A Manuel Pérez Moles, in memoriam

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    Te marchaste el pasado 22 de marzo; inopinadamente, cuando menos se esperaba y cuando menos lo esperabas.

     Tenías la piel curtida por mil días de sol y viento en las intemperies de la sierra, las manos ensanchadas por una vida entera de trabajo y el caminar pausado ya, porque los años te iban pesando cada día más. Pero la edad no alteró tu alegría ni tu gusto por continuar activo, y mientras tus piernas te lo permitieron proseguiste con las caminatas en la sierra, que más tarde se convirtieron en paseos por las calles de Jayena -tu pueblo- y por último, cuando las fuerzas empezaron a abandonarte, se redujeron a apacibles raticos sentado al sol, junto a la puerta de tu casa. Entonces sólo tu mirada era libre y, tan azul con más de ochenta años como cuando eras un niño, seguía fugándose a las montañas mientras tu mente se perdía en sus paisajes, allí donde pasaste tantos años en compañía de un rebaño de cabras y una perrilla -la única amiga que podías permitirte- llamada Marquesa.

     "Yo perdí a mis padres siendo muy chico y me tuve que buscar la vida como pastor hasta que me hice hombre. Solico en la sierra, cuando terminaba la faena y me tumbaba a dormir por las noches, echaba de menos el calor de una familia, pero así era mi vida y me tuve que conformar. He pasado lo mío y lo de los demás, pero luego me casé y ya todo fue bien. Ahora me acuerdo de las fatigas que pasé de niño, pero de los buenos ratos también, porque los había, ¡claro que los había!", solías decir, sonriendo siempre, como quien ha dejado aquella pesadumbre definitivamente atrás.

     De niño, efectivamente, te había faltado lo que más necesitabas, lo que -quizá por su inmediatez- suele darse por sentado: el abrigo de unos padres y una casa familiar. Pero con el tiempo y una caña, porque tu trabajo te costó, casi todos tus deseos se hicieron realidad, Manuel. Gozaste por fin de una familia -una gran familia-, de un sitio al que llamar hogar y de muchos amigos que hoy te echan de menos; tuviste una vida larga y feliz, colmada de enriquecedoras experiencias que te granjearon el reconocimiento de tus vecinos. Y continuabas, ilusionado, haciendo planes para un futuro muy cercano.

     Sin embargo, te marchaste el pasado 22 de marzo; inopinadamente, cuando menos se esperaba y cuando menos lo esperabas. Tal vez tu cuerpo estaba ya muy cansado y dijo "hasta aquí" sin preguntarte antes, ¿verdad? Porque no así tu alma, que anhelaba el previsto reencuentro con la familia del teniente Arévalo, aquel hombre bueno que se compadeció de ti y te enseñó a leer y escribir -y tantas cosas más- cuando eras un huérfano y no tenías a nadie, en el antiguo cortijo de los Prados de Lopera, donde trabajabas como pastor.

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     "No me quiero morir sin agradecer personalmente a esa familia todo lo que hicieron por mí", explicabas -hasta el mismo día antes de tu partida- a todos en tu pueblo, risueño, entusiasmado como un chiquillo al saber que ellos iban a emprender un largo viaje para volver a abrazarte, sesenta y cinco años después de la última vez que os visteis. Pero no ha podido ser. Por algún motivo, tu corazón decidió claudicar y te fuiste de puntillas sólo tres semanas antes de ese momento tan deseado por ambas familias.

     ¿Qué nos aguarda tras el tránsito final? ¿Hay otra vida más allá de esta vida? ¿Quedarán acaso más umbrales por cruzar? Ya al otro lado, Manuel, eres conocedor de todas las respuestas. Qué difícil nos resulta aceptar lo que no comprendemos. Tan sólo poseemos una certeza: la vida se construye y se destruye continuamente, nada más. Y nada menos. Y mientras esperamos a que llegue nuestro turno, sólo podemos imaginar qué habrá -o qué no habrá- en la ribera opuesta de ese río.

     Aunque quién sabe. Quizá, de alguna manera -mística, cósmica-, tú ya te hayas reunido con aquellos a los que tanto añoraste en vida: tus padres, hermanos, abuelos y los amigos que se fueron antes que tú, incluyendo a tu antiguo benefactor, el teniente Arévalo, que pudiera estar esperándote, deseoso de recordar a tu lado los viejos -y a pesar de todo, buenos- tiempos allá en el cortijo de los Prados de Lopera.

     Mil gracias por habernos dejado entrar en tu casa y en tu vida, amigo Manuel, y hasta siempre.

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    >>> Acceso al artículo que se le dedicó en su día: Manuel, el pastorcillo ilustrado.

    Texto y fotografías, Mariló V. Oyonarte




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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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