31 de diciembre

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    Llegamos hoy al final de un año y al comienzo de otro, que es, como suele decirse, igual que un libro en blanco, repleto de páginas por estrenar. ¿Qué nos gustaría escribir en él? ¿Hay algún nuevo ritual que desearíamos incorporar a nuestra vida diaria?
     
     La de hoy es, para la mayoría, una de las noches más señaladas del calendario. Hasta su nombre suena cumplido y perfecto: Nochevieja. Porque es la última, y tiene ese sabor de despedida que a todos nos hace preguntarnos qué traerán los próximos trescientos sesenta y cinco días, tan pulcramente ordenados en semanas, meses y estaciones. Son, como suele decirse, igual que un libro en blanco, repleto de páginas por estrenar. ¿Qué nos gustaría escribir en él? ¿Hay algún nuevo ritual que desearíamos incorporar a nuestra vida diaria?

     Un buen comienzo podría ser, si tenemos la posibilidad, despedir el año que termina saliendo a dar un paseo por el campo, precisamente en el día de Nochevieja. Hay pocos lugares donde se perciba mejor el solsticio de invierno, esa quietud tan especial que posee el mes de diciembre, como en plena Naturaleza. Naturaleza escrito así, con mayúscula, o mejor todavía, escrito Madre Naturaleza, como se enseñaba antiguamente en los colegios.
     
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    Diciembre en los quejigos que abrazan el sendero

     ¿Y por qué salir hoy al campo, con el frío que hace? Pues porque fuera de nuestros pueblos y ciudades -decorados durante estos días con miles de parpadeantes luces de colores- se desarrolla también un espectáculo natural digno de ver, tocar, oler, sentir y disfrutar. Levantémonos del sillón y pongámonos algo de abrigo, que vamos a dar un paseo cortito; además, la frescura del aire nos sentará bien…

     Diciembre puede ser monótono y oscuro, es verdad. Y quizá por eso, para compensar esa sobriedad, el paisaje invernal adopta una belleza inesperada, colorida y amistosa, casi diría que compasiva. Mirad allí, cómo se combinan las últimas hojas doradas que quedan en las copas de los árboles con el sotobosque, que por efecto del frío se vuelve rojizo y crujiente, como si fuese turrón de caramelo -por poner un ejemplo acorde con estas fechas-, en contraste con el verde intenso y perenne de pinos y chaparrales. La gama de tonalidades cambia, desde luego, pero el panorama no tiene nada que envidiar al de la primavera.
     
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    Diciembre en los helechales, que parecen tallados en cobre

     Pleno campo, en pleno invierno. El milagro de la vida en suspenso. Cuando, aparentemente, todo se encuentra dormido y en silencio, pero ¡nada más lejos de eso...! En nuestra latitud mediterránea, durante el mes de diciembre algunas plantas continúan floreciendo en los días soleados -brezos, romeros y aulagas- y, ocultos entre la espesura, la mayoría de los animales prosigue con sus pequeñas vidas secretas; menos activos tal vez, pero dejando tras de sí rastros bien evidentes, para aquellos que se detienen a mirar con un poco de atención.

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    Diciembre. Un zorro solitario y seguramente hambriento ha pasado por aquí…

     En los tiempos que vivimos, el mes de diciembre -o solsticio de invierno, o Navidad; estos días reciben varios nombres- es algo que relacionamos con un torbellino de actividad frenética: atascos agobiantes, compras inaplazables, decoración excesiva, comidas de empresa y cotillones sin fin. ¿Dónde ha quedado el verdadero espíritu del mes de diciembre, aquel que los hombres y mujeres de antaño celebraban en consonancia con los ritmos naturales? Sembrar, cultivar, cosechar y en invierno descansar. Porque lejos de nuestras ajetreadas vidas ciudadanas, en el campo, la estación del frío es una época solitaria y austera, plena de reposo, serenidad e intimidad.
    Shhh, no hagamos ruido… Allí arriba, una cabra montés nos está observando…
     
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    Diciembre en las cotas más altas. La silueta de la cabra montés nos recuerda que no caminamos solos

     Aquí, en cambio, hay el olor acre de la tierra húmeda -lo notáis, ¿verdad?-, de la leña seca, de las piñas y hierbas aromáticas de las que antiguamente se hacía provisión para quemar en la chimenea, cuando en las casas el fuego se mantenía encendido todo el día y en las cocinas imperaba el aroma reconfortante de los guisos de mucho cocer y esperar. En el campo, diciembre tenía aquella seriedad ancestral de las antiguas fiestas campesinas, que celebraban la Navidad o la llegada de los dioses del invierno -el nombre era lo de menos- de una forma sencilla y sin complicaciones; cuando todo conservaba aún el aire primigenio de una vida rural ardua.
     
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    Diciembre en el camino, que recibe las hojas secas en una bella manifestación natural de la muerte

     Salir al campo para celebrar el último día de diciembre también es una buena idea. Sin comidas excesivas, ni incómodos trajes de fiesta. Sentir el misticismo del invierno recién llegado, que vuelve un año más para alegrarnos con su serena belleza. Caminar bien abrigados, siendo conscientes de cada paso que damos y del aire frío que arrebola nuestras mejillas; apreciando en el aire el perfume de los campos silenciosos, de las ramas desnudas envueltas en una capa blanca de escarcha. Y antes de volver a casa, como hijos bien educados, no olvidarnos de dar las gracias a la Madre Naturaleza. Seguro que cada uno de nosotros encuentra su propia manera de hacerlo, ¿a que sí?
     
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    Diciembre en la cumbre de la Maroma

     Una, dos, tres… ya falta poco para que suenen las campanadas de medianoche. El año 2016 declina por fin; ha llegado la hora de emprender su largo viaje hacia la eternidad. Abrámosle la puerta para que pueda salir e irse, en paz. Y nosotros, emprendamos la aventura de vivir el nuevo año buscando el esplendor en el simple y a la vez formidable regalo -¡no lo hay mejor!-de ser testigos de cada nuevo día: el regalo de las mañanas y las noches, de la primavera y del verano, del otoño y del invierno.
    Sé bienvenido, 2017. Pasa dentro, estamos esperándote…


    ¡Feliz Año Nuevo para todos!

    Texto y fotografías, Mariló V. Oyonarte



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    Relación de 'Caminos y gentes' publicados

     

    Caminos y gentes

    Es asombroso lo mucho que puede cambiar la impresión que se tiene de un lugar cualquiera cuando se conoce la historia, ya sea grande o pequeña, que tiene detrás. A menudo, durante nuestras rutas, nos topamos con las ruinas de un antiguo cortijo o venta de los que a priori tan sólo sabemos su nombre, y eso gracias a que lo hemos leído en un mapa de la zona. A primera vista se trata tan sólo de un montón de piedras, o en el mejor de los casos, de cuatro muros y unas vigas de madera apolilladas que a duras penas se mantienen en pie, en su lucha silenciosa para que la maleza no termine de engullirlos por completo. Yo suelo decir que a mí siempre me ha parecido que una casa abandonada es lo mismo que un perrillo sin amo; que sus paredes derruidas, los huecos de las ventanas y los tramos rotos de escaleras que ya no llevan a ninguna parte parece que están esperando a que vuelvan quienes vivieron allí una vez.


    Mariló V. Oyonarte.

     

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