A Juan Miguel López Cortés. "Los abuelos en nuestra infancia y niñez"

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    Nuestros abuelos, como tales, no tuvieron la suerte que tenemos los de hoy. Un niño, al nacer, no era usual que tuviese dos de sus cuatro abuelos. Menos aún a lo largo de su niñez y juventud, siendo excepcional que coexistiera con sus cuatro abuelos. Así, esta carta, más que por nuestros nietos, va por los que nos sentimos, gracias a ellos, dichosamente abuelos. ¿O no?.


    "CARTAS ALHAMEÑAS"

    Andrés García Maldonado
    A JUAN MIGUEL LÓPEZ CORTÉS
    "Los abuelos en nuestra infancia y niñez"

    Querido Juan Miguel:

     El transcurrir de los años, que tantas cosas se lleva por delante, jamás logra que quien fue un buen amigo en la niñez y primeros años de juventud se aleje de lo mejor de nuestros sentimientos. Así, debiera empezar esta carta con un querido e inolvidable "Juanmi", como te llamábamos familiares y amigos en aquellos años de nuestra vecindad y juegos en la calle Enciso en los que, con cinco meses de diferencia, siendo los menores de nuestras respectivas familias, nos quedamos sin padre, cuando apenas contábamos diez años, y tan sólo llegamos a conocer un abuelo.

     Aunque, eso sí, nuestras madres, siempre queridas e inolvidables, nos demostraron su amor, con entrega y coraje, para sacarnos adelante, y que esa gran ausencia nos afectase lo menos posible. Por un lado, con tres hijos, tus hermanos Paco, Pepe y tú, siempre queridos y apreciados por todos, por vuestra noble y cabal forma de ser a lo largo de vuestras vidas, y, por otro, con cuatro, León Felipe, Juan Manuel, Félix Luis y yo.

     Pasaron los años y ambos llegamos, para suerte nuestra, a la acogedora tierra de Málaga. Sí, nos hubiese gustado seguir en Alhama, pero las salidas profesionales allí, por aquellos años de nuestra juventud, eran cada vez más difíciles, casi imposibles. Así, cientos y cientos de personas, año tras año, tuvieron que partir. Muchos, entre ellos buenos amigos, fueron hacia el norte, sobre todo a Cataluña y País Vasco, otros al extranjero y muchos tuvimos la suerte de ubicarnos más cerca de Alhama, como nosotros, en Granada ó Málaga, desde donde, como es nuestro caso, volvíamos los sábados a nuestro pueblo.

     Después, la inmensa suerte que nos ha deparado la vida. Toda gratitud es poca. Las buenas, y para ti y para mí, y para cuantas las conocen y tratan, singulares Fina y Marí Carmen. Cuarenta años compartiendo las dichas de la vida y también los sufrimientos que nos han ido tocando, que de todo ha habido y queda por haber, le dejan a uno las ideas bastante más que claras.

     Después tus hijos, Francisco Damián y José Carlos, conocieron a tres abuelos; los míos Carmen Elena también a tres, aunque con cuarenta días se quedó sin abuela materna, y Félix Luis, tan sólo a sus abuelos maternos. Ahora tus nietos conocen a sus cuatro abuelos, al igual que los míos.

     Hay temas y cuestiones que, siendo ahora muy distantes para nuestros hijos y nietos, algún día creo que les resultarán interesantes o, al menos, curiosos. Quizá esto se produzcan nada más observen el cambio producido en estas últimas décadas, aunque ahora pueda parecerles una “conversación más de abueletes".

     Hoy en día, salvo en algunos casos insólitos o excepcionales, los nietos son toda una inmensa felicidad. Como me imagino que de alguna madera lo pudo ser siempre cuando una persona normal veía nacer y crecer a los hijos de sus hijos. La sangre siempre ha tirado y seguirá tirando mucho. Ahora bien, la forma de expresarlo, también probablemente de sentirlo, ha cambiado muy considerablemente en este último medio siglo, como bien sabes y experimentamos ambos.

     También yo, creo que como tú, he cambiado en la visión que tenía de los abuelos hasta que lo he sido. Cuando algún amigo abuelo, sobre todo primerizo en ello -he tenido y tengo tan buenos amigos bastante mayores que yo-, no dejaba de hablarme de su nieto, lo comparaba con el recién divorciado que no dejaba de dar la matraca a sus mejores amigos sobre las "maldades" de su exmujer. Y ahora resulta, en lo de abuelo, que, desde que nació Aitor, por tu parte, y Andrés Corsini, por la mía, nos las hemos tenido que "tragar" todas y ¡hasta que punto! Lo que ha ido en aumento con los segundos que nos han llegado, Daniela y Valeria, en lo que a ti se refiere, y Juan Carlos, en cuanto a mi, y veremos lo que pasa a partir de estos próximos meses, en mi caso, cuando vengan José Félix y Luis Rafael.

     Compartimos una enorme suerte, nosotros y ellos. Los abuelos y nietos actuales. Por su lado, porque nos tienen; por el nuestro, porque hemos llegado a conocerlos y disfrutarlos, pasando a ser parte esencial de nosotros.

     Recuerda la diferencia. Ahora, la inmensa mayoría de los niños nacen estando vivos sus abuelos y abuelas y, además, coexistiendo con ellos bastantes años. Mientras que más de la mitad de los hijos que tuvieron los padres de principios del siglo pasado -la de nuestros padres-, nacieron habiendo perdido ya a sus abuelos, y a un tercio sólo le quedaba una abuela, la que perdían tempranamente. Un ejemplo, el caso de mi padre. Fueron siete hermanos, a los dos años de nacer murió Andrés, el más pequeño de la casa, y con catorce años mi padre, el mayor de ellos, ya no tenían ni padre ni madre, ni abuelo alguno.

     Otro ejemplo que se acerca más aún, el nuestro. En la calle en la que nacimos vivíamos varios amigos que con los mismos años ya no teníamos padre, además de nosotros, Pepe Guerrero Espejo, nuestro inolvidable y siempre querido Manolo Martín Medina “El socio”, sin madre desde temprana edad,… habiendo muerto cada uno de ellos, el que más, con unos cincuenta años, tu padre lo fue con cuarenta y seis, y contando nosotros, casi todos, con una sola abuela o abuelo.

     Se daban elevadas tasas de mortalidad y una baja esperanza de vida. Esto se compensaba con elevada natalidad. Raro era el matrimonio que, al menos, no tenía cuatro hijos -tu hermano mayor, Gabriel, a las pocas semanas de nacer, murió- y de ahí para arriba. Ahora, todo esto ha cambiado. ¡Y de qué manera!: bajas tasas de mortalidad y elevada esperanza de vida, con mínimas tasas de natalidad. Dicen que España será, el próximo año, el país en el que menos bebés nacerán. En estos momentos, la tasa de fertilidad de España es la tercera más baja de Europa, sólo Portugal y Polonia tienen los índices más bajos.

     También en esto el cambio ha sido sorprendente, por bendita fortuna. En los comienzos del siglo pasado, la esperanza de vida al nacer estaba en menos de los 35 años, ahora ya está por encima de los 82 años, sólo Islandia y Suiza nos superan en esto. Concretamente cuando nuestros nietos tengan treinta y tantos años estará en torno a los 89 años. Ya para el año que viene se prevé que en nuestro país el número de nacimientos será inferior al de fallecimientos.

     Esto puede tener sus problemas, alguno de ellos muy graves, pero no tan catastróficos como se dice. Nuestros hijos y nietos verán como con el paso de los años se alcanzarán adecuadas soluciones con nuevos avances y mentalidades con más visión (y honradez) que las de muchos -no la mayoría- de los que ahora nos conducen política y socialmente o, mejor dicho, nos acercan a los precipicios.

     Ya con los mismos abuelos, por lo general, también se ha producido un trascendental cambio en lo que eran y se consideraban como tales. En nuestra infancia y niñez los abuelos venían a tener la función de historiador de la familia -esto parece ser que por nuestra parte no se ha perdido-, de cuenta cuentos -lo que tampoco hemos dejado de hacer- y se les consideraba algo así como prototipos de moralidad, quizás por la seriedad que gastaban bastantes, que no la mayoría, queriendo darle así más relevancia a la personalidad de la que presumían y puede que no tuviesen. Recordarás que teníamos compañeros que les hablaban a sus abuelos de "usted", como en más de un caso, en aquellos finales de la década de los cincuenta y principios de la de los sesenta, escuchábamos como algún que otro mozalbete no tuteaba a su padre. Dándose esto en personas que pasaban más tiempo en el campo que en el pueblo.

     En esta clase de tratamiento, por aquellos años, se acentuaba en muchos casos la autoridad natural del abuelo ante el nieto. Creo que, de este modo, se llegaba a un "respeto" que podía mermar la confianza del menor hacia el mayor, distanciándole algo o no propiciando charlas y juegos.

     No muchos años después, todo esto comenzó a cambiar, a democratizarse la relación y a exteriorizarse, como hasta entonces no era usual que se hiciese, el mutuo afecto entre abuelos y nietos.

     ¿Por qué fueron las cosas así entre abuelos y nietos? La primera porque nuestras madres se dedicaban principalmente, por no decir exclusivamente, a nuestro cuidado y al de la casa. No estaban incorporadas al mundo laboral, lo que no quiere decir que no se hincharan de trabajar en la casa y también, muchas mujeres de aquellos años, cuando la penuria lo imponía, haciendo las tareas en las ajenas. Otra razón, la aportación económica para el sustento de la casa y familia venía a depender del varón, salvo contadas excepciones. Otra más, la equiparación en cargos, funciones y responsabilidades entre el hombre y la mujer era totalmente nula, más que nula, sorprendentemente discriminatoria. Todo esto llevaba a que los niños, con las madres en la casa cuidándoles, no tuviesen muchas de las dedicaciones y atenciones que ahora les prestan los abuelos.

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     En los años de nuestra niñez, como recordarás, se resaltaban aspectos como la juventud, la fuerza, el vigor de los jóvenes, no dándole el valor que correspondía a ciertas cualidades de la vejez. Se tenía muy presente, tanto por la propia familia como por la sociedad en su conjunto, el deterioro biológico creciente de los abuelos, se situaba a los mayores cercanos a la inutilidad y, con el paso de algunos años más, en aquél estadio familiar de "la espera". Por supuesto, existían y se daban, y hasta manifestaban, muy abiertamente, los vínculos de amor entre los mayores y sus hijos, entre abuelos y padres. En tantos casos, eran esos lazos los que llevaban y obligaban al cuidado de los segundos hacia los primeros, devolviendo así el amor recibido por parte de los primeros, pero, seamos sinceros, en tantos y tantos casos, dadas las circunstancias y los tiempos de precariedad que se vivían, suponía una carga para muchísimas familias.

     Tú conociste tan sólo a tu abuelo materno, Francisco, hasta los ocho años, yo a mi abuela materna Inocencia, hasta los veintiún años. Pensando en nuestros amigos, la práctica totalidad les recuerdo tan sólo una abuela, y mis primos hermanos alhameños Juan Luis, Paco, Ana Mari, Juan Luis Rodríguez, Chencha, Pepe, Charo, Carmen y Ricardo, como mis hermanos Juan Manuel y Félix Luis, igualmente sólo conocieron a nuestra abuela Inocencia. Sólo Felipe conoció, además, a nuestro abuelo materno Juan Bautista, el que murió cuando él tenía tres años.

     La relación con la abuela solía ser muy estrecha. En mi caso fue excelente. Nací en su casa y allí viví mis primeros años, me cuentan que, a la hora del almuerzo, primero me pasaba por su comedor y elegía plato y después lo hacía con mis padres. Si el mayor de los hijos y nietos dicen que tiene muchas ventajas al ser el primogénito, el benjamín no se queda atrás cuando ya están todos en la vida, bien lo sabemos nosotros.

     Mi abuela, cuando a los cinco años nos fuimos a la casa de la calle Fuerte, se entristeció mucho al despedirse pensando que tardaría en vernos a mi hermano Félix Luis y a mí, los más pequeños. Al día siguiente, a la hora de la merienda, escapándome de mi nueva casa, estaba junto a ella. Claro está, merendando nuevamente.

     Era tal el cariño que nos teníamos que mi tío Paco se encargó, años después de morir ella, que su cama llegase hasta mi para ser la mía. Realmente una pieza histórica que le regaló su tío Diego Prados -siendo el dormitorio propio de éste-, propietario de la primera tienda de muebles de calle Larios cuando se inauguró en 1891, con el que pasaba largas temporadas de soltera. Cama en la que nacieron mi madre y sus cuatro hermanos, así como mis hermanos y yo.

     Tras la muerte de mi padre, volvimos a su casa y, en aquellos años, en los que se estrechó nuestra amistad y afectos, apreciado Juan Miguel, fue la abuela que contaba historias, cuentos y leyendas y nos aconsejaba, echándonos también buenas regañinas cuando lo consideraba necesario. Fue una buena y cariñosa abuela, la que vivió y tratamos hasta tener casi veinte años el que menos de los trece nietos que tuvo.

     Los cambios que se produjeron en Europa en la segunda mitad del siglo XX, especialmente en los órdenes económicos y sociales, han dado lugar a modificaciones en los demás aspectos de la sociedad. La mejora de la supervivencia adulta produce un cambio espectacular a partir de entonces. Los hijos de las generaciones nacidas en los años cincuenta vienen al mundo teniendo vivo un abuelo, en el 85 % de los casos, y a la abuelas prácticamente en el 95%. Así se han producido cambios en las familias tanto a nivel de estructura como de dinámica, surgiendo nuevas formas familiares.

     La mortalidad infantil, algo desgraciadamente muy frecuente en la primera mitad del pasado siglo, es hoy un hecho muy poco probable, y, así, por supuesto, muy duro para las familias cuando sucede. A principios del siglo XX, de cada mil nacidos morían, antes del año, casi doscientos. En estos años, la proporción ha descendido a no alcanzar los cinco, algo difícil de mejorar. Este alargamiento de vivir distintas generaciones a la vez ha tenido como consecuencia que los niños lleguen a conocer a sus abuelos, no tan solo durante más tiempo, sino también a un numero mayor de ellos, y hasta a tener a algún bisabuelo vivo, como mi nieto Andrés nació viviendo su bisabuela Ana María.

     La variación se da sobre todo en el crecimiento cualitativo y cuantitativo respecto a la esperanza de vida media de la población, que ha supuesto, a partir de aquellos años precisamente, un envejecimiento poblacional notable en España. En esto, venimos a mantenernos tan sólo un poco por encima de la media europea, adelantándonos bastante Alemania, Italia y Grecia. De ningún modo es deseable que mueran más que nacen. La solución está en que vengan más niños a la vida. Eso sí, que se sepa ya plantear y aplicar una política realmente eficaz para las familias, sean del tipo que sean.

     Los abuelos nos hemos convertido en figuras relevantes en la educación de los niños. Transmitimos valores familiares y mantenemos el vínculo entre generaciones. Sin olvidar como nos afanamos, en tantos casos, en conseguir la mejora de la comprensión de la conciencia social del mundo en que vivimos.

     La relación entre abuelos y nietos es magnífica, llena de inmejorables beneficios para ambas partes. Los abuelos dan a sus nietos afecto, amor, cuidado, genuina amistad, comprensión, apoyo, compañía, entretenimiento y todo cuanto más podemos; y recibimos de ellos amor, afecto, amistad, estimulación, alegría, compañía, sentido emocional para la continuidad de nuestras vidas y multitud de sorpresas más cuando menos lo esperamos. De señalar cada uno lo que está experimentando en esto ahora mismo, sería interminable.

     Por supuesto que siempre hubo cariño, inmenso y ejemplar cariño, entre abuelos y nietos. Como lo habrá siempre. Aunque también en tantos casos no fue así, como igualmente sucede ahora que hay abuelos que, en modo alguno, pueden considerárseles como tales por tantas razones negativas.

     Lo dicho, la suerte que tenemos los abuelos y los nietos de ahora, es un verdadero don divino. Quien no lo crea así porque aún no es abuelo, ya lo sabrá. Y quien siéndolo esté en desacuerdo con lo expuesto, sólo decirle que lo siento y que no sabe hasta qué punto.

     Recuerdos para Fina, excelente y cordial persona; besos para Aitor, Daniela y Valeria, y un fuerte abrazo para ti, sin olvidar, por supuesto, a Paco y Pepe, buenos amigos de y para siempre. Y hoy a seguir con los nietos. ¿O no?, querido Juanmi.

    Andrés.

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