A Antonio Cruz Ramírez. "El cine en Alhama en los años cincuenta"

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    “Tontos, imbéciles y hasta mariquitas -por supuesto, con otra palabra que estigmatizaba profundamente en aquellos años- era lo menos que decían, se expresaban otras obscenidades que mejor no recordarlas. No teníamos más remedio que soportarlo. La verdad, no sé si tú llegaste a acostumbrarte a ello, yo tardé años”.

    “CARTAS ALHAMEÑAS”
    Andrés García Maldonado
    A ANTONIO CRUZ RAMÍREZ
    "El cine en Alhama en los años cincuenta"

    Querido Antonio:

     Tontos, imbéciles y hasta mariquitas -por supuesto, con otra palabra que estigmatizada profundamente en aquellos años- era lo menos que decían, se expresaban otras obscenidades que mejor no recordarlas. No teníamos más remedio que soportarlo. La verdad, no sé si tú llegaste a acostumbrar a ello, yo tardé años.

     Nuestro apego venía desde nuestra infancia. Contigo, por tu calidad de persona y excelente chaval, se congeniaba de maravilla. Como ha venido sucediendo a lo largo de toda tu vida. Siempre has sido y eres una buena persona, en el más elevado sentido que lo dijo el poeta.

     Tu padre, don Justo, y el mío tuvieron una buena amistad desde que llegó el tuyo, con toda su familia -tu madre, tus hermanos Arturo, siempre apreciado, y Mercedes y tú-, a Alhama como director de la sucursal del Banco Central.

     El amplio escenario para nuestros juegos, entretenimientos y carreras, quedaba especialmente comprendido en el mismo corazón de nuestra Alhama. Desde la calle Fuerte, en la que se encontraba la Estafeta de Correos -donde viví de los cinco a los diez años-, y lo que hoy es la Carrera de Francisco de Toledo, entonces Paseo del Sagrado Corazón de Jesús, en el que se hallaban las escuelas de niños de esta parte del pueblo, y, en medio de todo ello, la Placeta, las amplias terrazas de “El Andaluz” y “La Terraza”, el Paseo y la calle Académico Hinojosa en la que estaba ubicado el banco y, sobre el mismo, vuestra vivienda durante todos los años que residisteis en Alhama.

     Sí, apreciado “Antoñín”, como cariñosamente te llamábamos familiares y amigos en aquel tiempo, sé que estás recordando aquella tarde que jugando ambos en todo lo alto de las escaleras que daban acceso a las cámaras de lo que era entonces “mi casa”, sin lugar a dudas influenciados por una de las últimas películas de aventuras que habríamos visto, parapetado yo en una gran canasta, chocaste con ella -no me atrevo a decir que pude empujarte, pues el afecto que te tenía y mi condición personal me impedían hacer eso con malicia, y, por tanto, si lo hice físicamente fue sin pensar las consecuencias posibles de ello- y rodaste escaleras abajo dándote unos sonados golpes que hicieron hasta salir del despacho a mi padre todo preocupado por lo que acaba de escuchar. Por fortuna, nada te pasó, ni siquiera lloraste; pareciera que, con aquellos pocos años, estábamos hechos de goma.

     Aunque no dejábamos de jugar a lo propio de nuestra edad y época, siempre con nuestros muchos amigos, correteando por nuestros paseos, salvo cuando la lluvia nos obligaba a permanecer en una casa, lo nuestro era, sin duda y sobre todo, el cine.

     No recuerdo si tú, como tantos chiquillos, entrabas gratis al “Cinema Pérez”. Yo sí, la razón creo que era porque las películas llegaban por Correos y el administrador de este servicio era mi padre. Por lo que, cuando de domingos y festivos se trataba, al menos, no me perdía ni una película, al igual que algún día entre semana. Siendo el menor de la casa, mis hermanos Felipe o Juan Manuel, o ambos, me pedían que le dijese a mi padre que nos dejase ir al cine porque “echaban una película muy bonita”.

     Los días de cine eran todos los festivos así como los feriados y navideños, en funciones de 7,30 tarde y 10,30 noche; los lunes se repetía la película, en horario de 10,30, y los jueves se proyectaba una nueva también a las 10,30 noche. Se anunciaban las películas en sendas pizarras colocadas en la pared de la posada -hoy Hostal de San José- y en el lateral izquierdo mirándolo de frente, ya pegando a la calle Salmerones, del entonces Mercado Municipal, hoy aparcamiento, a la espera de mejor y necesario destino para toda la ciudad; y, muy especialmente, en el lateral que mira al actual “Mesón de Diego”, del edificio de lo que conocíamos como “Café Central” -el histórico edificio de la Sociedad Económica de Amigos del País, actual comercio de Carlos Molina-, donde lo que se exponía era una composición con fotogramas de la película.

     Los domingos y festivos, inmediatamente abrían las puertas para la función de la tarde, allí estábamos tú y yo, y bastantes más chavales, para hacernos con asientos en la primera fila. La que creo que no ponían a la venta, precisamente para este fin de “invitados menores”. Dejábamos nuestros abrigos o alguna prenda reservando los asientos y nos poníamos a jugar como unos verdaderos alocados, ante la primera fila, así o bien nos íbamos a la sala de espera a retozar mientras se anunciaba el inicio de la función.

     La sala de espera, con una barra en la que en algún festivo de verano se servían gaseosas de La Parra, estaba repleta de carteles anunciadores de películas, varios de ellos expuestos durante meses y meses, hasta algún año, y la película no llegaba. Los varones mayores iban allí a fumar. Estaba prohibido hacerlo en la sala de butacas, norma que no pocos incumplían y, muy especialmente, los sentados en la última fila, la 25, pegada a la pared del fondo dejando un amplio pasillo delante de la misma.

     La sesión comenzaba con el “NO-DO”, obligado, con la inolvidable voz de Matías Prats. Años antes, entrados los nacionales en Alhama, 1937, y años 40, el canto del “Cara al sol” con todo el mundo puesto en pie y brazo en alto era el inicio de “la velada cinematográfica”, como recordarán nuestros mayores. A mí el "noticiero-documental" me agradaba, claro, no sabía lo manipulador que era reflejando semanalmente lo bien que iba España y los grandes logros del hombre “heroico”, “eficaz” y “extraordinario” que teníamos los españoles como caudillo. Tras el documental, los tráilers de las películas de próxima proyección, que nos despertaban ya una ilusión por verlas, dado que se mostraban en pantalla las secuencias más interesantes de las mismas. Tras todo esto, el inicio de la película que ya esperábamos con cierta impaciencia, hasta el punto de que se nos hacían pesadísimos los créditos o reparto del film, y, por fin, la historia propiamente dicha con la que ya estábamos metidos en el mejor esparcimiento que teníamos el conjunto de los alhameños a la semana.

     Entre nuestras primeras películas, en aquellos años de la década de los cincuenta, abundaron los “Western”, las del Oeste o de “cowboy", “comboys” como decíamos nosotros, casi todas en blanco y negro. ¿Quién de aquellos años no recuerda varias de éstas? Como “Murió con las botas puestas”, “La carga de la brigada ligera”, “La diligencia”, “Winchester 73”, “Caravana de mujeres”, “Fort Apache”, “Sólo ante el peligro” con Gary Cooper –pronunciábamos el nombre, como los de todos los artistas fuesen de donde fuesen, tal como se leían en español, no teníamos ni idea de palabras en inglés salvo el "The End"-, “Horizontes lejanos” y, ya en color, a partir de la mitad de la década de los cincuenta, entre otras, “Centauros del desierto”, “Río Bravo” y, sobre todo, “Raíces profundas”, con Alan Ladd. Esta última creo que ha sido la película que más veces vimos en una misma semana, pues se proyectó en el invierno de 1957, en los días que cayó el nevazo más grande que recuerdo sobre Alhama. El pueblo quedó totalmente incomunicado durante siete u ocho días y el “Cinema Pérez”, ante la situación, decidió proyectar esta cinta, la única que tenía, todos y cada uno de aquellos días. Por lo tanto, a muchos se nos quedó grabada de principio a fin.

     También a ti y a mí nos gustaban las películas del Oeste. Sobre todo cuando, estando los indios “dichosos” y “malvados” a punto de hacerse con el fuerte o con la caravana de “los buenos” de turno, tras un durísimo ataque, y, ya casi a punto de caer los heroicos soldados o colonos americanos sitiados, o ambas cosas, aparecía a todo galope y anunciándose con arrebatador toque de corneta el 7º Regimiento de Caballería de los EE. UU. No sé si se daban por enterados los sitiados, pero lo que era el edificio del cine retumbaba con los gritos de alegría y zapatazos de buena parte del público y, sobre todo, del anfiteatro y “gallineros”, siempre abarrotados de público. Lo que hacía que, concluida la película, los niños saliésemos del cine “a galope”, corriendo, imaginando e imitando que íbamos montados en singulares corceles, hasta el mismo paseo, saltando por doquier y, en especial, el pretil de “los bollaos”, inolvidable para nosotros, el que los días festivos se encontraba totalmente libre de personas a aquellas horas de la noche.

     En esos años de las películas en blanco y negro, los festivos se aprovechaban para proyectar las que agradaban a todos los públicos y, los jueves, por lo general, las películas selectas para un público más concreto de personas mayores, como “Ciudadano Kane”, “Casablanca”, “Las uvas de la ira” y tantas otras que, ya por aquellos años, comenzaron a formar parte de lo mejor de la Historia del Cine, las que, por nuestra edad, no nos resultaban atractivas al no comprender la profundidad del tema que narraban. Así, los jueves por la noche, cuando iba al cine con mis hermanos, solía quedarme dormido ocupando tres de aquellas butacas de madera de color rojo, ya que los brazos de las mismas permitían introducir el cuerpo de una en otra.

     La vedad, no sé si el cine estaba al alcance de todos. Abajo, en la sala de butacas, siempre estábamos, por lo general, los niños de la Placeta en su amplia extensión. Arriba, en los denominados gallineros, no solía haber muchos niños. La injusticia se daba también en esto, en aquellas familias sin medios económicos para que todos sus miembros fuesen al cine, cuando lo más probable, casi seguro, es que no llegasen, no ya a fin de mes, sino a fin de semana. Claro está, nosotros jamás nos dimos cuenta de esta dura y triste realidad.

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     En aquellos años el suministro de electricidad no era nada estable. Así, además de que la proyección de las películas tenían un pequeño intermedio para cambiar el rollo, cada una venía a constar, por lo general, de dos, también padecíamos los cortes por la falta de fluido eléctrico. En los inviernos, sobre todo, sufría Alhama constantes cortes de suministro que nos llegaba desde Vélez-Málaga. Nada podía hacer el encargado en Alhama del servicio que era Antonio Muñoz. Por lo tanto, había sesiones en las que permanecíamos a oscuras un tiempo más o menos prolongado.

     Jamás olvidaré aquella vez que se fue la luz y, con el cine a oscuras, desde “gallineros”, sonó una potente voz que vino a decir:
    -¡Me cago en la madre que parió a Muñoz!

     Encontrándose en la sala de butacas el tan duramente aludido, con mayor fuerza y todo furioso, replicó inmediatamente con contundencia:
    -¡Y yo me cago en la mismísima hija de la gran puta de la tuya, so cabrón! Y ahora mismo voy “pa” arriba.

     No sé si fue o no para “los gallineros”, pero innecesario es narrar las carcajadas que se produjeron por parte de todo el público que abarrotaba el cine.
    Sí, además de aquellas del Oeste, películas de vaqueros e indios, género épico americano por antonomasia que a todos agradaba, jamás hemos olvidado películas de nuestra niñez como las del Gordo y el Flaco o las de Charlot. Al igual que se han quedado en nuestra memoria otras muchas, como “¡Qué bello es vivir!”, “El puente sobre el río Kwai”, “Los piratas del Caribe”, “King Kong”, “En busca de las minas del rey Salomón”, “Los vikingos”,… mientras que para nuestros padres en aquellos años “El último cuplé” con una bellísima Sara Montiel y, sobre todo, con la grosera -aunque acercándose a lo atractivo de lo erótica, ya contaré porqué la censura no la eliminó- actitud del aristócrata ruso que interpretaba Alfredo Mayo dirigiendo sus labios, y creo que también sus dientes, a los atractivos y provocadores pechos de la cantante; “¿Dónde vas, Alfonso XII?” hizo llorar a nuestras madres y a muchos más, y a todos nos gustaban las de romanos y cristianos, como “Quo Vadis?” -con la que se estrenó el avance del cinemascope en nuestro Cinema Pérez-, sin olvidar que también les deleito “Cantando bajo la lluvia, “Lo que el viento se llevo” y, al igual que a nosotros, “El mago de Oz”.

     Procurábamos no perdernos ni una película, lo mismo veíamos “Atila rey de los Hunos”, tras la cual llegue a casa proclamándome “Andrés, rey de los doses”, lo que hizo reír a mi padre al observar que confundía el nombre propio con el número cardinal, como nos atrevíamos a ver, desobedeciendo a nuestros padres, aquellas que no eran ni autorizadas ni propias para nuestra edad.

     Como me pasó con la película “Los crímenes del Museo de Cera”, a la que mi padre me prohibió que fuese y no le hice caso. Nada más iniciada la proyección comprendí el porqué de la indicación que se me había hecho con tanta insistencia. Decidí abandonar el cine, pero el miedo que ya tenía metido en el cuerpo y pensar que las calles hasta casa estarían vacías, me lo impidió. Viendo la película tapándome la cara en todo lo que pude y volviendo a casa junto a las muchas personas que desde las Peñas, por calle Fuerte, seguían hasta La Joya.

     Cuando me vio aparecer mi padre, contando yo con unos nueve años, sólo me dijo: “Andrés, te dije que no fueses al cine. Ahora, ¿a ver cómo te quitas el miedo que tienes?”. ¡Qué razón llevaba! Tarde meses y meses, años, en superar aquel miedo, y eso que fui capaz, una y otra vez, de bajar, ya iniciada la noche, hasta las cuadras y corrales de la enorme casa en la que vivíamos y, prácticamente a oscuras, con espada de palo en ristre, citar al desfigurado criminal de la película. Antes de concluir mis pocas palabras de reto, salía todo veloz corriendo hacia arriba vencido por el miedo que me invadía.

     Entonces en el cine, existía cierta relajación en lo que a películas para mayores se trataba, entrábamos todos a la proyección de cualquier película. Ello a pesar de la perseverancia y fidelidad con que el bueno de Ramón Molina, en la puerta de su pequeña tienda situada en la hoy casa de Baldomero y Quety, en la actual Plaza de la Constitución, colocaba puntualmente la ficha del Obispado con la calificación de la película anunciada para el día: 1. Para todos los públicos; 2.- Para todos los públicos aunque con cierto reparos para los más pequeños; 3.- Sólo para mayores, entendiendo ello no sé si los 21 o algo menos, y 3-R mejor no verla porque hubo un tiempo que el cura, si habías visto una de 3-R, no te confesaba, al igual que sucedía cuando alguien decía que había ido a un baile. Menos mal que estaba el párroco de Santa Cruz del Comercio, que era bastante más comprensivo.

     Eso sí, cuando una película, especialmente de la que se proyectaban los jueves, no era del agrado del público en general, a la salida del cine, el numeroso público cantaba al unísono con gran fuerza y ritmo: “¡Y nos han llevado al huerto! ¡Y nos han llevado al huerto! ¡Al huertooo! ¡Al huertooo!,…”. Sonoro canto que se reiteraba por cientos de personas, siendo las doce y pico de la noche.

     No, querido Antonio, no las puedo olvidar, eso sería como rebajar nuestra elevada amistad. Me refiero a las que pudieron ser para ti y para mi probablemente nuestras tres grandes películas de la niñez: “Robín de los bosques”, con Errol Flynn”; “Los caballeros del rey Arturo” -los de la tabla redonda-, con Robert Taylor, quien, como en su vida misma acusando a ciudadanos americanos de comunistas, interpretaba a un Lanzarote que creíamos un héroe pero que, en definitiva, lo que hacía era ponerle los cuernos a su rey Arturo -interpretado por Mel Ferrer- con la reina, una bellísima Ava Gardner, y, sobre todo, la nuestra inolvidable para toda la vida, “Coraza negra”, con Tony Curtis y Janet Leigh, con aquellos ejercicios militares en el patio del castillo de caballeros y guerreros, con grandes espadas golpeando sobre un recio poste mientras el duro instructor exclamaba “izquierda, derecha, centro…” Las películas de espadas, las que narraban aventuras de la Edad Media, como las de espadachines, nos atraían sobremanera y tras disfrutar viéndolas, lo dicho, a jugar “repitiendo” las nobles hazañas por todo el centro del pueblo y, sobre todo, en el pretil de “los bollaos” y Paseo, convirtiéndolo todo con nuestra imaginación y movimientos en fortaleza a conquistar o a defender con decidida valentía.

     Recordando el cine, no podemos olvidar a las personas que conocimos vinculadas al mismo. Sus dueños, Pepe Sánchez Pérez -padre de nuestros amigos Pepe y Jesús- y Juan Pérez Pons -gran impulsor del cine en aquellos años, llegando a desplazarse a Granada con asiduidad para ver películas y decidir las que podían ser más interesantes para proyectar en Alhama-, Paco Serrato, el portero de la sala de butacas; Emilio "El Vivito", el portero de arriba; Cristóbal Medina, el taquillero de abajo -que tenia metida en la cabeza las quinientas butacas de las que constaba el cine y los cientos de reservadas para cada función; Paco Arjona “Boni”, taquillero de arriba; Emilio Gómez, con su gran porte, acomodador, y Andrés Pérez Pons, operador de proyección, padre de nuestro amigo Pedro.

     Murió mi padre y alguien insinuó “que ya no me correspondía la entrada gratis”, el bueno y siempre querido de Paco Serrato, rápido respondió “mientras eso dependa de mi éste entrará gratis”. Se lo conté a mi madre, primero me regaño, me dijo que la paga de los domingos ya era también para el cine, aunque fuese para el anfiteatro o "gallineros" para que me quedase para algo más, y le dio las gracias a Paco Serrato por su noble gesto.

     Lo que nada tenían de nobles eran aquellos insultos de tontos, imbéciles y hasta maricones, entre otros muchos. Lo que tú, yo y todo el que acudía al urinario de caballeros tenía que “aguantar” por la inevitable necesidad de ir a dicho lugar del cine. Y aunque intentábamos disimular, como si no fuese con nosotros, hasta mirando para otra parte, acabábamos leyéndolos mientras hacíamos “pis” al estar la pared repleta de frases como “Tonto el que lo lea”, “Imbécil el que mire esto”, “Mamón el que esté meando”, “So maricón deja ya de mear” y algunas otras frases con ilustraciones a lo que hacían alusión. En fin, aliviada nuestra imperiosa necesidad, salíamos rápido de allí.

     Inolvidable Antonio, fueron nuestros primeros y decisivos años de cine, los que ya no volverán, pero los que han quedado para siempre en lo mejor de nuestros recuerdos. Se cerró aquel “Cinema Pérez” que comenzó su caminar en los años treinta del pasado siglo, a la par que se quedó en nuestra memoria aquella época con tantos y tan buenos recuerdos y sentimientos. ¿Quién sabe si Alhama alguna vez puede volver a recuperar su cine? Su actual propietario, emprendedor e inteligentemente decidido, es capaz de ello y de mucho más. Sabiendo destinarlo, además de para esta función propia del mismo, para tantas otras cosas de carácter cultural, artístico, de entretenimiento y esparcimiento. El Ayuntamiento también debe intentar algo antes de que, lo que queda del mismo, sea irrecuperable.

    ¡Ojala tú y yo volvamos otra vez al “Cine de nuestra Alhama”! Al igual que tantos y tantos cientos de nuestros queridos paisanos. Lo que querría decir que, en no mucho tiempo, se puede hacer realidad uno de los sueños pendientes de miles de alhameños. Y tú por cariño y amor, a este pueblo y a la mujer de tu vida, eres también alhameño.

    Con recuerdos para Silvia, un fuerte abrazo para ti.
       
    Andrés

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