluquerías, su trabajo y actividad, se debe a lo que en las barberías se hizo durante tanto tiempo. Los peluqueros descienden de ellas, de sus técnicas y de sus herramientas, aunque hoy en día, sobre todo desde hace medio siglo para acá, hayan evolucionado de una forma transcendental. Hay quien se dice "estilista" pero no tiene ni idea de que su profesionalidad viene en el tiempo de los antiguos barberos.

     Claro está que, con numerosas barberías y más barberos aún en aquellos años en Alhama, difícilmente vamos a poder recordarlas y recordarles a todas y todos como justamente se merecen. En esto, además de tu ayuda, he encontrado otra por medio de mi buen amigo y gran alhameño José Antonio Arjona Muñoz, hijo de Pepe Arjona - por supuesto, de tal palo, tal astilla-, la de Juan Fernández Montes “El Pavelo”, quien comenzó a aprender el oficio allá por 1952, con el abuelo de este último, Francisco Arjona Vílchez, y que luego, unos tres años después, hacia 1955, se fue con José Arjona cuando se hizo cargo de la barbería del Humilladero, local que había quedado libre para traspasar al fallecer el barbero conocido como Juanillo, que no era de Alhama.

     Juan, desde Casal de los Avis, como él dice, sumamente atento y desprendiendo un elevado sentimiento de alhameñismo, a pesar de que en los primeros años de la década de los sesenta tuvo que emigrar a Cataluña, ha venido a ratificar el recorrido de barberías que tú me hiciste el sábado pasado. Ojalá, algún día de estos, los cuatro podamos recorrer, aunque sea por una sola vez y para nosotros, “la ruta de las barberías alhameñas a mediados del siglo XX”, ¡cuántas cosas aprenderíamos José Antonio y yo, tanto de ti como de Juan sobre aquella Alhama!

     Recordemos las barberías existentes en aquellos momentos que fueron de nuestras calles, de nuestros padres y, lógicamente, donde nos llevaban o íbamos a pelarnos cada mes. La primera que hube de visitar, con bastante asiduidad, fue la de Pedro Fernández en la calle Enciso, hasta que con cinco años nos trasladamos de dicha calle a la de Fuerte. Ahora bien, la primera que está en mis recuerdos pelándome es la de Francisco Arjona cortándome el pelo su hijo, antes de que éste se estableciese en la del Humilladero, en el conocido popularmente como Paseo de Abajo, denominado oficialmente entonces del Sagrado Corazón de Jesús, bajo el “Balconcillo de Pilatos”, donde se encontraba el bar “Corea”. Después, junto la del Humilladero, la más recordada, la de la calle Enciso, al volver a vivir a esa calle a los diez años, donde tantos días de mi niñez pasé con mis buenos amigos Carlos Fernández Bello y Miguel Fernández Morales y sus hermanas, siendo bien recibido por los acogedores padres de estos últimos, Pedro y Concha.

     Volviendo al Paseo, siguiendo hacia abajo, por Portillo Naveros, casi en la Puerta de Málaga, la de los hermanos Paco, Pepe y Juanito, “Los Tiritones”, singulares y distintos en sus carácter, para mí inolvidable Francisco por inspirarme mi cuento “El tío Karitones”. Al otro lado del Paseo, en Académico Hinojosa, la de Paco Medina, en el local que era de mis tías “Las maldonaicas”. Siguiendo Placeta arriba, ya en la confluencia con la calle Fuerte, la de los hermanos Juan y Manolo Quesada, “este último muy gracioso y dicharachero”, como nos dice Juan Fernández.

     Bajando la calle, frente a donde se encontraba Correos, casa en la que vivía por aquellos años, la de “El lunar”, de la que siempre me llamó la atención los colores rojo, azul y blanco que enmarcaban su puerta que señalaban a qué se dedicaba aquel establecimiento -lo que no sucedía en otras barberías-, que probó suerte dedicando el local a un pequeño comercio y pronto hubo de retornar a la actividad de fígaro. Más abajo, donde vive mi querido desde la niñez Juan Ochoa, la de Pedrillo Raya, maestro también de muchos barberos alhameños, y dando a la Plaza del Duque de Mandas, frente al viejo caño que a la entrada a la misma había, la de Luis Potaje, otra excelente persona.

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    Juan Miguel con Úrsula en junio pasado, una de las vocalistas compañera de su hijo en la música

     En la calle del Agua primero y, después, frente a donde se encuentra actualmente el ambulatorio, en La Joya, la de Jerónimo Larios, también guardia municipal. Y algunos años después, la de Antonio conocido por “El lojeño”, porque vino de Loja, pero que es natural de Alhama y un verdadero enamorado de nuestro y su pueblo, siendo hijo de uno de esos grandes maestros panaderos que siempre ha tenido y tiene esta ciudad, quien trajo innovaciones y comenzó trabajando con Pepe Arjona y, a su vuelta de la mili, se situó, primero, en el local que se convertiría con el paso de muchos años en la librería de Rosa Espejo y, después, en el local de calle Académico Hinojosa propiedad de mis tías, no sé si porque era mejor para una barbería o porque estaba más cerca de “El alambique”, donde vivía su amor de toda la vida.

     A todos estos maestros barberos había que sumar sus respetivos oficiales, quien los tenía, y aprendices, con los que sí contaban la gran mayoría, así como los barberos "ambulantes" que prestaban su servicio a domicilio o por los cortijos, que también eran varios.

     La barbería era casi siempre ubicada en locales pequeños. Ahora bien, más que una tienda, era un lugar de encuentro donde se charlaba de todo, recuerdo que además de contar con el “Ideal” o "ABC”, o ambos, se hablaba, más que de fútbol, de toros, lo que contaba entonces con bastantes más aficionados. Repletas de personas esperando su turno; por lo tanto, al encontrarse muy variada clase de vecinos, las críticas o comentarios inadecuados no se solían dar.

     Una mirada en el recuerdo al barbero, a las barberías de nuestra niñez y juventud, es volver a encontrarnos con gestos y objetos míticos: aquellos sillones de los años cincuenta, la brocha, el jabón y la crema para afeitar, la tacilla para contener agua jabonosa producida por el jabón, la navaja barbera, las distintas tijeras, la maquinilla de pelar, toallas, papel de estraza o de periódicos de días anteriores, en pequeños y cuidados trozos, para limpiar el jabón de la navaja, etc.

     A la navaja se la suavizaba el filo constantemente mediante el denominado “asentador”, artilugio con mango y una tira de cuero sobre el que se deslizaba la misma con el lomo hacia adelante dejando atrás el filo. Afilando la navaja con el asentador era una de las imágenes más genuinas de un barbero en plena y decidida faena.

     Combinando conocimiento y oficio, además de corte de pelo y del afeitado, el retoque de bigote y de barba, a gusto del cliente. A lo largo del tiempo la barba venía a ser un signo de potencia sexual, aunque también su descuido y crecimiento descontrolado era visto como evidencia de falta de higiene. Los adolescentes, en unos años concretos, estaban deseosos de que les saliese la barba para poder afeitarla, y entonces pasaban a ser “hombres con toda la barba”.

     El incomparable ritual de ser enjabonado con brocha, era propio de los que habían aprendido a disfrutar con el afeitado, "rasurador" y rasurado. El afeitado exigía llevar a cabo varias operaciones, empezando por la de mojar y jabonar, ardua labor que en aquella época ejercían los aprendices para pasar al afeitado, lo que efectuaba el maestro “cogiendo la navaja con la mano derecha con el dedo puesto entre el extremo inferior de la hoja y el mango y haciendo permanecer la piel todo lo tirante posible, con los dedos pulgar e índice de la mano izquierda para terminar con el repelado y el lavado de la cara con agua limpia y su enjuague con un paño o toalla”.

     Juan “El Pavelo” de todo esto, estando con Pepe Arjona, le recuerda a su hijo: “Tu padre era el barbero de la alta sociedad del pueblo, sus clientes eran desde el que fue alcalde don Miguel Ramos, los Pérez, don Benito el dueño del Andaluz, el Administrador de Correos don Inocente García Carrillo el cual me deleitaba con sus charlas mientras le enjabonaba la cara con agua caliente que trían en un termo sus hijos”. Así era, apreciado Juan. En cada tiempo, según iban pasando los años, desde mi hermano Felipe, pasando por Juan Manuel y Félix Luis y, al final, yo, acudíamos a la barbería, además de para pelarnos cada mes, para guardarle turno a mi padre, que si mal no recuerdo se afeitaba, al menos, en días alternos, así como para llevar agua caliente en un termo, ya que en las barberías no la había y mi padre, de esta forma, que puede que a alguno le hiciese gracia en aquel momento, podía decir, en los meses de invierno, fríos y nevados, "ande yo caliente y ríase la gente”.

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    Juan Miguel con dos de sus hijos el pasado mes de febrero de 2015

     Se preguntaran los más jóvenes como es que había trabajo para tantas barberías a la vez, comenzando su jornada a las ocho de la mañana y terminando bien pasadas las diez de la noche y, en sábados y vísperas de festivos, hasta pasadas las doce, llegándose a dar hasta cien servicios en un solo día y trabajándose también domingos por la mañana. Muy sencillo, Alhama tenía una población de hecho de más de ocho mil habitantes y resultaba que muy pocos, pero que muy pocos, eran los que se afeitaban en casa. Utilizar la navaja barbera conllevaba un manejo que muy pocos poseían, no atreviéndose a practicarlo consigo mismos. Sólo he conocido una persona que se afeitara el mismo en casa con su navaja barbera, mi querido chacho Paco, Paco Maldonado, muy diestro en ello, que no dejó de hacerlo durante toda su vida. No existían las cuchillas, ni por tanto las maquinillas de afeitar y, menos aún, las eléctricas. La inmensa mayoría de los varones tenía que ir a afeitarse, una vez por semana al menos, que es lo que hacía la mayoría, y a pelarse una vez al mes como mínimo, tener mucho pelo estaba muy mal visto. De ahí, la gran actividad de las barberías y de los barberos que iban por las casas.

     Tú, concretamente, que con la indicada edad de ocho años, alternado el trajín barbero con las asistencia a la escuela del Paseo de don Luis Reyes, primero, y, después, la de don Enrique Ramírez en la Joya, entraste de aprendiz en la barbería de Pedro Raya, en la calle Fuerte, como hemos indicado, y cuatro años después, a los doce, saliste de la misma y comenzante tu “independencia profesional” afeitando, con tu navaja barbera marca alemana “Guillermo Ope”, y pelando de casa en casa y por los cortijos hasta que te fuiste a la mili, a Canarias como tu compañero de quinta mi hermano Felipe, donde también afeitaste a un buen número de soldados y oficiales. A tu vuelta abriste tu barbería en la calle Guillén, donde transcurriendo el tiempo situaría su taller de zapatería nuestro recordado Salvador Fernández Pavón “Marín”. Transcurriendo los años, tras un pequeño periplo por Cataluña, volviste y te estableciste en el local de Académico Hinojosa, desde donde pasaste al que actualmente tiene tu hijo Manuel en Humilladero, una vez que lo dejó Maxi.

     Afeitar ha sido siempre, por el menos tiempo que se tardaba, bastante más barato, a pesar de ser una tarea más difícil, que el corte de pelo. El coste era algo, más o menos, de una peseta -0,01 céntimos de euro- por afeitado y de tres pesetas -0,02 céntimos de euro, con el redondeo- por pelado. También existía el pago por trueque, o abono anual en este caso, una fanega de trigo y se afeitaban todos los de una familia, padre e hijos, fuese el número total que fuese, durante todo el año, con un servicio por semana a cada uno.

     El ser barbero estaba considerado como buen oficio, era durísimo y muy sacrificado. Se entraba de aprendiz con siete u ocho años y se trabajaba tantas horas como hemos visto, requiriendo cierta amabilidad con el cliente y, en ocasiones, aguantar hasta a los más pelmas que, como siempre, los ha habido y habrá por doquier.

     Desde entonces, años cincuenta, a poco después, se ha pasado de la necesidad de ser afeitado por otra persona, mediante navaja barbera, a afeitarse uno mismo mediante una maquinilla de una sola hoja desechable. También en esto fuimos bastante atrasados, para suerte de nuestros barberos, ya que durante la Primera Guerra Mundial el ejército americano utilizaba hojas de afeitar Gillette, y fueron décadas después cuando comenzaron a fabricarse en España cuchillas de afeitar, las primeras que yo recuerdo son las inolvidables “Palmera”, lo que propició que el barbero ejerciese cada vez menos y subiese la labor de los peluqueros, y así las barberías, las que aguataron, se fueron convirtiendo en salones de peluquería.

     Además de todas esas barberias de las que hemos hablado de mediados de los años cincuenta, no puedo olvidar la que "montaba" mi hermano Juan Manuel, Juan Manuel Brazam, en la cocina de la casa donde  viviamos. Disponía una silla inclinada y apoyada sobre la pared, cual sillón de barbería, nos sentaba y enjabonaba la cara a mi hermano Félix Luis, primero, y a mí después, y con al mango de una cuchara, o cualquier otra cosa apropida al efecto, nos "afeitaba". Parece ser que, además que por el pincel, tenía también cierta vocación por la navaja barbera.

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    La familia al completo, con la recordada Encarna, en una de sus actuaciones de 1996 en Pilas de Algaida

     Apreciado Juan Miguel, recordar contigo todo esto ha sido rememorar unos años que jamás se han ido, ni se irán, mientras vivamos, ni de nuestra memoria ni de lo mejor de nuestro sentimiento. Concretamente Juan Fernández, a José Antonio Arjona “Boni”, cuando en mi nombre le ha pedido que nos hable de todo aquello, ha comenzado sus palabras de esta forma: “Encantado de refrescar mi memoria para la que fue, y sigue siendo, mi profesión a pesar de estar ya muy jubilado”. Lo que quiere decir, como es tú caso, que la profesión de barbero imprime carácter y, a la par, prudencia y discreción, pues si contaseis todos lo que habéis observado y visto en el ejercicio de la profesión sería demoledor para cretinos creídos y soberbios insoportables que siempre los ha habido y habrá.

     Como desde hace tantos años, recordado a tu querida Encarnación, ejemplo de elevada amabilidad y que supo compartir la vida plenamente contigo y vuestros hijos, recibe mi afecto con un fuerte abrazo.

     Andrés

    Nota de la redacción; si disponen de fotos de los barberos o barberías de Alhama nos la pueden enviar, ya que sería muy interesante poder incluirlas. Gracias (Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.).

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